
En el centro de la galería hay una gran pieza de 3 metros de altura, Cajueiro com neve de algodão (Árbol de cajú con nieve de algodón, 2002), típico árbol del nordeste brasileño, la región más pobre del país, donde también reside Marepe. El artista cubrió todo el árbol con algodón, remitiéndonos a un espacio imaginario y contundente —uno agreste, en el cual hay nieve—, haciendo también referencia a una práctica navideña típica de la región. El cruce entre la sequedad del árbol, con sus ramas retorcidas por la ausencia de agua en el suelo del cual fue arrancado, con la pureza del blanco minimalista, crea una metáfora radical para el arte brasileño y los mecanismos de contraste por los cuales éste opera. Éstos se traducen aquí en el encuentro del rigor monocromático de la ausencia de color con la realidad cegadora de la luz y del clima del nordeste. La metáfora se ahonda cuando pensamos que el árbol, muerto, se afirma erecto, resucitado, en su nuevo hábitat, uniendo muerte y vida.
A lo largo de una de las paredes de la galería, el artista colocó, junto al suelo, sus "regalos". O presente dos presentes (El regalo de regalos, 2002), consiste en decenas de pequeñas piezas de arcilla bruta precariamente moldeadas en forma de cubos, ornamentadas con delicados hilos de seda y estrellas sencillas, de papel metalizado. Junto al suelo, los violentos y diminutos bloques de tierra encuentran su contrapunto en los delicados artefactos decorativos e industriales que los presentan como regalos. La disposición en línea recta y el uso de una forma geométrica rígida que responde de manera irregular al tratamiento del material crean una situación similar a la del árbol. El diálogo entre los dos trabajos reduce en el núcleo conceptual más denso de la exposición.
El ensayo fotográfico Doce céu de santo Antonio (Dulce del cielo de san Antonio, 2001), es el desdoblamiento de la performance que el artista llevó a cabo el día 27 de septiembre en su ciudad natal. En esa fecha, Marepe produjo 4.000 algodões-doces (barbas de abuelo, típica golosina de color blanco o rosa que parece algodón hecha básicamente de azúcar y colorante) con los cuales envolvió una palmera de la ciudad. El trabajo fue realizado el día de Cosme y Damião, mártires protectores de los niños. Después de cubrir el árbol, el artista distribuyó las golosinas a los niños de la ciudad, creando un acto escultórico. La referencia en este trabajo es el sincretismo religioso típico del estado de Bahía y también a las ofrendas en el candomblé (Candombe). En las fotos incluidas en la exposición, Marepe aparece, paso a paso, comiendo pedazos de barbas de abuelo contra un cielo azul punteado por nubes blancas que dialogan con las formas también blancas de la golosina. En estas imágenes tan bellas como poéticas, el artista mantiene la autonomía de las fotos más allá del simple registro del acto original, despertando el interés por nociones como la de la luz local, el paisaje que es simbólicamente ingerido por el artista y la participación del artista en la sociedad.
En otra serie de trabajos, el diálogo más fuerte es entablado con la arquitectura. En el contexto de la fiesta navideña de su exposición, surgen también los "juguetes". Embutidinho (Pequeño embutido, 2001), es una suerte de maqueta de un espacio arquitectónico inspirado en las barracas de las favelas, en las cuales la misma habitación puede servir de dormitorio, cocina, sala, entre otros, una arquitectura polivalente y ambigua, creada para responder a la escasez de espacio y de recursos materiales. Confeccionado de manera bastante precaria en madera y sin terminaciones, el trabajo evoca a los bólidos de Oiticica (aunque aquí desprovistos de pictoricidad) y la arquitectura inspirada en la intuición popular de Lina Bo Bardi. El resultado confronta, por un lado, la falta de espacio y confort del habitante de esta arquitectura imaginaria e informal y, por otro lado, el ingenio y el encantamiento de la solución arquitectónica. Otro trabajo, Um Fio que Ligue os Mundos (Un Hilo que Ligue los Mundos, 2002), es un intricado aparato en el cual tres bases sostienen tres quesos esféricos sobre los cuales están grabadas imágenes del globo terrestre. Los quesos están unidos por hilos y agujas, en una sugerencia de interconexión entre el Primer y el Tercer Mundo, por medio de tenues estructuras. La imagen de una América del Sur invertida, del pintor uruguayo Torres-García, nos viene a la mente, mientras que ratas hechas de desechos industriales rondan las bases en busca de comida, reforzando las posibilidades de una lectura política y marginal del trabajo: miseria, disputa y explotación son algunos de los conceptos evocados.
Hubo quien expresara informalmente su desconfianza sobre cómo podría ser establecida la relación entre el aspecto precario de las obras de Marepe y el espacio aséptico del cubo blanco de la galería paulista. Para algunos, el resultado final fue que el régimen propio del espacio excedió la complejidad y la radicalidad de las obras. Para mí, sin embargo, el efecto fue justamente el contrario. Además de haber logrado que todo el espacio dialogase con sus obras, y no lo contrario, Marepe consiguió despojar de banalidad a la importancia de valores como la fiesta y el regalo, llevándolos más allá de sus implicaciones más mundanas. Y nos enseñó que la mimesis puede ser tanto más poderosa cuanto mayor sea su carácter de verdad.
RODRIGO MOURA
