En dos segmentos está concebida la más reciente exposición de los hermanos artistas Iván y Yoan Capote en Galería Habana, bajo títulos que, en primera instancia, pudieran parecer divisorios, pero que en realidad enuncian el mismo tema: la disolución de los límites; una manera sutil de activar la suspicacia del público desde la propia distribución museográfica.
Ambos forman parte del proyecto Galería DUPP (Desde una pragmática pedagógica), que con la dirección del artista y profesor del Instituto Superior de Arte René Francisco Rodríguez, lleva a cabo acciones de intervención y performances desde una estética de lo precario. (Por cierto, Rodríguez recibió del Instituto de Arte de San Francisco, E.U, el título Honorary Doctorate of Fine Arts en mayo del 2001, por su labor pedagógica con este grupo). La muestra referida, aunque no usó el performance como tal, promovió una actitud performática a través de piezas que requerían la participación del espectador para su funcionamiento.

La hibridez nace allí donde el límite se indefine... nos dice Yoan en la postal de presentación de la muestra, frase que preside la intencionalidad de su propuesta, donde "juega" con las posibilidades del diseño para dar una visión otra de la realidad y su representación. Él hace énfasis en la sensoriedad de objetos y situaciones que, a su vez, son rediseñados por el artista en busca de nuevos significados, simbologías y connotaciones. Su actitud parece dirigida a un signo de la cultura contemporánea, donde los conceptos están reordenándose constantemente, dando lugar incluso a un status de indeterminación.
Yoan altera funciones y destinos originales para crear otros nuevos. En Lagrimal, por ejemplo, bebedero construido por el artista, que tiene en la parte superior una escultura al relieve de un rostro de mujer, nos convertimos en cómplices al pagar por tomar vino. El servicio está condicionado por la introducción de una moneda y el accionar de un botón, además del natural "acople" con el objeto para acomodarnos a beber. Esta sinestesia de la pieza provoca múltiples lecturas al ser usada por un público diverso. A la vez crea cierta culpabilidad porque el vino derramado remeda el llanto del personaje moviendo así el resultado hacia una tesitura ambigua, entre drama y placer.
Otra pieza sugerente es Protocolo, recreación de un salón concebido para la función que nombra la obra, con alfombra, dos sillas distantes, vacías, y mesa dispuesta. De fondo se escucha un ruido de multitud, pero domina un silencio intrínseco. No existe diálogo, un vacío inmenso gobierna el ambiente creado con estos muebles estructurados (patas y espaldar) a base de micrófonos. Se establece un rejuego interesante con ellos porque algunos quedan dispuestos de manera que parece que otra persona, ajena a una supuesta ceremonia, pudiera intervenir en el asunto. Los micrófonos constituyen el móvil de la obra pues sugieren el cuestionamiento de si lo privado modula lo público o a la inversa, o si es que acaso la tan aparentemente interconectada sociedad contemporánea genera en realidad incomunicación.
En Iván el discurso es más sobrio que sensorial, traducido en artefactos concebidos con movimiento pero de apariencia minimal, que buscan lo esencial en el mensaje al eludir la hojarasca morfológica y la narratividad. Tal efecto lo logra con la recreación de fenómenos y procesos naturales, históricos o sociales, como en Fluvial, cuando representa mecánicamente el principio heraclitiano de la vida con el flujo y reflujo del agua mediante una instalación conectada a una turbina eléctrica. O en Principio y fin, donde en una caja de madera dispone delimitadamente dos tipos diferentes de arena y en el centro de éstas un motor que las une estableciendo lo ambiguo y relativo de los términos que dan título a la obra. Posiblemente un comentario acerca de que en la vida todo es mezclado, nada es impoluto ciento por ciento.
También en la postal de presentación Iván nos dice: Nada permanece puro frente a la ósmosis a la que nos expone la sociedad contemporánea... declarando la "contaminación" fenomenológica a la que asistimos y para la que se crea su propia interpretación desprejuiciada, como en Historia, donde sobre un panel de acrílico coloca un motor eléctrico con un aspa encima. En uno de los extremos de ésta ubica un plumón, en el otro un borrador, cuando se enciende el motor el plumón dibuja la posible historia, y detrás el borrador va ocupándose de eliminar el trazo, estableciéndose un continuo ciclo de escritura-reescritura. Aquí lo efímero de los acontecimientos queda expresado de forma sutil pero enfática, una vez más a través de la economía de medios. Los artefactos de Iván respetan el concepto de "caja blanca minimalista", al usar estructuras geométricas, o cercanas a esta morfología, que reafirman su simplicidad expresiva, aspecto recalcado por la casi total ausencia de colores, pues su obra tiende a la monocromía. En esta pretensión el lenguaje resulta de fácil acceso y descongestionado de imágenes.
A pesar del sobrio discurso de Iván, sus artefactos transmiten una espectacularidad singular y a la par discreta, que hace de estas piezas una propuesta muy peculiar dentro del escenario plástico cubano, últimamente viciado por incursiones que abusan de un "estilo crítico" como garante de reconocimiento. Es su caso el del artista que se asegura de combinar ingenio y meditación para propiciar la empatía con el espectador.
Los hermanos Capote comentan sobre la hibridez causada por la aparente indefinición de límites en la actualidad, de la mezcla inevitable de contrarios en nuestra sociedad, marcada por intercambios de todo tipo. Ellos parecen convidarnos a reordenar nuestra propia fenomenología, sacando provecho del arte como terreno indulgente para reinventarnos, sin convenciones ni complejos, y lo han hecho en forma muy convincente.
AMALINA BOMNIN

