La primera exposición de Jorge Méndez Blake (Guadalajara, 1974) en Nueva York es una reflexión sobre la relación entre literatura y arte, los procesos de jerarquización de la cultura y la subjetividad que los domina.
En una sencilla instalación hecha con base en texto, en un lado de la galería, un muro azul sustenta la lista de los premios Nobel de literatura a lo largo del siglo XX, junto con una serie de tizas en el suelo para que los visitantes de la galería puedan inscribir sus comentarios en el muro, libremente. Del otro lado de la galería, se encuentra el enorme nombre de Shakespeare con errores ortográficos, leyéndose Shaekspeare.

Los intereses literarios de Méndez Blake son algo poco común entre los artistas de su generación, quienes por lo general gravitan alrededor de temas de cultura popular o de aspectos socioeconómicos más inmediatos de su entorno. Méndez Blake, en contraste, se ha enfocado en su obra a trabajar con referencias por lo general literarias o de juego de palabras en instalaciones de sitio específico y ámbitos públicos, utilizando textos que suelen ser sugerentes de ciertas situaciones humanas, históricas o culturales.
En su presente exposición (Artists can write), el título hace alusión al hecho de que los artistas pueden ser letrados, pero a la vez, sugiere la idea de que el texto puede tener una dimensión visual que puede revelar más que el simple significado de lo que está escrito, como es el caso de estas obras.
Los efectos de la obra cobran forma con base en nuestras reflexiones sobre los textos en el muro. El Nobel de literatura, sin duda el premio más famoso entre escritores y símbolo por antonomasia de la posteridad, es puesto en cuestión simplemente a través de la presentación directa de los nombres de aquellos que han recibido esta distinción. La reflexión inmediata de un visitante con cultura más o menos amplia es que los nombres presentes en esa lista no corresponden necesariamente a los que consideraríamos como los escritores más importantes del siglo (escritores como Conrad, Joyce y Borges nunca recibieron el premio, mientras que otros nombres mucho más oscuros figuran en la lista). La subjetividad de la lista se enfatiza con la invitación a escribir sobre el muro, invitación ante la cual la mayoría de los visitantes registra a sus propios candidatos y hace comentarios sobre los nombres incluidos.
La ironía posiblemente latente en la lista de los premios Nobel se hace más vigente en el muro donde aparece la palabra Shaekspeare. Como el espacio de exposiciones se encuentra contiguo a un teatro con funciones continuas, la analogía con la dramaturgia es particularmente importante. El nombre de William Shakespeare es paradigmático del teatro y de la cultura anglosajona, así como un código de refinamiento entre aquellos que se jactan de conocer la cultura. Las obras de Shakespeare, si bien son conocidas mundialmente, pocas veces son entendidas en su profundidad e implicaciones sociales e históricas, e incluso muchas veces su lenguaje es malinterpretado. La ironía de escribir erróneamente el nombre de Shakespeare nos hace pensar en la contradicción de la pronunciación de un gran nombre de la cultura, sin saber siquiera cómo escribirlo.
A través de estas dos instalaciones, Méndez Blake pone en cuestión los procesos a través de los cuales aceptamos la validez de ciertos juicios estéticos y —de la misma manera en que a primera vista uno cree leer el nombre correcto de Shakespeare en el muro— cómo esta aceptación, aunque a veces paradójica y contradictoria, fácilmente puede pasar desapercibida.
PABLO HELGUERA
