Reflexiona en su obra actual sobre el ser femenino y su condición de identidad. Ella misma, como mujer, es ahora el propio sujeto de investigación. Su mirada artística se vuelve escrutadora y telescópica.

Proyecta figurillas de mujer, dibujadas simples y sin detalles, recortándose sobre grandes espacios vacíos. Son personajes extrañamente serenos, inmersos en un laissez-faire cotidiano, que se plantan sin pompas ni posturas; figuras femeninas que aparecen siempre duplicadas en su gemelo visual, referenciando una dialéctica de la alteridad de la condición femenina. Se interroga en cada escena el Yo y el Otro (en espejo), que no es más que el Yo desdoblado de la mujer contemporánea.
La obra constituye una representación serial del mismo tema. Imágenes especulares y reiterativas que muestran rostros femeninos de perfil, cuerpos desnudos de cabeza rapada y sin rostro, siempre reflejándose en un espejo. Son personajes que se plantan como estampas visuales; efigies imperturbables y atemporales, instaladas en el instante congelado de su inapelable presente.
Palacios establece con ellas un discurso etnocéntrico, visual y fenoménico, para una definición del yo femenino. El trabajo recupera una memoria interior; atrapa retazos del pasado, falsees visuales del recuerdo, que se entremezclan y reinventan en la ficción. Las pinturas son escenas discontinuas y segmentarias de un diario personal; un diario deconstruido y sin narración, en parábolas visuales, de una autorreferencialidad que cabalga entre la unicidad y la duplicidad.
Palacios identifica una cronología femenina y califica en ella cualidades y atributos. En los cuadros aparecen bebés, niñas, púberes, adolescentes, marcando etapas significativas; con muñecas, sentadas en bancos, con colas de caballo, se marcan los ciclos de la vida; encontramos seres andróginos, vestidos masculinamente, que la artista apunta como de edad madura, donde "no dominan los atributos femeninos"(*).
La desnudez es una constante. La carnalidad rojo garanza de las pieles acentúa la intemperie de estos entes en procesos de identidad. En la desnudez, el cuerpo está despojado de afeites. "El cuerpo y la piel son el hilo conductor en esta obra", afirma la artista (*).
El grupo de trabajos comprende metáforas sucedáneas: motivos florales, macetas con flores mustias, cuyos botones, en colores bermejos, semejan manchas de sangre o cabezas muertas. Palacios nos dice: "... flores y mujeres lo mismo..."(*). Se recupera también, tal vez en la ironía o la nostalgia, este género ya deslastrado de las prácticas contemporáneas. Los maniquíes, bustos y torsos silueteados, que aparecen demarcados con fechas claves para la artista o cubiertos de plantas como musgos marcando el paso del tiempo; estos recuerdan, además de la estatuaria grecolatina, los vestidos para recortar que formaban parte del ajuar de las muñecas de papel (antecesoras de la Barbie) con que se jugaba en la rústica infancia de la década de 1950. (para aquellos que la recuerdan). La serie A puño limpio (Clean Punch) que titula la exposición presenta a dos mujeres con guantes de box, resaltándose el poder de las manos y de los guantes, terminados con un poderoso rojo. ¿Un nuevo aditamento? "... plantean la batalla por un lugar que es también social...", refiere la artista (*).
Escrituras repetitivas conforman el plano de fondo de algunos trabajos y se instituyen en referentes semánticos "palabra escrita", de la misma problemática. El doble, en la dialéctica de la identidad, se articula en diferentes constelaciones: "... double identité, dualidad, dualite, par, paridad, twins, fac-simile... dos y dos son uno... espejo espejito, genetique, parentesco, la doble identidad, pares, paridad, duplicata, dobles, repetición, clonadas, dolis, por pares, couple, photocopie, espejo, miroir, deux, dos, two..." son epicentros de la similitud. "Uno y uno son dos", expresa con simpleza filosófica la artista (*).
La obra rompe con cánones y permuta géneros; pintura y dibujo se entrecruzan indistintamente; se enfatizan la linealidad de la forma y el uso del grafito contra el vacío minimalista de los fondos. Se exalta un signo descontextualizado y paradigmático que prolifera en rizomas y bucles, en el gran metarrelato de la mujer y su pasaje de vida. Sutiles colores tierra en manchas entintadas, trazos gestuales y drippings producen "borraduras" en los cuerpos; una manera de acrecentar la mirada oblicua a lo femenino.
NOTA
(*) Entrevista en Casas Riegner, Miami, enero 2002.
MILAGROS BELLO
