Durante mucho tiempo, Mónica Castillo nos ha confrontado con la delgada línea entre lo que es "real" y lo que es artificio, y su nueva obra desafía más allá la distinción. Three Painted Men (Tres hombres pintados, 1999-2000) ejemplifica su proyecto. Tres fotografías a todo color retratan primeros planos de partes corporales masculinas: una de una mano, otra de una boca barbada, y la tercera, una oreja. Las tres han sido resaltadas con pigmentos color carne, complicando nuestra lectura de la copia en forma tal que cada foto sugiere al mismo tiempo una pintura con una superficie perfecta, y una fotografía de un sujeto manipulado. La mano está cubierta de una capa de pintura brillante color carne, las líneas de los dedos tienen una capa de marrón más profundo, y las uñas están pintadas de rosado pálido con una línea de blanco a lo largo de las puntas. Los labios en la fotografía de la mitad están realzados con pigmento color carne y líneas de pintura marrón oscuro. Evidencia del pigmento agregado aparece debajo de la boca, en donde empieza la barba blanca y negra. La fotografía de la derecha retrata la oreja izquierda de un hombre, rodeada de cabello negro corto y cubierta de un grueso pigmento color carne con toques blancos que sugieren la reflexión de la luz. En conjunto, las tres fotografías describen los atributos físicos de un hombre cuya apariencia ha sido realzada. Debemos reconocer estas manipulaciones y, también, dejarnos seducir por ellas. Castillo literalmente registra el proceso de crear la apariencia pintada de una figura en su video Pictorial Effects, I, II, III, 2000-2001. Dentro de un espacio encortinado vemos a una bailarina que lleva puesta una malla color piel y que ejecuta movimientos de ballet clásico mientras caen sobre ella pinturas de color amarillo, marrón y piel provenientes de latas atadas a sus muñecas, cintura y tobillos. Aunque al iniciar su corta presentación ella está inmaculadamente limpia, después de dos o tres arabescos, su cabeza, torso y extremidades quedan cubiertos de pigmento. El sonido de la pintura que cae sobre su cuerpo, acentuado por el golpeteo de sus zapatillas de punta de madera durante su danza, atrae al espectador tanto hacia los mecanismos del ballet así como hacia los del proceso pictórico.

Junto a la pantalla de video, una caja de luz presenta una fotografía a color en duratrans, Dancer's Self-Portrait (Autorretrato del bailarín, 2001), de la misma bailarina retratada únicamente donde la pintura cubre su cuerpo. Áreas del torso y la cara, por ejemplo, que no fueron tocadas por el pigmento, revelan el fondo y no hay rastro de su elástica forma. Es un retrato perturbador que demuestra la presencia incierta de la bailarina, excepto cuando está cubierta de pintura, lo que sugiere, tal vez, que nosotros también somos visibles únicamente cuando nos escondemos detrás de la ropa o el maquillaje.
Las piezas más extraordinarias de la exposición son Tableau Vivant I, 1999-2000, y Vitrine, 2000. La primera presenta la perspectiva íntima de un exuberante jardín tropical. Una persona, evidente por sus pantorrillas y pies, camina por un ambiente surrealista de hojas, coloridas mariposas, caracoles, tierra húmeda y el venenoso insecto cara de ángel, que se oculta en los jardines de la Ciudad de México. Es una escena tan vívida que uno se da cuenta gradualmente de que es ficticio, un oasis creado en el estudio de Castillo, que seduce al espectador mediante la yuxtaposición de hojas e insectos reales con versiones pintadas para realzar su efecto y desconcertar a quien los observa.
En Vitrine, 2000, la artista mexicana crea literalmente las plantas que capta en la película. Los pétalos, las hojas, los estambres, pistilos y tallos de lirios están exhibidos sobre una tabla cubierta por un vidrio, como especímenes de biología. Parecen estar concebidos con un pigmento denso aunque maleable aplicado en forma muy cuidadosa, que reproduce las flores con detalles precisos. De lo que no nos damos cuenta es de que las flores reales han sido disecadas y minuciosamente cubiertas con pintura, de modo que dentro de cada flor pintada existe el lirio real. En efecto, la artista deconstruye la flor y luego la reconstruye de manera convincente en pigmentos palpables.
La obra de Castillo siempre ha cogido desprevenido al espectador, y estas nuevas piezas no son la excepción. Mucho tiempo después de haber visto la exposición uno reflexiona sobre los medios con los cuales se crea la apariencia, y sobre la distinción entre la impresión creada en el pigmento y el objeto real retratado.
MARY SCHNEIDER ENRÍQUEZ
