La Bienal de Cuenca, en busca del arte total

Francisco Larios Osuna. Sin título, 2001. Políptico de 24 elementos. Impresión digital de un programa 3D.

Colectivaabr 2002 - jun 2002· Por Mónica Kupfer

La Bienal de Cuenca, en busca del arte total

Museo de arte moderno, Museo de la Medicina, Banco Central, Museo de los Metales, Banco del Azuay

Con el titular "Bienal de la globalización" anunció el periódico El Mercurio la inauguración de la VII Bienal Internacional de Pintura de Cuenca, Ecuador, el pasado 3 de noviembre de 2001. De hecho, en la convocatoria los artistas habían sido invitados a reflexionar sobre la globalización, el nomadismo y la identidad, propuesta que muchos, pero no todos, tomaron como premisa para sus obras. Sin embargo, aún más importante que la temática asignada por los organizadores fue la ampliación conceptual incorporada por primera vez a este certamen: la apertura al "arte total", específicamente, a que los artistas presentaran obras en cualquier técnica o medio artístico, tomando en cuenta la diversidad en la producción cultural de nuestra época. Curiosamente, esta nueva amplitud se vio contrarrestada por el nombre del evento (que sigue refiriéndose a la pintura), y la declaración un tanto ambigua en las bases de que la pintura se "mantendría como el eje central" pero que se "privilegiarían" nuevas alternativas artísticas. Al final, aproximadamente la mitad de los 52 artistas participantes presentaron pinturas, o trabajos que incorporaban elementos pintados, con una contrapartida interesante que incluyó obras fotográficas, esculturas, instalaciones y arte digital. 

Los artistas que participaron en Cuenca fueron seleccionados por curadores designados por la bienal en los países del continente americano (con la exclusión de Canadá, El Salvador, Nicaragua y la mayor parte de las islas del Caribe). Los participantes ecuatorianos, por su parte, fueron escogidos a través de una pre-bienal nacional, así como por curadores ecuatorianos. Las obras fueron presentadas al público en 41 salas en 13 espacios de museos y casas coloniales de la ciudad andina de Cuenca. Aunque se trataba de locales idóneos para exposiciones, causaron objeción los horarios irregulares y la distancia de algunas muestras al centro histórico donde se concentran los visitantes, y donde quedaron espacios (por ejemplo, dentro del Museo de Arte Moderno) que no fueron aprovechados. 

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Matilde Marín. Itinerarios, 1993 - 2001. Fotografía. 400 x 400 cm. ( 157 ½ x 157 ½ pulgadas).

A pesar de la diversidad y, a veces, confusión —en cuanto a voces, estilos, y obras— que caracteriza a la mayoría de las bienales, es indudable que el proceso de insertar el arte de varias naciones en un contexto regional produce conclusiones y confrontaciones valiosas tanto para los artistas como para los estudiosos del arte. Así fue en Cuenca, donde además la presencia de los miembros del Jurado, de casi todos los curadores internacionales y de un gran número de artistas en la inauguración y el posterior simposio produjo un estimulante ambiente de intercambio intelectual y artístico. 

El Jurado Internacional encargado de escoger los premios estuvo conformado por los críticos Gustavo Buntinx de Perú y Gerardo Mosquera de Cuba; los maestros Rogelio Polesello de Argentina y Enrique Tábara de Ecuador; y la historiadora de arte Mónica Vorbeck, también de Ecuador. Los tres premios paralelos de 15 mil dólares fueron otorgados a Francisco Larios Osuna (México), María Teresa Margolles (México) y Matilde Marín (Argentina). El jurado también decidió adjudicar Menciones de Honor a los artistas Gustavo Araújo (Panamá), Pablo Cardoso (Ecuador), Bernardo Krasniansky (Paraguay), y a Alfredo Márquez y Ángel Valdez (Perú), quienes participaron con una obra conjunta. 

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Pablo Cardoso. Geodesia, 2001.Instalación (cuadros en acrílico sobre madera). Detalle. 300 cm. (118 pulgadas).

De los premios 

La obra premiada de Francisco Larios consta de 24 imágenes de la vida urbana creadas con un programa digital de modelado tridimensional con el que el artista desarrolla personajes y ambientes en los que inserta apariciones de santos, logrando una versión postmoderna de los exvotos, esas ofrendas religiosas (símbolos de agradecimiento por beneficios recibidos) que los fieles colocan en las iglesias. Sin embargo, los exvotos de Larios se caracterizan por un tono banal —no la intimidad característica de estas ofrendas— y un lenguaje cotidiano en las plegarias que acompañan las imágenes. Se agradecen no sólo la curación de un hijo y el salir ileso de un accidente, sino también beneficios como la conexión a Internet o la liquidación de una deuda. La obra hace referencia a realidades sociopolíticas actuales, la vida aburguesada, los valores sociales tergiversados y el rol de la religión en la sociedad. Es una obra que se comunica en un lenguaje panlatinoamericano que mezcla tradición y modernidad, buen humor y comentario social. 

El sudario colectivo titulado Olvidados, presentado por la mexicana María Teresa Margolles "miembro fundadora del grupo de arte conceptual y performance SEMEFO (Servicio Médico Forense)", es una tela que impacta por su tamaño, las formas de cuerpos humanos impresas sobre ella, el color de sangre seca, y hasta su olor perturbador. La intensidad aumenta aún más con la lectura del texto explicativo, muy necesaria en el caso de esta obra de arte, que aclara que la artista trabajó por un año en una morgue donde logró, como en un gran monotipo, hacer la impronta de los líquidos corporales de cadáveres sobre esta gran tela. Estamos frente a una crítica contundente contra la violencia, en donde el anonimato de las figuras representadas, conjugado con la presencia real de la muerte, así como las interrogantes éticas que genera la obra, obligan al observador a reflexionar sobre esa transición final, y a considerar su propia morbosidad y mortalidad. 

La presencia del observador ante la obra también constituye un elemento esencial en el caso de Itinerarios, de Matilde Marín. Se trata de un ensamblaje de fotografías en las cuales la artista documentó su sombra a través de varios años (a partir de 1993) y en diversos lugares del mundo. Presentada sobre un muro de aproximadamente 10 pies, el gran formato conlleva un sentido de proporción humana que nos convierte en cómplices, como si estuviéramos frente a la sombra propia. La obra refleja una vida nómada, con fotos que constituyen un diario de viaje visual y personal. Las proyecciones oscuras de la artista sobre el suelo resultan íntimas y simultáneamente anónimas, con la sensación de estar y, a la vez, no estar. En este sentido, a pesar de que se comunica de una manera casi pictórica, sigue siendo una obra en fotografía, ese proceso que incorpora lugar y tiempo, congelando instantes que ya pasaron. 

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María Teresa Margolles. Olvidados, 2001. Sangre y materia orgánica sobre tela. Lienzo recuperado de la morgue. 170 x 930 cm. (432 x 366 pulgadas).

Además de los tres premios estipulados, los miembros del jurado optaron por dar reconocimiento a un número mayor de artistas al otorgar Menciones de Honor a cuatro obras que demuestran la variedad de alternativas artísticas presentes en la Bienal de Cuenca. El panameño Gustavo Araújo fue honrado por su instalación El sueño donde explora los lenguajes del video y la publicidad para crear obras de arte poéticas y visualmente cautivantes. En una sala oscurecida, el sonido de olas que emite el video Red Frog acompaña a una pareja que camina hacia el mar pero nunca lo alcanza, a la vez que sirve de fondo a Bocanadas, una valla de luz azul compuesta de múltiples imágenes digitales de burbujas sub-acuáticas. En el piso del mismo ambiente, una caja luminosa vuelta escultura muestra una transparencia del borde del mar, donde juegan dos niños que, un segundo después, en el reverso de la obra, han desaparecido. 

El concepto del pasar del tiempo también constituye un elemento esencial en Geodesia de Pablo Cardoso, una instalación constituida por una secuencia de pinturas en miniatura que inicialmente parecen fotografías en blanco y negro, en formatos ovoides que sugieren el espejo retrovisor de un automóvil. Colocadas en una fila horizontal sobre un pasamanos que invita al observador a recorrer esta procesión de formas casi obsesivas, el trabajo (en palabras del artista) provoca al ojo, activa la mirada y hace un uso oblicuo del realismo pictórico, a la vez que incita pensamientos sobre el tránsito, las autopistas y el constante movimiento que caracteriza el mundo actual. 

Pintura holandesa, de Bernardo Krasniansky, es otro políptico que guarda relación con la fotografía. Compuesto de 45 pequeños lienzos creados con transfers de acrílico sobre lino, la obra propone una nueva interpretación del retrato, ese género clásico en la historia del arte, en una reflexión que el curador Ticio Escobar define como insidiosa porque más pretende ocuparse de los conflictos de la reproducción que de los valores de la semejanza. Vemos múltiples versiones positivas y negativas de un retrato de mujer del siglo XVII en una gama de contrastantes matices computarizados. Estamos en presencia del retrato y su duplicado, de la huella y su sombra, del misterio de una imagen que reproduce una ausencia. 

Totalmente diferente, y única en apariencia, es la obra en técnica mixta titulada Caja negra, de Alfredo Márquez y Ángel Valdez. Este gran lienzo de carácter barroco, cargado de imágenes y abierto a interpretaciones, presenta en primer plano a un trío ("o trinidad") de figuras humanas de razas diversas en lujosa vestimenta eclesiástica. Alrededor de éstas, se incorpora a la composición una cantidad abrumadora de fascinantes elementos y apropiaciones en varios planos que hacen referencia a la historia del Perú desde la Colonia hasta el presente: a sus problemas políticos, a la evangelización impuesta y a tragedias, tradiciones y mitos tanto andinos como importados. Todo esto transcurre en un discurso de desencuentros que el observador intuye pero no comprende plenamente. 

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Ángel Valdéz y Alfredo Márquez. Perú. Del proyecto Imagen y semejanza, Caja negra, 2001. Técnica mixta (Acrílico y tintas serigráficas tela). 240 x 240 cm. (94 ½ 94 ½ pulgadas).

De los expositores y sus obras 

Las obras expuestas en la VII Bienal de Cuenca presentaron un nivel variable de calidad y creatividad, situación inevitable en vista de la ausencia de un curador general que ligara las propuestas nacionales. La presencia de una figura en esta capacidad dentro del organigrama de las bienales futuras complementaría el encomiable trabajo que ya realizan el coordinador general de la bienal y su equipo en la estructuración del evento y la distribución de las obras en las múltiples salas de exposición. 

La colocación de las obras constituyó un elemento fundamental en los casos en que los curadores seleccionaron obras que compartían una propuesta conceptual o funcionaban como conjunto estético. Tal fue la situación de Argentina, en cuya sala del Museo de Arte Moderno reinaba una sensación de silenciosa armonía, a la que sin duda contribuyeron las misteriosas y casi blancas pinturas de Juan Andrés Videla. En salas contiguas del museo, encontramos fuerza abstracta en las pinturas de torres monocromáticas de la colombiana Delcy Morelos, y una labor sugestiva en la instalación del ecuatoriano Jaime Landívar, quien forró las paredes de una habitación con retratos repetidos de una multitud de personas, efecto vital que se vio menoscabado por la inserción de figuras tridimensionales pintadas sobre el fondo de fotografías. 

Por otra parte, en el Museo de la Medicina estaba montada la instalación de una serie de mini-camisetas de exportación como parte del proyecto Zip-504 del Grupo Arteria de jóvenes artistas hondureños. La instalación no reflejaba el verdadero valor de esta obra, que reside en el proceso que realizaron los artistas al incorporarse al mundo de las maquiladoras como trabajadores, "exportadores, y publicistas del producto industrial más representativo de nuestra cultura: nosotros mismos". 

En la planta superior de este museo estaban expuestas las obras de parte del envío de Costa Rica, los lienzos de Emilia Villegas y Adrián Arguedas. Se destacaban las dinámicas composiciones de Arguedas, pinturas expresivas de gran formato que muestran a nadadores ancianos, haciendo referencia a las transiciones en la vida. Del otro lado de la regia, aunque algo abandonada, estructura de este museo, compartían una sala la artista mexicana Margolles, Natalia Critchley de Venezuela (con tres lienzos de temas urbanos) y el dominicano Jorge Pineda, con una obra notable y a la vez modesta en sus medios. Con pequeños autorretratos fotocopiados e intervenidos en papel y hojillas de acetato sobrepuestas directamente en la pared, Pineda logró una composición que trata temas vivos como la negritud, la herencia, los roles sociales y la sexualidad. El otro artista dominicano en la bienal, el fotógrafo Domingo Batista, decepcionó con una obra que se acercaba demasiado a un afiche de turismo, sin lograr trascenderlo. 

En las salas del Banco Central se mostraron los trabajos de los tres uruguayos seleccionados, entre los que impresionó la obra conjunta de Eduardo Cardozo y Fernando Peirano, relacionada con la producción del banano en Ecuador. Tres letras C (una referencia a la calificación de riesgo del país) formadas con bananos verdaderos, amarillos y manchados, que ya en la inauguración se encontraban en vías de putrefacción, constituían un comentario sobre el estado de la economía latinoamericana. En la sala contigua se apreciaba parte del envío guatemalteco, destacándose la instalación de Mariadolores Castellanos, en la que aparecían suspendida una serie de bloques de resina que incorporaban mapas antiguos, textos y dibujos, produciendo una sensación nostálgica —y a la vez atrapada— de recuerdos de lugares desconocidos. 

La obra cubana, exhibida en el Museo de los Metales, sorprendió por su tono tradicional, pero también por la calidad oscura y enigmática de los lienzos de Carlos Montes de Oca. En la misma casa antigua, les asignaron salas a los tres artistas panameños, donde además de la instalación de Araújo, estaban expuestas esculturas de Lezlie Milson que enfocan temas de género y "otredad"; así como pinturas de Haydée Victoria Suescum, en las que colores intensos y los originales marcos de vinilo sirven para reinterpretar signos e imágenes del arte popular. 

El Banco del Azuay en el centro de Cuenca es un espacio que se vio favorecido por el flujo constante de visitantes. Ahí resaltaban, entre otras obras, los tondos abstractos de papel periódico torcido y tejido del joven artista chileno Andrés Vío, así como el trabajo conceptual del ecuatoriano Patricio Palomeque, quien aprovechó la bóveda del banco para crear una obra cuya realidad se percibía sólo por medio de la puerta blindada y el testimonio en la cédula. 

Aunque es imposible comentar sobre cada una del gran número de obras en la Bienal de Cuenca, vale destacar que también se presentaron varios salones paralelos, entre ellos una exposición del pintor Omar Rayo de Colombia y la colectiva Arte-Objeto, organizada en España. Sin duda, la más impactante de las muestras paralelas fue el Salón de Artes Digitales, por artistas argentinos, organizado por Graciela Taquini, que incluyó video, arte web y animación. También causó reacción entre el público un extraordinario video de la argentina Liliana Porter, en el que, con sencillez, humor y poesía, la artista explora actitudes socioculturales a través de animaciones de juguetes mecánicos, pequeños personajes en los que seguramente se sintió reflejado más de un visitante a la Bienal de Cuenca.

MÓNICA KUPFER

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