He seguido toda la trayectoria artística de Mónica Meira y puedo asegurar que siempre me ha llamado la atención su trabajo cuidadoso y atildado. Al principio atendió más a los objetos y especialmente a las prendas de vestir, en las que se destacaban sus diseños llamativos y muchas veces inspirados en la naturaleza. Vinieron luego los personajes y sobre todo los bañistas que exhibieron un estar apacible y de evidente complacencia con el entorno. Algunos de estos cuadros hacían pensar en la historia del arte y su constante trato con el desnudo masculino y femenino. No era difícil recordar una tela tan admirable como Bañándose en Asnières, de Seurat. De estos trabajos de los primeros años de la década de 1990 surgieron Los inmigrantes y luego prácticamente toda su obra actual. La serie de estos viajeros que llegan a un país con el ánimo de poder establecerse sin tener nada asegurado, la realizó la artista reiterando pequeñas figuras en medio del agua, personajes en grupo o solitarios que parecían perdidos en un gran espacio acuoso e ilimitado. Estas pinturas y grabados tenían claras connotaciones románticas e invitaban a recordar los sentimientos de inquietud, melancolía y soledad que permean los lienzos de Gaspar David Friedrich. Desde fines de la década de 1990 no es el agua la que rodea a los pequeños seres humanos anónimos, sino la tierra y las montañas.

La exposición de la Galería Diners llevada a cabo entre abril y mayo de este año estuvo integrada por un conjunto de acrílicos, algunos de gran formato. Cuadros que demostraron que Mónica Meira, aunque persiste en el mismo tema, sigue desarrollando una pintura cada vez más osada y de gran calidad. Luego de más de 30 años de trabajo, la artista está en plena madurez y aunque hace rato se distingue por sus pinturas, dibujos y grabados que tienen el sello de la investigación y seriedad, su producción reciente es realmente sobresaliente. Sus paisajes, pues la verdad es que la imagen sigue siendo ésta, descartan, con una sola excepción, el firmamento y se concentran en una visión terrestre en la que predominan las inclinaciones y en ocasiones pareciera que la composición se instalara en un plano casi vertical. Las superficies de las telas están completamente recubiertas de pinceladas visibles que se entremezclan con fuerza en diversas direcciones. Los colores son intensos, arbitrarios y en la mayoría de los casos poco relacionados con los de la naturaleza. La representación es un espacio pastoso en el que se ven los personajes pequeños que parecen expectantes o que adelantan alguna labor no muy descifrable; casi siempre portan o los acompañan objetos inciertos. Al llegar aquí con el recuento de lo que se observa en estos paisajes resulta evidente que Mónica Meira no está haciendo pintura realista y que sus cuadros son, ante todo, producto de la imaginación y tienen además una deliberada connotación simbólica. Esos espacios sin horizonte y con grandes declives en los que la figura humana se ve perdida y casi insignificante aluden a la condición del hombre contemporáneo con un futuro, como nunca, absolutamente incierto. Empero, no hay nada que pueda considerarse apocalíptico. En estas zonas abruptas se divisa un personaje activo, que incluso adelanta labores aparentemente lúdicas. Quizás hay salidas y se puede seguir adelante. Llama la atención que la figurita no aparezca abrumada y que, por el contrario, su trabajo luzca recreativo, en su doble acepción de producir algo de nuevo y también de alegre, divertido. Tal vez se puedan pensar muchas otras cosas a partir de las representaciones de estas pinturas tan complejas e inquietantes. Al fin y al cabo, como lo afirmara Umberto Eco, "La sugestión simbolista trata de favorecer no tanto la recepción de un significado concreto cuanto un esquema general de significado, una estela de significados posibles todos igualmente imprecisos e igualmente válidos...". No sobra recordar, eso sí, que cualquier interpretación que surja de los excelentes acrílicos de Mónica Meira tiene como punto de partida una obra vital, en la que el hecho creativo se renueva constantemente para elaborar unas imágenes tan intensas como atractivas.
GERMÁN RUBIANO CABALLERO
