
Las dos exposiciones colectivas realizadas en la Galería Valenzuela y Klenner tituladas De dónde vienen las cosas, que se llevaron a cabo en los meses de febrero a marzo, la primera, y entre abril y mayo, la segunda, se plantearon el tema del origen, de la procedencia de la obra de arte contemporánea. El director de la galería, Jairo Valenzuela, gestor del proyecto, dijo en un comunicado de prensa que "una de las intenciones de esta muestra, era la de invitar a conocer las diversas estrategias y procesos que tienen lugar en la materialización de una idea y en su posterior concreción como obra de arte".
Y el interés por evidenciar este "lado oculto" de la obra de arte, buscaba un acercamiento entre la obra y el público no especializado, con aquel que se acerca con curiosidad y con alguna asiduidad a las galerías, pero que no siempre encuentra un punto de encuentro entre el arte de hoy y sus propias expectativas. Las muestras estuvieron acompañadas de algunas charlas de los artistas, quienes conversaron sobre sus respectivos procesos.
En la primera muestra se reunió un grupo de 10 artistas con amplia experiencia, que se consideraron como los más representativos del arte contemporáneo colombiano. Los participantes fueron Miguel Ángel Rojas, Víctor Laignelet, José Alejandro Restrepo, Juan Fernando Herrán, Beltrán Obregón, Rafael Ortiz, Rodrigo Facundo, Johana Calle, Humberto Junca y Wilson Díaz. Y en la segunda muestra se presentaron artistas muy jóvenes, algunos de ellos egresados recientes de distintas universidades, y otros estudiantes aún, pero que han dado a conocer su obra en diversos salones y muestras individuales y colectivas. Los participantes de esta segunda muestra fueron Juan Mejía, María Adelaida López, Beatriz Eugenia Díaz, Luz Marina Tréllez, Milena Barón, María Isabel Rueda, Ernesto Restrepo, Bárbara Santos y Juan Andrés Posada.

La impresión general que se tiene al comparar las dos muestras es que los artistas más veteranos se preocuparon por ser más didácticos, más comprometidos con la explicación de su propios procesos, mientras que los participantes de la segunda muestra, al querer dar cuenta de los orígenes de su obra, no se detienen, salvo con algunas excepciones, en mostrar los orígenes, sino que al tomar dichos antecedentes, conforman una nueva obra, y con esto no quiero señalar una virtud o un defecto, sino la existencia de dos estrategias distintas. También era evidente que la mayor parte de los artistas que integraron la segunda muestra crean una vinculación más desprevenida y espontánea con hechos aparentemente intrascendentes y subjetivos que hacen parte de la vida cotidiana de cada uno de ellos, mientras que los de la primera exposición se acercan a problemas que se relacionan con tradiciones culturales, sociales y políticas con las que se involucra la historia presente de nuestro país; con este señalamiento ocurre lo mismo que con el anterior: no se pretende mostrar signos de aprobación o desaprobación. Pero así como se pueden percibir ciertas diferencias, hay muchos elementos comunes entre una y otra generación, y uno de ellos es la presencia de la fotografía, que en algunos aparece como fuente u origen de la obra de arte; también se presenta como herramienta propicia para explicar dicho origen o como un medio para la realización de la obra misma; aspectos que afirman la contundente presencia que tiene en nuestro medio actual, en nuestro imaginario y lenguaje, esta imagen mecánica que tantas reflexiones positivas y negativas suscitó en el momento mismo de su aparición. Definitivamente, como lo afirmara Walter Benjamin, la condición del arte y de la experiencia estética encontró con la irrupción del cine y la fotografía un nuevo camino que los hombres del pasado jamás pudieron imaginar, y entre sus consecuencias, según Benjamin, está la pérdida del "aura".
La presencia de la fotografía como origen de la obra de arte es evidente en el caso de la conocida trayectoria de un artista como Miguel Ángel Rojas; en esta ocasión, presentó una gran tela oscura, que estaba suspendida en el espacio, elaborada con medios diversos que recordaban su memorable instalación titulada Grano (MAM, 1980), así como sus trabajos más recientes, Cama de piedra, exhibidos en la Galería de la Alianza Francesa en el 2000. El origen de este dibujo proviene, según lo presenta el artista, de la ampliación de una fotografía en blanco y negro, en la que aparece una roca, una superficie rica en texturas que al ser ampliada da lugar a una superficie granulada en la que conviven los tonos grises y negros que articulan tanto la imagen fotográfica como el dibujo. Así mismo, las fotografías de la prensa determinan el origen de la obra de Johana Calle, quien explicó con claridad cómo las imágenes del periódico que muestran los rostros de los niños que se han apartado por distintas razones de sus padres y su hogar, o de noticias diversas que aluden a la situación afectiva de gente joven que se encuentra en medio del conflicto armado del país, se convierten en el origen de su trabajos; estas imágenes del periódico dan lugar a delicadas imágenes realizadas en fotografía o dibujos bordados sobre tela; Rodrigo Facundo explicó a través de un texto corto cómo las fotografías de crónicas periodísticas, libros y otro medios son el origen de sus imágenes, también realizadas con medios fotográficos; Beltrán Obregón presentó fotografías de los viajes espaciales, especialmente de las estelas de humo que deja un cohete al partir, que son un pretexto para crear unas imágenes pictóricas que nos hacen pensar en pinturas que oscilan entre lo hiperreal y lo puramente abstracto. En el caso de Juan Fernando Herrán, la fotografía puede ser origen y otras veces medio para presentar sus reflexiones acerca del cultivo ilícito de la amapola, un hecho conflictivo y condenable en nuestro país, que vive bajo el señalamiento del narcoterrorismo, mientras que en otros lugares los sembrados de amapola conviven con los cultivos de árboles frutales que hacen parte de una vida doméstica, tranquila y sosegada.

Rafael Ortiz también alude en su obra al problema de la plantación de drogas ilícitas, pero a través de una serie de pinturas de plantas que se relacionan con sus trabajos recientes, tal como el mural que realizó para la Clínica del Country cuya imagen hace recordar la clasificación de la Expedición Botánica donde las plantas se nombran por sus nombres científicos.
Comprometido con las tradiciones culturales de nuestro país y con las visiones foráneas que nos observan, José Alejandro Restrepo realizó un montaje en el que explicaba claramente el origen de su trabajo Paso por el Quindío, en el que se incluyeron imágenes diversas que se remontan a los viajeros del siglo XIX, hasta sus grabados de 1992, poniendo en evidencia el tema de la representación.
Víctor Laignelet presentó un conjunto de cuatro lienzos dentro de unas cajas de acrílico opaco, cuya estructura recordaba un trabajo suyo anterior titulado La docilidad de la vaca (MAM, 1998); se trataba de una estructura bastante enigmática. Sin embargo, quien haya escuchado a Víctor Laignelet hablando acerca del origen de la obra de arte encuentra en su discurso una de las propuestas más sugerentes, que de alguna manera llevan a pensar en la visión romántica a la que me refería al inicio de este escrito, pues él alude a una pulsión, a un deseo que cuando se manifiesta no tiene nombre ni contornos precisos y es en el curso del proceso creativo cuando ese deseo va cobrando cuerpo, se va materializando, y de esta manera resulta un hecho comunicable.
Humberto Junca y Wilson Díaz, a través de unos cortos textos explicativos, aluden al origen de sus obras; el primero se refiere a su trabajo Handicap, unos delicados dibujos realizados sobre tela y con costuras que repiten el lenguaje de los sordomudos que es repartido en la calle a través de hojas impresas con el fin de recolectar fondos para una institución de ayuda; entre estos dibujos bordados, el uso de las manos como lenguaje, surge una reflexión sobre el arte como lenguaje y la manualidad. Wilson Díaz muestra cómo un programa "cultural" de la TV, se convierte en una reflexión plástica acerca de lo que se entiende como cultura que recurre al uso del video.
Juan Mejía, María Isabel Rueda y Bárbara Santos, tres participantes de la segunda muestra, fueron tal vez quienes se preocuparon por explicar con más cuidado el origen de sus trabajos. Mejía realizó una instalación compuesta de objetos diversos que han hecho parte de distintos trabajos que se relacionan con una reflexión acerca de la educación y la formación cultural; en cada uno de los objetos utilizados media tanto la experiencia personal del artista como la carga cultural que subyace en cada uno de ellos; de esta manera, una instalación visualmente sencilla, despojada de artificios formales, se articula como una sucesión de interrogantes no fáciles de descifrar, pero que a través de las explicaciones del artista cobran pleno sentido, y cada objeto a partir de sus referentes culturales y de su materialidad se convierte en unidades que hablan de la condición del arte y de la educación y la cultura. Sobre un televisor en el que se pasaban frases en las que se definían el arte y las condiciones del artista, formuladas por distintos artistas como Beuys, Warhol y Kandinsky, entre otros, mientras se escuchaba música de Bach, se colocó un Pinocho de plástico cubierto con plastilina, titulado Falácica, de 1995; al lado del televisor aparecía una fotografía instantánea de unas matas, titulada Class, de 2001. En otra pared, coloco dentro de una caja o marco fotocopias de tres elefantes de la historia del arte, y debajo, un metro de costura pegado con dobleces, y mostrando una continuidad. La procedencia de cada objeto se explicaba en una cartulina verde que recuerda las carteleras de colegio, ajena a cualquier estética asociada a un arte refinado. Una de las figuras más interesantes es la del Pinocho, que, de acuerdo con las explicaciones de Mejía, se selecciona por un gusto personal, por las referencias que hace a la infancia, por el deseo de este muñeco de transformarse en humano, y también porque dice mentiras. Estas características unidas al título, Falácica, que establece un juego entre "fálica" y "falacia", conceptos conocidos por todos, que juegan con la famosa nariz de Pinocho y, por otra parte, la condición tridimensional de la figura, como lo afirma Mejía, alude a una forma primaria de "escultura”.
María Isabel Rueda, estudiante en la actualidad de Artes Plásticas en la Universidad Nacional, mediante registros fotográficos y el uso de un texto explicativo, dio cuenta del origen de su trabajo La casa de Rosita, que hizo parte de Arte Sale 2000, realizado con un grupo de artistas que quieren desplazar el arte de los museos y galerías. Su proyecto consistió en hacer un jardín de tréboles en una casa de una señora llamada Rosita, situada en la Zona Rosa de Bogotá; la artista cuenta en un escrito minucioso su experiencia, muestra a través de fotografías una especie de jardín de gnomos inundado con tréboles de papel blanco, y narra la experiencia con la gente y con el lugar. Se trata de una obra sencilla, llena de sentido y poesía. Esta obra fue seleccionada para el Salón de Jóvenes que se realizó en la Villette, en París.
Bárbara Santos describió el proceso que la llevó a la producción de un video en el que aparece la imagen de una niña pequeña, de espaldas sobre un fondo absolutamente blanco y que escasamente se mueve durante unos cuantos minutos; pese a la ausencia de acción del video, la imagen logra cautivar la mirada del espectador, despertando un sentimiento de afecto y solidaridad con el pequeño cuerpo de la niña, quien finalmente se levanta, se va y deja la pared vacía.
Beatriz Eugenia Díaz, interesada hace mucho tiempo en la creación de espacios visuales y sonoros, instaló un gran dibujo en el vacío que ocupa tres pisos en las escaleras de la galería, realizado en papel blanco y con dibujo naranja, titulado Unísono, el espectador podía escuchar un sonido continuo que jugaba con la estructura formal de la obra. Milena Barón presentó su trabajo de tesis, una obra muy delicada realizada con un dibujo fino y minucioso que descompone en pequeños módulos rectangulares los componentes gráficos que dan lugar a una imagen de nubes. Luz Marina Tréllez mostró el origen de sus inquietantes fotografías, que juegan con el espacio y el cuerpo del espectador; María Adelaida López recuerda los manuales que enseñan cómo dibujar una casa; ella los realiza con hilos sobre la pared que invitan al espectador a tejer un dibujo: Ernesto Restrepo hace un trabajo en cerámica en el que se hace referencia a la siembra de papas en Boyacá, lugar al que pertenece la familia del artista, y Juan Andrés Posada presentó un trabajo de la serie Mades realizado en hierro y madera en el que persiste con su estrategia del simulacro y la apropiación.
Tal vez, la conclusión que se puede sacar acerca de estas dos muestras en las que se reunieron obras tan disímiles es que la procedencia de la obra de arte no es tan misteriosa, mágica y divina como creían algunos en la antigüedad, sino que el arte se suscita a partir de experiencias tan diversas como los sujetos que las experimentan, que las obras parten de hechos concretos, hechos de la cultura principalmente, de miradas particulares que se han abierto al vasto mundo de la experiencia cotidiana, social, política y subjetiva; aunque el público no lo crea, el arte está más cerca de nosotros de lo que habitualmente se piensa.
MARTA RODRÍGUEZ

