Exposición Individualjul 2002 - sept 2002· Por Darío Ruiz Gómez

Patricia Sáenz Duque

Galería de la Universidad Nacional

El cuerpo en la pintura de Portinari, de Rivera, de Pedro Nel, de Carlos Correa, está sumergido en lo telúrico, bajo el agua espesa de los mitos ancestrales, como objeto histórico en Orozco, en Siqueiros, o el cuerpo aparece revestido bajo la norma sublimadora del arte, o mejor, de lo que llamamos lo artístico. Jean Claire ha traído a colación los significados del cuerpo a través del arte europeo: ¿cuerpo o desnudo artístico? Cuando Rudolf Schwarzkogier se mató ante unas cámaras que registraron las mutilaciones que iba infligiendo a su cuerpo hasta morir, ¿cómo considerar esta autoinmolación: un exasperado narcisismo o un histérico acto publicitario?

Exposición Individual: Patricia Sáenz Duque — imagen 1
Patricia Sáenz Duque. Sin título, 2001-2002. Fotografía intervenida. 20 x 30 cm. (7 3/4 x 11 3/4 pulgadas).

En la inclemente soledad de la Profesora de piano, la novela de Elfriede Jellinek, ésta mutila sus órganos genitales. Pero en el desnudo de Débora Arango, el cuerpo femenino es presentado —y descubierto— como una geografía del placer, del júbilo erótico. Una mujer mira eróticamente a otra mujer. Incluso en las mujeres de los burdeles, de las calles populares, Débora ahonda la visión del cuerpo en su libertad animal, en el vigor con que afirma la glándula contra las normas sociales que a través del mito de la higiene, del cuerpo saludable, borran este poder animal que Débora descubre y exalta.

Aquí hay una subversión auténtica, en la medida en que la propuesta del arte se ha hecho bajo razones estrictas de vida. El nihilismo es una actitud reaccionaria, en la medida en que niega la salida de la alegría, del placer como afirmación de soberanía, de verdad específica. Al recuperar la dimensión estética de su cuerpo, el sicario medellinense ha traspasado las clasificaciones sociológicas de pobre, de asalariado, clasificaciones inmovilizantes, para convertirlo en un cuerpo que asume su propio destino. De ahí el narcisismo como medida de la libertad del oprimido frente a las barreras culturales que le negaban su cuerpo.

Toni Negri lo enuncia perentoriamente: "si ya no hay arte, se debe sólo a que los cuerpos se han reapropiado de él; está verdaderamente por todos los lados en la práctica de la multitud: dentro de los cuerpos, el arte experimenta nuevas composiciones metamórficas, ¡cuánto puede el cuerpo!" ("Arte y multitud", Toni Negri, Mimima trota, 2000). La foto de los jóvenes asesinos de Medellín podría ser la de cualquier joven norteamericano o inglés: la producción de moda, la clonación genial de marquillas internacionales, es igualmente parte de la subversión cultural de estos grupos. Aquí, la reivindicación del narciso supone la reapropiación del cuerpo frente a las abstracciones políticas, religiosas.

En su texto El cuerpo y sus multiplicidades, Patricia Sáenz Duque enuncia: "esta aventura por el cuerpo y sus multiplicidades tiene como interés abordar el cuerpo como problema político, es decir, como lugar de registro a través del cual los diferentes dispositivos de saber poder construyen el cuerpo socialmente apto para las diferentes funciones que se le asignen". Y con gran lucidez señala las líneas exploratorias de su investigación: la dimensión tanto de lo decible como de lo indecible.

El video, las referencias bibliográficas de algunos autores como Deleuze, Guattari, Spinoza, Bataille, frente a las inevitables referencias estéticas de propuestas como las de Cindy Sherman, Witkinn, le permitieron sondear búsquedas y tanteos alrededor de un concepto que en ningún momento puede mirarse bajo un solo rasero, ya que las definiciones culturales, religiosas, o llevan al horror, a la monstruosidad, o conducen al júbilo, a la fiesta.

Y en estas circunstancias llega a percibir: "en esta exploración corporal, que es simultáneamente geográfica y política no puede estar ausente la violencia, ella emerge con la fuerza del colorido, con sus matices, ora violáceos, ora rojizos, ora azulados, ora púrpura...". ¿La violencia de las calles de Medellín que cada fin de semana supone el asesinato de 60 personas, y a través de las bandas en conflicto, la degradación total con corte de cabezas de muchachos que son arrojadas desde los techos, colocadas en lugares estratégicos, llevaría en estas circunstancias a referirse a Vito Aconcci?

Patricia Sáenz Duque va más allá de lo fácil: el testimonio para hacer en sus montajes fotográficos, en su video, una reflexión sobre el cuerpo que se mutila, el cuerpo que no está inscrito en ninguna línea de sacrificio religioso y desecha el secreto narcisismo del martirio. Su inocencia consiste en hacerse estas preguntas recurriendo a la experiencia del arte, a la palabra de los filósofos convertidos por la academia en dueños de unas profecías que luego la cruda realidad convertirá en fatuos argumentos.

Estas imágenes como preguntas mantienen la absoluta dignidad de lo trágico del ser y la vida humana. Por eso su retórica no va a convencernos con argumentos políticos, sino con la contundencia de lo no decible: la unidad negada de un cuerpo —sangre, pellejo, huesos, cerebro, inteligencia, amor— mutilado por la barbarie y no por las supuestas metáforas del nihilismo, por el lirismo de Vollrad Kutscher.

Patricia, al terminar su carrera de artes, fue asesinada por una banda de sicarios de su barrio: al caer —ésta es la pregunta que implica su sacrificio—; ¿su cuerpo era un cuerpo político o un cuerpo estético? ¿Estas imágenes son arte para codificar en capítulos como "arte y violencia urbana", o son el comienzo de una nueva imagen? Porque lo que estoy admitiendo es la precariedad de la fraseología de la llamada crítica, para enfrentar algo que ha ido más allá de sus cómodas clasificaciones.

DARÍO RUIZ GÓMEZ