Exposición Individualabr 2002 - jun 2002· Por Collette Chattopadhyay

Enrique Martínez Celaya

Orange County Museum of Art

Con dramática floritura, la entrada a la exposición de Enrique Martínez Celaya estaba obstruida por una descomunal cabeza esculpida de color gris oscuro que anunciaba, metafóricamente, los temas de transición, pérdida y cambio que han sido fundamentales en la obra de este artista por más de una década. Con la presentación de unas 60 esculturas, pinturas, dibujos y fotografías en cuatro galerías, la exposición detallaba cronológicamente el desarrollo de Martínez Celaya desde principios de la década de 1990 hasta hoy. 

Aunque la pintura de figuras ha sido un punto central de su obra en años recientes, el salón de la entrada presentaba una serie de pinturas monocromáticas de su primera época, que a primera vista parecían abstractas. Con sus sobrias tonalidades que van desde el negro pizarra hasta el gris carbón, rojo oscuro y blanco transparente, estas imágenes utilizan el vacío físico para construir metáforas de silencio. Al observarlas más de cerca, se advierte que cada pintura contiene una o dos imágenes diminutas que son casi invisibles desde lejos. Al igual que las pinturas de Tàpies, que evocan muros garabateados con grafitos, estas firmes pinturas están adornadas con unos pocos motivos pequeños que aluden a la vez a los recuerdos y al silencio que unen y separan a los vivos de los muertos. 

Exposición Individual: Enrique Martínez Celaya — imagen 1
Enrique Martínez Celaya. Poesía intacta (Herman Melville), 1999. Óleo, tela y alquitrán sobre lino. 37,7 x 37,7 cm. (96 x 96 pulgadas).

Mientras esta sala presentaba obras de la primera mitad de la década, que emplean color, espacio y textura para construir narrativas de lucha y separación, en la segunda predominaban las de 1997 y 1998, que lidian con las inquietudes artísticas de representar la presencia figurativa y autenticidad en pinturas, fotografías y esculturas. Lo más fascinante eran las cabezas esculpidas en resina que aparecían debajo de una serie de estropeadas fotografías. En tanto que las fotografías enfatizaban los estragos del tiempo en imágenes de estatuas derruidas y edificios en escombros, las traslúcidas cabezas, en comparación, reflexionaban sobre la capacidad cultural y espiritual del alma humana antes de retornar al polvo. Colocadas en fila sobre almohadones de satén blanco, excepto una, las cinco esculturas tenían incrustados objetos encontrados que iban desde un colibrí plástico hasta polvo real, que configuraba la tragedia de la condición humana. 

El salón siguiente destacaba dibujos, pinturas y esculturas que aludían al tiempo, la memoria y la inmortalidad. Allí, en una obra titulada Unbroken Poetry (Herman Melville), un inmenso colibrí ribeteado en rosado fuerte permanecía en un espacio indeterminado. El hecho de que el pájaro no estuviera ni volando ni cayendo, sino más bien flotando en el aire, sugería la equívoca naturaleza de la vida, que aquí es recalcada con contradicciones de brea y encaje, energía y parálisis, ternura y violencia. 

En la última sala, el colibrí aparecía de nuevo pero, esta vez, pintado sobre una fotografía casi de tamaño natural de una silueta masculina oscurecida que está de pie frente a un mar luminoso. Si la figura observa un amanecer o un atardecer, es un asunto que permanece ambiguo. Sin embargo, en la parte de atrás de la cabeza de la figura, un pequeño colibrí blanco aparece con las alas totalmente levantadas y el cuerpo estirado, como si estuviera volando. Al igual que las otras obras ensambladas allí, esta imagen sondea el enigma de la existencia humana, afirmando no sólo la importancia y lo efímero de la vida, sino también su rareza y sueños de trascendencia.

COLLETTE CHATTOPADHYAY

Enrique Martínez Celaya, por Collette Chattopadhyay | artnexus