La reciente exposición personal de Agustín Bejarano, Cabezas mágicas, presentada en la galería del Museo del Ron en La Habana, enfatiza que el constante cambio es uno de los principios que rigen la producción simbólica de este artista, lo cual es el resultado de su incesante experimentación. La sensualidad de la que disfrutamos hace un tiempo en sus Anunciaciones, en las que resaltaba el gusto por el contraste, exaltando la corporeidad y voluptuosidad de figuras precisas en su anatomía, ha quedado atrás para dar paso a una acción más expresionista y gestual.
Esta nueva serie recrea un amplio conjunto de personajes que se suman al imaginario cultivado por Bejarano. Si nos retrotraemos, podemos advertir que ha habido en sus obras diversos protagonistas, a veces tan abstractos como sus huracanes en el grabado de gran formato; íntimos o autorreferenciales al haber tomado a su hijo, a su esposa, y a él mismo, como modelos para sus grabados sobre plástico, vinculando en repetidas ocasiones sus reflexiones sobre lo privado con la figura de José Martí, reforzando la apertura del sentido de aquellas obras en su reflexión de carácter contextual, abriéndose hacia lo público. De igual modo, cuando retornó a la pintura entre 1996 y 1997, en una acción casi abstracta, no dejó de prefigurar más de una presencia, a las que sumarían luego sus andróginos angelotes; y por qué no, las elocuentes vajillas de su serie Paisaje y naturalezas muertas, y también, los personajes que sobresalían de los grupos diseñados para cultivar el enigma de la anunciación.

Bejarano es a todas luces un artista que rehúye los estilos, y dada su movilidad formal, imposible de encasillar. Ha mantenido, por otra parte, un vivo interés por la renovación de temas profusamente abordados en la historia del arte, como sucede también en esta oportunidad con el retrato en su serie Cabezas mágicas. En cada caso, los personajes "retratados" se integran a los entornos austeros creados para ellos, y aunque pueden estar representados hasta el torso e incluso ocasionalmente de cuerpo entero, conceptualmente desde el título de la serie, la referencia simbólica en torno a las cabezas está centrando la misma en lo que genera el pensamiento, en la fuerza y poderes de la mente, y también en su exaltación como receptáculo de lo espiritual.
La de Bejarano es ahora una figuración expresionista, desentendida del parecido físico, de la construcción precisa según dicta la anatomía, y la tela y el acrílico vienen a ser, uno espacio y el otro, instrumento técnico para jugar libremente a desdibujar clásicas morfologías. El conjunto integrado por 54 piezas recogía escenas subalternas, ensalzando la grandeza que hay en lo cotidiano. Una cotidianidad que en su sencillez y fugacidad construye la epopeya del hombre común. Aquí hubo lugar para el adiós, la espera, las heridas, y también para lo salvaje e instintivo, los naufragios y las metamorfosis. Bejarano desentraña la urdimbre del acontecer y, al mismo tiempo, de la memoria desde lo individual, para entregarnos un bosquejo de su propia experiencia a través de muchos de los seres marginados del gran discurso de la historia, invocados ahora por la espiritualidad del artista.
Cabezas mágicas es una resurrección del tema del retrato. Un retrato que se abstrae en los tipos representados; abstracciones de orden genérico (Tejedora de mano, Pescador, Retrato de muchacha), que convierten en ficción rostros en los cuales se recrea lo anónimo y, al unísono, produce símbolos valiéndose de una figuración algo candorosa pero nada ingenua.
Si la serie vista está emparentada con la idea de Platón acerca de que la cabeza humana es la imagen del mundo, Bejarano entonces nos lo describe lleno de múltiples figurantes, algunos de la calaña de Bussines man, Metamorfeo, El conquistador, El haragán o El Cama-León, especímenes con los que muy a menudo tropezamos, él y nosotros en el diario bregar.
Sin embargo, la mayoría de los personajes trascienden la banalización de la existencia y la sustancia de los mismos tiende más a lo tropológico, e incluso, alcanzan el estatus de alegoría, como pueden ser los casos de: La montaña humana, La visión, Escarbador, Brujero, Instinto salvaje o La sombra; piezas cuyo sentido se expande pese a "las veladuras" que ocultan su verdadera dimensión. Siguiendo esta misma corriente, pero constituyendo una excepción en la muestra "por la presencia de una figura paradigmática y reconocible", está la Metáforas de la salvación, constituida por 7 piezas en cuyo relato José Martí es el protagonista de un sueño y su posterior realización. Con ella se vuelven a focalizar ciertos tópicos referidos a las utopías, la identidad, los mitos, la insularidad y, especialmente, la necesidad de lo sagrado para un renacimiento mayor, de carácter espiritual.
La estrategia del artista ha sido modificar el código de construcción selectivo y jerárquico de la historia, al recrear tipos, gestos, emociones, instintos comunes, que conforman y animan a esa multitud sin la cual es imposible todo proceso social. A partir de esa perspectiva, perfila una dimensión más amplia del hombre, en su vínculo con el entorno, abriendo caminos para hacernos ver que todo lo que nos rodea está lleno de textos, la mayoría de las veces obviados.
Lo que en realidad hace Bejarano es descompactar esa muchedumbre y como un cronista dejar constancia de su particular existencia, mientras recrea diversas tipologías como si estuviera ejecutando un inventario de personajes y, aunque en esa redención no se escuchen todas las voces, sí se señalan con mucha fuerza las vibraciones de esos otros relatos existenciales que están en las personas que nos son propias.
Esos "pequeños" seres que este artista ha colocado al margen del tiempo ratifican su presencia en el ahora; contienen un presente que, sin lugar a dudas, es memoria, pero una memoria que no se instaura desde el gran relato histórico, sino en lo personal y particularmente en lo psicológico. La serie Cabezas mágicas consigue sobrepasar géneros y otras distinciones, para ensalzar la redención de la condición humana, subvirtiendo las nociones de anonimato y trascendencia.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
