
Desde Todos los días a las 9:00 hrs/Simpleman hasta Camino sugerido/Suggested reality, el recorrido ocupa una jornada de trabajo; la ironía de Gitanos en ruta/Board the Ship!, Los paseantes/Escalator's men, El tiempo apremia/Time is Golden y W&W, prolongan ese lapso fuera de las oficinas y lo aproximan a una experiencia cotidiana más amplia; luego, hay un tiempo epocal o generacional que sostiene a esos empleados como arquetipos de las aspiraciones ilusorias que Douglas Coupland reseñara para la década de 1990 en su Generation X, y que parecen no cesar. Es inevitable remitir la intimidad, las pretensiones, o el cansancio de estos hombres, a las propias consideraciones de Coupland: de llegar a la revelación de la virtualidad de ese mundo, poco harían, aún ya fuera de él. O, quizás, desplegarían la violencia acumulada por la rutina y la monotonía a la manera de ese complemento, mucho más oscuro, de Generation X, que es el American Psycho de Bret Easton Ellis: ello es lo que también sugiere la tensión expresionista de una obra como Abstracto Street.
Hay, igualmente, la caracterización de un fragmento de la visualidad y de las funciones urbanas; de territorios en cuya ausencia de individualidad se advierte ese no-lugar de las megalópolis promovido como diversos entornos de futuro, o eventualmente diseñado para un ciudadano global. Está en las normas de la vestimenta, en los horarios, en el apremio al ir por las aceras, en la congestión ante las puertas de los trenes. Fuera de sus oficinas, los personajes de Ofill no se identifican como paseantes, sino como viajeros en tránsito, probablemente, de la urbe a la metrópoli, y viceversa. Un paisaje de lo transitorio que se reitera en la selección de las estructuras construidas: escaleras, pasillos, aceras, vagones, andenes. La constancia de esa transitoriedad es el edificio de oficinas, El mundo de los vivos/The Real World: ventanas que reticulan la fachada y que exteriorizan la misma racionalidad de los paneles transportables con los que se ha dividido el interior; iluminadas al anochecer, las habitaciones aparecen como una sucesión de monitores encendidos, o de puntos fluorescentes cuidadosamente ordenados en una gran pantalla. Todo un espacio que podría aludirse fractal, y que reproduce, en escala arquitectónica, una impersonalidad semejante a la que es compulsado su componente humano.
Hay dimensiones creativas que exceden la importancia conceptual o estilística, o la importancia para un cierto contexto de origen con que son gratificadas por la apreciación estética; es lo que sucede con los íconos de Ofill Echevarría. La estricta coherencia entre la elección de los puntos nodales del fenómeno y su expresión plástica no es aquí un equivalente de la descripción inmediata habitual en el testimonio o en la crónica, sino de la síntesis y la distancia que suponen el acto reflexivo. Es, ante todo, la madurez para develar la totalidad de un ambiente y sus implicaciones a través de sus mínimos elementos definitorios. Quien haya incursionado en el análisis o en las ficciones más recientes sobre las grandes ciudades contemporáneas, sobre sus posibles distopías, o incluso, sobre los modos en que exhiben su adherencia a un carácter global, no vacilará en advertir las diversas subtramas que hacen de esta muestra un sólido cuestionamiento dentro de ese campo; mucho menos, en admitirla dentro del espacio cultural mayor que le corresponde.
EMILIO GARCÍA MONTIEL
