Exposición Individualabr 2002 - jun 2002· Por Mónica Kupfer

Sandra Eleta y Gustavo Araújo

La Galería Arteconsult

Reflejando el programa de FotoSeptiembre del Museo de Arte Contemporáneo de Panamá (que a su vez fue inspirado por el festival homónimo en México), la Galería Arteconsult presentó una exposición de trabajos por los fotógrafos panameños Sandra Eleta y Gustavo Araújo. La presencia combinada de dos artistas con trayectorias e intereses diversos produjo una muestra frente a la que ningún observador podía permanecer indiferente, tanto por los temas como por el análisis comparativo al que invitaba la exposición. Eleta, una gran figura de la fotografía en Panamá, ha seguido de cerca la carrera artística del joven Araújo. Se conocen y ambos residen en el mismo país, pero viven en mundos diferentes, como reflejan las obras de esta muestra. 

Araújo presentó una serie de fotos que documentan Miss Barbie Universe, un concurso de belleza de muñecas, inicialmente clandestino, que viene desarrollando un grupo de amigos homosexuales desde hace algunos años en Panamá. En el concurso, los dueños de las muñecas las presentan tan ataviadas o más que las típicas reinas de belleza, con vestidos de noche, plumas, prendas y mucho glamour. En el más reciente de estos certámenes, Araújo, quien tiene años de experiencia profesional en el mundo de la moda, logró un registro de imágenes inéditas de las concursantes "en acción". Aparecen sobre pasarelas, con suntuosos vestuarios, iluminación dramática y gran colorido. 

Exposición Individual: Sandra Eleta y Gustavo Araújo — imagen 1
Sandra Eleta. Triunfo del Ángel San Gabriel sobre el gran diablo, 2001. Impresión en gelatina de plata. 48,2 x 47 cm. (19 x 18 ½ pulgadas).

Araújo se ha dado a conocer como una figura prometedora desde que en el año 2000 ganó los primeros premios tanto de la Bienal de Arte de Panamá como de la Bienal Centroamericana. A esos galardones siguieron una exposición individual en Estados Unidos, una mención de honor en la Bienal Internacional de Cuenca y su participación en varias ferias internacionales de arte contemporáneo. Esas primeras obras premiadas eran cajas de luz o grandes lonas vinílicas con múltiples fotografías digitales a veces manipuladas en las que el artista empleó el lenguaje de la publicidad para lograr composiciones poéticas que a la vez transmitían una sensación de intimidad. Siguieron otros formatos, experimentos visuales, lumínicos y conceptuales y, más recientemente, la incorporación del sonido a sus obras. 

Aunque su producción fue paralela, las fotos de Barbies no muestran ni la creatividad ni el potencial para reflexión de otras obras dentro del desarrollo de Araújo. Se trata más bien de un trabajo documental, realizado con impresiones de ink jet, en donde lo insólito no es tanto la labor del artista sino el evento ultra-kitsch del que da testimonio. Se trata de muñecas en un proceso de humanización superficial, proceso instigado por personas a las que no vemos en las fotos y cuyas intenciones el fotógrafo no cuestiona. Si en los concursos de belleza las mujeres son tratadas como objetos, nos encontramos aquí con objetos a los que se les da vida, en un juego organizado por adultos. Constituye un paradigma la foto en la que aparece una pequeña Miss de plástico sobre un escenario rojo y a la vez, agigantada y bañada de luz dorada, en la pantalla de video que ocupa la parte superior de la composición. Como en todas estas muñecas, impresionan los detalles: ella lleva sobre el pecho la clásica cinta con el nombre del país que representa en este certamen surrealista. 

Exposición Individual: Sandra Eleta y Gustavo Araújo — imagen 2
Gustavo Araújo. Barbie Miss Universo VI, 2001. Inyección de tinta. 101,6 x 68,5 cm. (40 x 27 pulgadas).

A pesar de la aparente objetividad del lente, las fotografías de las Barbies no dejan de insinuar un comentario irónico. Recuerdan las múltiples imágenes de la ciudad de Panamá que Araújo captó para la revista MOGO, valioso documento visual urbano que esperamos resucite. Miss Barbie Universe también es una manifestación cultural urbana que involucra la actitud llamada camp con su característico "distanciamiento comprometido", que Adrienne Samos atinadamente describe en el texto del folleto de exposición como "la tensión vital entre la ironía lúdica (la crítica a la tiranía de lo normal) y seriedad (la genuina adopción de la estética kitsch)". 

Las fotografías de Sandra Eleta nos muestran otro mundo. En una serie de escenas impresas con procesos fotográficos clásicos y en tradicional blanco y negro, presenta lo que ella describe como "ángeles multiétnicos", obras en las que vemos la continuación del trabajo que la ha hecho famosa. Sus fotos de los habitantes del pueblo de Portobelo en la costa caribeña de Panamá, donde la artista reside, dieron la vuelta al mundo en las décadas de 1970 y 1980. Después siguieron audiovisuales como Sirenata en B basado en la figura de un chofer de bus y el tráfico citadino, así como Abia Yala, obra con la que Eleta representó a Panamá en España. Entre otras cosas, a fines de la década de 1990, produjo estudios etnofotográficos sobre el río Chagres y los indios emberá que viven en sus orillas. En 1999, participó en la Bienal de Lima con un trabajo colaborativo titulado Comanche, basado en un ensayo fotográfico de un indigente en la ciudad de Panamá. Eleta ha expuesto en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica, donde es cotizada como uno de los fotógrafos contem- poráneos de relevancia en la región. En las fotos de esta exposición, Eleta vuelca su atención nuevamente hacia Portobelo y sus pobladores, herederos de una larga tradición afroantillana, una religión rica en sincretismo y fascinantes manifestaciones culturales. Ella los conoce bien. Los ángeles en sus fotos son aquellos que acompañan cada procesión del Valle de la Media Luna (donde hay una basílica en honor a la Virgen), así como los diablos y arcángeles son los mismos jóvenes que participan en los rituales de los Congos de Portobelo. Para la fotógrafa son presencias vivas, por lo que pide al observador "un estado anímico de suspensión" en el que pueda aceptar esa verdad que ella presenta, donde sólo hay una línea delgada entre la realidad y la poesía. 

En las fotos de niñas En las aguas del Cascajal percibimos un hilo conductor con la joven emberá llamada América de hace algunos años, así como con la actitud poética-antropológica de aquella serie. Presenciamos esa comunicación que Sandra Eleta sabe establecer con los sujetos, que miran directamente hacia la cámara. En estas fotos, ella capta la inocencia, la naturaleza y sobre todo la importancia avasalladora del agua en las vidas de sus personajes. Impactan la imagen frontal de una angelical pequeña con alas de ramas de palmeras, y la de otra niña, medio sumergida, que con cara de éxtasis va alejándose en el agua. 

Sin embargo, en las fotos de chicas vestidas de ángeles que posan en el cementerio, en la basílica con palomas en el fondo, o sobre la escalera en Para subir al cielo, no observamos la fuerza que le conocemos a Sandra Eleta, ni la sensualidad que caracterizó sus primeros retratos de Portobelo. Más bien domina una sensación artificiosa, aunque su intención no es la de lograr la estética kitsch que describe el folleto de mano. Las composiciones parecen coreografías, partes de un cuento o escenas de un drama que la artista quiere ilustrar. Advertimos que tanto la posición de las figuras humanas como sus alas de papel crespón y sus vestidos son consecuencia de decisiones artísticas. Caso similar constituye la serie titulada Los siete ángeles y el Gran Diablo de Portobelo, pero con resultados más dinámicos. Son escenas que recrean el rito anual portobeleño en el que, ya finalizado el Carnaval, el ángel Gabriel atrapa al diablo. Eleta fabrica escenas que, aunque se basan en una realidad existente, resultan teatrales. 

La línea entre la verdad y la fantasía se vuelve completamente borrosa cuando, una vez terminadas las tomas, la fotógrafa se encuentra con que las alas artesanales han sufrido daños, y viéndolas colgadas de ganchos en los muros de ruinas se imagina un "taller para alas rotas", con lo que inicia otra serie de fotografías. En ellas, ahora sí completamente consciente de que está inventando una ilusión, cierra el círculo imaginario de esta muestra al convertir precisamente a Araújo en uno de los protagonistas. Ese taller es tan real y tan irreal como los ángeles y los diablos de Sandra Eleta, tan iluso como las reinas de belleza que nos muestra Gustavo Araújo. Sin duda, a pesar de que la intensidad expresiva y las energías creativas fluctúan, se trata de ojos privilegiados que nos entregan visiones propias de otras realidades.

MÓNICA KUPFER

Sandra Eleta y Gustavo Araújo, por Mónica Kupfer | artnexus