El centro cultural de la ciudad de Le Mans (L'ESPAL, a 250 kilómetros de París) presentó la primera retrospectiva organizada en Francia del artista argentino Eduardo Hoffmann. Fueron alrededor de 50 obras recientes (1998-2001), la mayoría de las cuales no había sido mostrada nunca, que evidencian la prolijidad expresiva, tanto física como mental, de un pintor para el que pintar es absolutamente vital. Precisamente en esta energía interior se pueden descifrar, o mejor dicho, desanudar los hilos de un entramado rico por la calidad de las texturas y las transparencias del color, así como por la sugestión de lo que no se dice en voz alta, pero que se halla inscrito en el fondo, en la memoria de las sensaciones y los sentimientos. Si se accede a las profundidades de la pintura de Eduardo Hoffmann se encuentra la proposición (inconfesada) de una filosofía existencial en la que la naturaleza y sus representaciones desencarnadas materializan los conceptos que asocian el impensable dúo poesía pictórica-filosofía formal.

Después de Markus Lupertz, Jean-Michel Basquiat, Jacques Villeglé y Valérie Favre, este lugar multidisciplinario (teatro, música, artes), que consagra una parte de sus actividades al arte contemporáneo (tres o cuatro exposiciones por año), ha sabido acoger el espíritu de las obras de este artista cuyo trabajo expresa siempre una intensa sensibilidad pictórica, en una escenografía concebida para servir la obra, articulándola en torno a varias "familias". La gran envergadura de la exposición permite entrar en una obra construida en torno al tiempo, su fragmentación y su fugacidad, pero también en torno a la permanencia de sus elementos. La sensibilidad de Eduardo Hoffmann es física y experimental cuando se trata de la naturaleza, la tierra, el agua, el fuego o el cielo. Su trabajo sobre la materia en tanto que huella, sello o rasguño no es una evocación nostálgica, sino más bien una manera de hacer posible que la mirada alcance, en el silencio de la evocación de las formas (o de su desaparición), la llegada de una sabiduría infinita.
Eduardo Hoffmann es el primer artista latinoamericano que expone en L'ESPAL. Quienes lo han seleccionado contribuyen a rechazar un cliché, puesto que la obra de este pintor no se adapta en modo alguno a las ideas preconcebidas de algunos responsables franceses del arte contemporáneo de América Latina y sus pseudo-características locales e identitarias. Al revés, nos encontramos ante un artista que habla de su personalidad profunda, sus afinidades, sus esperanzas y sueños. Estamos ante el yo más universal. Eduardo Hoffmann, en su filosofía de lo vacío y lo lleno, alcanza una dimensión más oriental que latina, más sagrada que ritual, en el sentido en que algunas de sus obras incluyen una forma de caligrafía orgánica o antropomórfica, mientras que otras evocan la fuerza de las mareas del japonés Hokusai. También hay obras que practican el ejercicio del juego de espacios que los artistas chinos han cultivado tradicionalmente durante siglos a través de un paisaje espiritual, mental y metafísico. ¿Qué nos dice el historiador francés Auguste Bercque en la introducción de su libro Las razones del paisaje? : "Existe una diferencia esencial entre las dos acepciones de la palabra "paisaje". En la primera, la del paisaje a escala natural, se trata de una realidad de primer grado, tal como aparece ante nuestros sentidos. Pero en la segunda acepción, el paisaje es una imagen, una representación de las cosas en su ausencia".
Esta última definición se aplica a la densidad sensible y conceptual de los "paisajes" o las cosmogonías de Hoffmann, donde se trata de captar las líneas de fuerza por esquematización y no de buscar el perfil banal de las cosas que lo rodean. De esta manera, se puede comprender su pintura, a la manera de una madeja o tejido de relaciones y correspondencias que el artista establece con el mundo que ve, el de la percepción y el del sueño. En el espíritu donde se unen el trazo y la forma "porque el mundo que nos rodea entra en resonancia y las representaciones del paisaje pueden multiplicar sus propias correspondencias".
CHRISTINE FRÉROT
