La pintura como práctica sigue siendo perseguida por esqueletos de tiempos pasados. Los polemistas del siglo XXI todavía intentan desacreditar su viabilidad, aunque en vano, y a menudo estos críticos suenan tan anacrónicos como sus apreciaciones de la pintura, que, aunque parezca extraño, le hacen eco al discurso de los últimos años del siglo pasado. Por lo general, la posición asumida gira alrededor de la implosión de la pintura como resultado del colapso de su propio peso modernista. Este punto de vista y el que habla del agotamiento de la pintura generalmente son producto de dos trayectorias.
Una involucra las sobras teóricas de las cuales algunos críticos todavía se alimentan: la perspectiva de la pintura de finales de la década de 1970 y 1980 como anclada en la crítica con vehemencia y, sin embargo, lanzada correctamente hacia la transvarguardia y los neoexpresionistas. Otros ataques contra la pintura llegan por medio del punto de vista tecnócrata que dice que nuevos medios la sustituyen, aunque esta digresión superfluamente formalista es similar a la que surgió con la aparición de la fotografía hace unos 150 años. No obstante, existen algunos pintores que han cambiado el medio de manera interesante, enfrentando tecnologías tanto en la abstracción como en la figuración, ya sea en forma directa, como en el caso de David Reed y sus artísticas inserciones abstractas en las películas de Alfred Hitchcock, o de manera más sutil, como se manifiesta en las borrosas foto-imitaciones de Gerhard Richter. Marco Arce es otro artista que se está luciendo con un modus operandi similar vivamente ejemplificado en su reciente exposición titulada I know what I'm doing (Wolves are not as bad as lambs), (Se lo que estoy haciendo, [Los lobos no son tan malos como los corderos]).

La exposición consistía en obras en papel agrupadas en trípticos, polípticos y una serie de 144 lienzos cobijados por el mismo título de la exposición. Lo que es interesante anotar es la alusión del título; ¿a qué y a quién le está dando Arce esta posible respuesta acalorada o ambivalente? Mientras estas preguntas que surgen de la agresividad de Arce siguen abiertas, sus obras se mueven menos en la tradición del lienzo y el pincel, aunque ésta sea el vehículo artístico para las 144 pinturas y, en menor grado, para las obras sobre papel. Arce prescinde de las video y foto-maquinaciones de Reed y Richter pero utiliza estrategias visuales que cuestionan la disciplina de la pintura misma y la narración histórica del arte reciente. Y es aquí donde Arce está formalmente alineado con los proyectos de los dos artistas mencionados anteriormente. Minando formas más arcaicas de articulación visual como el gran formato, estudios del movimiento y storyboard a través de los lentes formales del dibujo y la animación bajo la rúbrica estética general de la pintura, la obra de Arce es una historiografía visual de obras canónicas de prácticas artísticas contemporáneas.
Por lo general, lo políticamente correcto ha ridiculizado el canon como excluyente, pero Arce cuestiona a aquellos artistas que se han ganado, con razón, tal importancia en los anales del arte contemporáneo. Entonces, lo que alguna vez se pensó de Paul McCarthy como la vanguardia, por ejemplo, ahora puede verse como la nueva ortodoxia que atacó las convenciones de una época anterior. El impulso subversivo de la obra de Arce es tan abrasivo desde el punto de vista temático que se puede decir que desprecia la mano de quien lo alimenta, a la vez que trata de desarrollar nuevos niveles de significado en la yuxtaposición de diversas obras del pasado inmediato. Releyéndola en una especie de atlas richteriano, la imaginería de Arce es una historia visual fragmentada en la que las imágenes entran en un diálogo intertextual como palimpsestos y se convierten en tímidos y débilmente escuchados equivalentes artísticos de la Torre de Babel.
RAÚL ZAMUDIO TAYLOR
