En Colombia, "sub" es una palabra clave; se refiere a lo que sucede pero aparentemente no se ve. Por ejemplo, es un país en guerra, pero como se desarrolla en su mayoría en zonas campesinas, parece que no fuera oficialmente declarada; hay una relación entre el tráfico de drogas y el consumo y eso tiene consecuencias en la sociedad, que se viven todos los días, pero que son difíciles de visualizar; históricamente, las ilusiones de un mundo mejor sólo se consiguen con dinero, que es imposible de conseguir, y la doble moral con la que se manejan las instituciones parece velarse únicamente con la sofisticación de una "doble mirada" a las noticias y a los hechos.
Las obras de esta exposición se refieren a esa actitud, la de hacer visibles las fuerzas sociales que tienen el poder de crear comportamientos y espacios opresivos, pero que no están claramente iluminados, están enterrados, son hasta cierto punto subterráneos. El concepto es claro, pero el artista experimenta para encontrar la manera más adecuada para decirlo, es decir, investiga en la calidad de la imagen. Esta investigación de dos vías, la de escoger una idea incisiva y necesaria y buscar una imagen precisa, sólo la emprende un artista como Miguel Ángel Rojas, con 30 años de experiencia en ambos lados de la imagen, y que tiene todo el conocimiento almacenando a la hora de percibir. A lo largo de su carrera ha logrado descubrir signos claves para identificar y crearles un espacio, por ejemplo, al erotismo y a las relaciones homosexuales, a los espacios urbanos escondidos y vitales, a la clase media en Colombia y a las masacres de indígenas y la guerra ecológica, hechos sobre los cuales siempre ha estado vigilante.

Siguiendo la ruta de la visita guiada realizada por el artista, la exposición SUB comienza con el acto de enterrar, en un acto privado, una Biblia en el patio de la galería, porque según su reflexión, es increíble que todavía en el mundo actual las decisiones de las personas estén dominadas por creencias religiosas dogmáticas que impiden el libre desarrollo de una conciencia personal. De este gesto parte la realización de dos videos: uno con la palabra "dogma" escrita sobre arena movediza, negra plomiza, que se va desintegrando rápidamente frente al espectador, con su sonido amenazador. Y un segundo video con la palabra "conciencia", que se va formando en la pantalla sobre un material blando, orgánico, casi virginal, reforzado por el sonido de risas y juegos de niños. Las dos obras subrayan el interés del artista por conservar una mentalidad libre, como diría en una entrevista reciente: "(...) nunca he podido seguir la voz del amo", y paralelamente, la construcción permanente de una conciencia personal y vigilante.
La idea se va a desarrollar también en dibujo, y mirando retrospectivamente la historia del arte colombiano, en realidad Miguel Rojas se destaca porque lo ha utilizado de una manera inteligente y sensible y ha sido crucial para el desarrollo posterior del arte contemporáneo; por un lado, es un dibujante con una extraordinaria habilidad, pero guiado por un compromiso con el concepto. Por esta razón nunca ha caído en el esteticismo, pero sus imágenes son precisas; paciente y lentamente construidas. El artista lo ha dicho: "La obra tiene que tener precisión pero se tiene que sentir la vida".
En esta exposición hay dos tipos de dibujos. Sueños raspachines es una serie de papeles de hoja de coca prensados y cosidos; sobre ellos el artista ha horadado con un punzón palabras y objetos. Palabras como deseo y merezco, y objetos como pupitres, casas, gallinas, tractores, cultivos, en fin, lo que todo campesino desea y merece. Es importante recordar que los raspachines son los campesinos dedicados a recoger las hojas de coca, y por esta razón, el contorno de estos objetos y palabras, al estar realizados con orificios sobre la materia, parece hacer más evidente que estos sueños son ilusorios, porque están basados en el vacío y la ausencia.
Hay otro tipo de dibujos elaborados con pequeños puntos, unos de hojas de coca y otros de billetes de dólar, que se obtienen atravesando con cincel y martillo estos dos materiales hasta lograr pequeños círculos, que luego son pegados cuidadosamente sobre el papel en blanco. Puede ser un salto un poco abrupto, pero me recuerdan los trabajos de los orfebres precolombinos, por su labor artesanal y por su exactitud. Las formas sobre el espacio blanco del papel son tan precisas que al estar frente a ellos dan la apariencia de un objeto de gran valor en sí mismo, como los billetes, pero en este caso tendrían un valor agregado, y es la reflexión oportuna sobre la relación desigual entre tráfico y consumo. Y más allá, sobre todo un sistema de poder que ejercen unos países sobre otros.
El primer dibujo que abre la exposición, Just What Is It That Makes Today´s Homes So Different So Appealling?, es un letrero del título de la famosa obra de Richard Hamilton de 1956. Preguntarse en este momento qué es lo que hace a los hogares de hoy tan diferentes y tan atractivos, pero construir esa pregunta con puntos de coca, hace más evidente la ironía de un consumo que está en el centro de lo que la historia occidental quiere conservar como sagrado, el hogar. Y también no deja de aparecer la idea inquietante de desinformación en la que se vive que sobredimensiona la producción y minimiza el consumo, olvidando que éste hace parte de la vida diaria de los países desarrollados.
En el siguiente dibujo, titulado As I opened Fire, los cañones y el fuego de la obra de Roy Lichtenstein están elaborados también con puntos de coca. En la parte superior de la imagen, Rojas escribe, con el mismo material, adiction y storm. En una entrevista, el artista se hace una pregunta simple pero acertada: "¿La coca es mala? ¿Peor que la guerra?", y en la obra la respuesta es contundente, porque las armas y la agresión están construidas con el material mismo del conflicto, es decir, el artista responde a la pregunta con la imagen más certera posible. Es interesante traer a colación la reflexión que Lichtenstein hiciera, en su momento, sobre su propia obra: en pocas palabras dice que entre sus objetivos no estaba en primer plano representar la agresión militar, aunque personalmente encontraba la política norteamericana exterior increíblemente bárbara. Sin embargo, el giro de sus intereses es perverso y también certero, cuando dice: "el tema de mi trabajo se refiere principalmente a nuestra definición americana de pintura y de comunicación visual". En realidad, sería confrontar al espectador, poniéndole frente a sus ojos el contenido de su vida diaria tanto en su forma como en su contenido. A mi modo de ver, Miguel Ángel Rojas, al realizar una imagen usando diferentes lenguajes, como el del arte Pop, en este caso, y en otros, imágenes que tiene que ver con la vida del indígena, pero experimentando con procedimientos como la hoja de coca y el dinero, tienen que ver con una búsqueda de una imagen latinoamericana, que se piensa aceptando las imágenes de la corriente principal y del poder, pero que aparecen contaminadas por otras fuerzas; así, las imágenes pop están minadas por la coca, y las imágenes de los valores de un pasado perdido están corroídas por el dinero.
Los puntos como fuerzas de poder se ven claramente expresados en un díptico donde dos jaguares se enfrentan, uno construido con coca y otro con billetes. La obra se llama Es mejor ser rico que pobre, una frase de Pambelé, uno de los boxeadores colombianos azotado por la gloria y la miseria. También son ejemplos de esa compleja construcción de la imagen en dos paisajes: Teológico muestra un indígena, un jaguar y un caimán, figuras paradigmáticas de ese pasado perdido dibujados con dinero, y Go on, que muestra el vaquero norteamericano en el paisaje abierto dibujado con coca. Mula es un dibujo realizado en cartón, en el cual se ha recortado una línea delgada, que recuerda el consumo, rodeada de pequeños puntos, como un camino persistente, tanto de coca como de billetes.
Los puntos de la obra de Rojas no vienen de los Ben Day de los medios impresos como en el arte Pop, sino de su experiencia. Él reconoce que tal vez están presentes desde su etapa voyerista, en la cual tomaba fotografías de los encuentros gay a través de los orificios de los baños en los teatros en La década de 1970. Más tarde, el juego con la ampliadora le permitió reducir fotografías a pequeños fragmentos y puntos que multiplicó para diseñar con ellos, en el papel o en la pared, formas aparentemente convencionales, como líneas oblicuas, corazones, palomas, historietas; pero estos puntos de papel eran en realidad fotografías de un intenso mundo sexual y erótico que el espectador algunas veces podía reconocer si se acercaba lo suficiente. Resulta exquisito pensar en las reducciones de las fotografías como un recurso que permite a la vez construir muchas formas pero también guardar con placer y sin estridencias las experiencias eróticas; resulta muy bella una imagen donde los pequeños puntos son el contacto con la realidad.
NATALIA GUTIÉRREZ
