La 4ª Bienal del Caribe se inauguró el pasado 16 de noviembre en muy desfavorables circunstancias internacionales y con obligado retraso por el luto nacional, a causa del accidente del vuelo 587 en Queens, Nueva York, que hace la ruta habitual Nueva York-Santo Domingo.

Sin embargo, en modo alguno puede decirse que este trágico contexto nacional e internacional interfiriera, más allá del terreno emocional y cambios de fechas, en el desarrollo posterior y notable éxito de la convocatoria, aun considerando las injustificadas ausencias de algunos invitados europeos y norteamericanos, quienes habrían comprometido su asistencia y a última hora la cancelaron, sin duda influidos por la atmósfera trágica y fantasmal, de inseguridad y paranoia, que gobierna el mundo después del 11 de septiembre.

Aunque se podían contar con una sola mano las asistencias ajenas al área, contrastaba con la atención y el crédito que, tanto la numerosa delegación cubana como los artistas emergentes de la zona y todos los numerosos asistentes, le dieron unánimemente a su actual directora Sara Hermann. Y, no se equivocaron, a juzgar por los resultados de esta renovada edición en franco renacimiento.

Sara Hermann apenas lleva dos años al frente del Museo de Arte Moderno de Santo Domingo y por el momento ya ha conseguido con esta bienal al menos tres grandes logros para su país: 1) La recuperación de la bienal; 2) La articulación de la bienal con el pulso de la ciudad y 3) Un cambio de estrategia y rumbo, para superar precisamente el agotamiento de la fórmula y el discurso que la silenció, desde 1996 hasta 2001.

Afortunadamente, con muy buen criterio y mejor visión de futuro, las autoridades políticas y administrativas de la isla que la han apoyado, con el presidente Hipólito Mejía y su gobierno a la cabeza, dejaron las manos libres a Sara Hermann para que llevara a término un proyecto ambicioso por los decisivos y profundos cambios que esta 4ª Bienal suponía y supuso frente a las ediciones precedentes. Sería justo reconocer la meritoria labor personal, tanto de Porfirio Herrera, al frente de la misma en las ediciones anteriores, como de Marianne de Tolentino, hoy directora de la revista Cariforum, como principal consejera y estratega en la misma existencia de la bienal.

Pero ¿qué supone la recuperación de esta bienal? En primer lugar, pero no únicamente, la reunión cada dos años del arte de la zona en Santo Domingo, lo que implica un acceso de primera mano a la visión del arte contemporáneo de treinta países habitualmente excluidos, marginados, silenciados o de muy bajo perfil en la información de las revistas de mercado europeas y norteamericanas.

Por otra parte, y si la Bienal de La Habana, su vecina, es el resultado de la selección de artistas que un grupo calificado de curadores cubanos del Centro Wifredo Lam hace periódicamente de sus viajes exploratorios a África, Asia y Latinoamérica, principalmente, la Bienal del Caribe nos ofrece como alternativa su autorretrato, cóncavo y convexo, real, y en tiempo, de cada país de la zona específica del Gran Caribe, porque son los propios países los que seleccionan su representación, Guyana, Colombia y Venezuela, Centroamérica y México, además de todo el Caribe insular y, por primera vez este año, los "transterrados" de Miami, una innovación que finalmente considera la territorialidad del arte propiamente dicha, previamente planteada por Yasmín Ramírez.

No obstante, consolidar la bienal es más prioritario para la propia área que abrirla al resto de las Américas. En cualquier caso, la presencia de los "transterrados" y su indudable protagonismo en esta edición están en el camino que conviene a los intereses específicos de la bienal, a su independencia y singularidad. Por esa puerta falsa, más allá de las patrias, el arte de la zona encuentra su verdadero lugar, más allá del territorio fragmentario que lo sustenta, en su misma pluralidad identitaria. En este sentido, ignorar Miami (o incluso Nueva York) sería desde luego como ignorarse a sí mismo. Esta actitud coincide precisamente con las migraciones, como tema central de esta 4ª edición de la Bienal del Caribe, lo que refleja de un modo sobresaliente la avioneta fuera de concurso de Charles Juhasz (Puerto Rico), colgada en la entrada interior del museo, lo mismo que la obra del español Domingo Sánchez Blanco, en un corredor, también fuera de concurso, sobre la emigración dominicana en Madrid y la identidad múltiple. A su modo, también lo subraya el propio Darío Suro, a quien está dedicada esta 4ª edición y cuya exposición paralela fue curada por Laura Gil del MAM de Santo Domingo en el Centro Cultural Rodrigo de Bastidas, conjuntamente con Ricardo Ramón Jarne, director del Centro Cultural de España.

Desde luego, la representación por países, precisamente por su pluralidad y cantidad, tiene sus riesgos, especialmente ideológicos y temáticos. Pero teniendo en consideración la individualidad de las propuestas y la propia existencia de los premios, de alguna manera se corrigen y neutralizan los excesos en un sentido o en otro. Además, no parece que exista una alternativa más convincente a este sistema de representación oficial, para ofrecer la imagen propia de toda el área. En cualquier caso, el cambio de formato de una bienal exclusiva para la pintura, como han sido las tres ediciones anteriores, a una bienal abierta a cualquier herramienta expresiva, ha permitido la actualización del discurso de la bienal, previsible con la elección de Sara Hermann al frente de la misma, por su concepción más actualizada, abierta y profesional.

No obstante, la imposibilidad de que fueran tenidos en cuenta por el jurado los artistas presentes que participaron fuera o ajenos a cada representación oficial, como la exclusión involuntaria de la propia fotografía dominicana y otras intervenciones públicas y paralelas de la Bienal, son desajustes que deben ser corregidos porque atentan contra el propio cambio de formato recién inaugurado de la bienal. La mejor opción es permitir al jurado premiar las exposiciones paralelas, que han determinado el carácter ciertamente radical de esta convocatoria, al invadir tanto la Zona Colonial de la ciudad como algún barrio marginal (La Negreta de Santa Bárbara), lo que ha permitido que la bienal se articulara con la ciudad, al menos temporalmente.

Estos cambios de estrategia, acción y rumbo han provisto a la bienal de los elementos necesarios y adecuados para ser más competitiva y dinámica en el área, lo que contrastaba con la aparente tranquilidad de la delegación cubana, visiblemente satisfecha con los premios y también visiblemente contrariada con la desorganización de las conferencias (en las que participaron, entre otros, Yolanda Wood, Evelyne Jouanno, Alanna Lockward, Nelson Herrera Ysla, Haydeé Venegas, Ivonne Muñiz, Magda González y Marianne de Tolentino), y que sí se vieron muy afectadas por la suspensión de todos los actos, impuesta por el luto nacional y el consiguiente cambio improvisado de fechas.
Sin embargo, con rigor, habría que hablar de una bienal en transición, no tanto por sus expresiones y temáticas, sino por ser reflejo y pulso de la actualidad artística caribeña, ahora en nueva ebullición y renacimiento, de lo que puede servir de ejemplo en estos tiempos de zozobra no sólo la propia bienal, sino también el nacimiento de una nueva revista y de una nueva galería, a la par que la Bienal en la ciudad de Santo Domingo.

El jurado, del que formaban parte María Luz Cárdenas (Venezuela); Danilo de los Santos (República Dominicana); Nelson Herrera Ysla (Cuba); Annie Paul (Jamaica); Michele-Baj Strobel (Guadalupe); Alanna Heiss (Estados Unidos) y Haydeé Venegas (Puerto Rico), concedió las siguientes premios y menciones. Premio a países: Costa Rica, Cuba, República Dominicana; Menciones de honor: Patricia Belli (Nicaragua), Adriana Duque (Colombia), Ron Flu (Surinam), Prudence Lowell (Jamaica), Charo Oquet (Transterrados), Carlos Rivera Villafañe (Puerto Rico); Medallas de oro: Domingo Álvarez (Venezuela), Darío Escobar (Guatemala), Marcos Lora Read (República Dominicana), Yasser Mussa (Belice), Marielle Plaisir (Guadalupe) y Roberto Stephenson (Haití); Primer premio: René Peña (Cuba).
Sin entrar a valorar la opinión del jurado, discutible y discutida, las instalaciones comparten en esta edición el protagonismo con la fotografía. Entre las primeras se destacaron sin duda las torres y dibujos de Charo Oquet y los objetos o iconos deportivos de Darío Escobar, y entre las fotografías, las de René Peña, Robert Stephenson y Adriana Duque, y había otras magníficas obras que merecen destacarse, como es el caso de la del mexicano César Martínez, con una familia escultórica en cera (El esplendor del presente) a los pies del Museo, fuera de concurso, y la de Carlos Betancourt, con fotografías que exploran la corporeidad plástica y ritual del animismo. Lo mismo ocurre con los dibujos espléndidos de Kcho y las fotografías de Luis Gómez, como con las instalaciones de Mario Benjamin y Ana Rosa Rivera.

Y eso en cuanto a la sede oficial del museo. Sin embargo, buena parte de la bienal tuvo lugar, como he mencionado, en la Zona Colonial y en otros barrios periféricos y modernos de Santo Domingo: exposiciones paralelas, arte en el espacio público y performances, gran parte de las cuales fueron coordinadas por Paula Gómez Jorge, entre las que cabe destacar, del medio centenar de convocatorias que se sucedían por doquier, en primer lugar, las excelentes intervenciones públicas, enmarcadas bajo la denominación "Días hábiles", concebida y dirigida por Alanna Lockward, en la que participaron, Josefina Báez (Dominicanish), Nicolás Dumit Estévez (Papa móvil), César Martínez (Happening-performance-cena) y Orlando Menicucci (Honorarios al espíritu), con la documentación fotográfica de Miguel Gómez, en distintas localizaciones de la calle, etc., que consiguió articular ciertamente la bienal y la calle. Entre las exposiciones sobresalieron los vestidos de Vestial (Capilla de los Remedios), de la dominicana Raquel Paiewonski, las alegorías crudas, sofisticadas y migratorias de Raúl Recio (La nueva familia), en la Casa de Tostado y MIAMI Tierra Caliente (Centro Cultural Ecuatoriano Oswaldo Guayasamín) de Genaro Ambrosino y Charo Oquet, en las que intervinieron R. Behar y R. Marquardt, Carlos Betancourt, Carlos K. Brown, Westen Charles, William Cordova, Beatriz Monteavaro, Vickie Pierre y la propia Charo Oquet, con instalaciones, fotografías y dibujos transterrados y de fusión cultural.

Así mismo, habría que mencionar las exposiciones que tanto la Escuela de Arte Prats-Ventós como el Centro Cultural de España realizaron con motivo de la Bienal. La primera con Nuevas miradas: fotografía contemporánea dominicana, curada por Carlos Acero, y la segunda, con dos exposiciones, una sobresaliente de José Bedia, y otra extraordinaria, El arte y la fe en el vudú haitiano, una colección de objetos religiosos sorprendente tanto por su singularidad y riqueza artística como por su notable carga espiritual de la colección de la señora Marianne Lehmann. También cabe mencionar la muestra Proyecto Maletas que se exhibió en la Casa de Teatro.
Por último, mencionaré la obra en conjunto de países como Belice y Trinidad y Tobago, como la de los fotógrafos dominicanos Miriam Calzada, Andrés Ramírez y Polibio Díaz, que nos sorprendieron gratamente, y la de otros artistas que como Ricardo Benaim, Carlos Servando, Che Lovelace, Tony Capellán, Mónica Ferreras, Scherezade García, Quisqueya Henríquez, Milton Becerra, Pascal Meccariello y Tony Monsanto contribuyeron con su presencia y sus obras, entre muchos otros, aquí y allá, al merecido éxito de esta bienal.
* Fotos: León Birbragher.
ANTONIO ZAYA
Director de Atlántica. Editor y curador independiente. Girona, España.

