Concurso latinoamericano de pintura Enersis

Arturo Duelos. Ars Magna Lucis et Umbrae, 2001. Acrílico, tinta y óleo sobre tela. 130 x 170 cm ( 51 x 67 pulgadas

Colectivaabr 2002 - jun 2002· Por María Elvira Iriarte

Concurso latinoamericano de pintura Enersis

Museo de Bellas Artes

Por segundo año consecutivo, la empresa española Enersis convocó en Santiago de Chile un concurso de pintura. En el año 2000, los invitados fueron 35 artistas chilenos. Para la versión más reciente, los organizadores decidieron ampliar la convocatoria a pintores de los cinco países latinoamericanos en los que la empresa tiene intereses económicos: Argentina, Brasil, Colombia y Perú, además de Chile. 

Con la experiencia de la primera versión del concurso, las consultoras culturales Aurora Balart y Elena Marinovic, ABS Gestión Artística y Cultural, se encargaron de toda la organización. Valga destacar la excelente labor cumplida en los muy variados frentes que supone una convocatoria de esta índole. Ellas viajaron personalmente a los cuatro países fuera de Chile, contactaron a curadores y artistas y eligieron a sus invitados, teniendo en cuenta la opinión de autorizadas personalidades locales. Para Chile, escogieron nombres que no habían participado en el concurso anterior. 

Como propósito, las organizadoras buscaron reunir un amplio panorama de la pintura que se hace actualmente en los varios países, sin encasillarse en un estilo, tendencia o dirección particular. En septiembre, todos los artistas no chilenos fueron invitados por tres días a Santiago, la sede del concurso. Tuvieron oportunidad de reunirse entre ellos, encontrar a sus pares chilenos y conocer algo de la ciudad. Este encuentro representó uno de los elementos más destacables del concurso Enersis: se invitó a los creadores, y no sólo se recibieron sus obras, en forma más o menos anónima, como sucede en casi todos los concursos de arte. Resulta lícito decir que Enersis organizó un simpático simposio de artistas, dándole un sello distintivo a su convocatoria. 

Además de la invitación a la capital chilena, el concurso ofreció tres premios bien dotados y un estipendio nominal por la adquisición de todas las obras, que pasan a formar parte de la colección de la empresa patrocinadora. El público de Santiago ha podido apreciar el conjunto de pinturas expuestas en el Museo de Bellas Artes desde finales de noviembre hasta el mes de enero de 2002. La intención es mostrarlas también en los otros países. Un excelente catálogo acompaña la muestra. 

Colectiva: Concurso latinoamericano de pintura Enersis — imagen 1
Bruno Zeppelli. Sin título, 2001. Óleo sobre tela. 130 x 170 cm. (51 x 67 pulgadas).

Un jurado internacional se encargó de la difícil tarea de adjudicar los premios. La frase precedente no es muletilla o frase de cajón. Resulta realmente difícil establecer parámetros de juicio que sean pertinentes a todo un conjunto de obras tan dispares como las enviadas al concurso. El jurado estuvo presidido por el profesor Milan Ivelich, director del Museo de Bellas Artes de Santiago. Los demás miembros fueron Lisbeth Rebollo, presidenta de la Asociación de Críticos de Arte de Brasil; Jorge Glusberg, director del Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina; Pedro Gjurinovic, director del Museo Pedro de Osma, Lima, y Germán Rubiano Caballero, profesor, historiador y crítico colombiano. A los especialistas se sumaron dos altos ejecutivos de Enersis. 

Cada artista participó con una obra, creada específicamente para el evento. No estaban determinados los materiales o técnicas de trabajo, pero sí el formato de 1.30 x 1.70 m. No existió en esta versión del concurso un límite de edad para los invitados. De manera que encontramos artistas muy mayores, como la artista chilena Matilde Pérez (1920) y jóvenes principiantes, como Johanna Calle (1965), colombiana. Una elección riesgosa que confronta trayectorias ampliamente probadas y conocidas con los primeros pasos de artistas que inician su vida profesional. En su conjunto, los grupos nacionales más homogéneos, y los menores, fueron los de Colombia y Perú. El mayor, el grupo argentino. 

Del Brasil fueron invitados siete artistas, dos más en relación con el número de los demás países. Esto, en atención a la inmensidad del territorio brasileño y la riqueza de sus manifestaciones artísticas. De cualquier manera, sería utópico pensar que cinco pintores puedan dar cuenta de la realidad plástica de un país. Si en muchas áreas de la actividad humana los nacionalismos parecen cosa del pasado, en el campo de la expresión artística el fenómeno de globalización es agudo. Vale, cada vez más, lo que cada creador tenga que decir, no de dónde provenga o en dónde trabaje. Los contenidos de las obras lo dicen en forma clarísima: la res muerta de Altamirano, chileno, bien podría haber sido trabajada por un belga o un canadiense. Nada indica su pertenencia a un determinado territorio nacional. 

El concurso propuso un tema: "Energía y vida", "... tan lleno de posibilidades e implicancias", según las palabras de don Alfredo Llorente Legaz, presidente de Enersis. Es usual que este tipo de marco teórico sea más o menos obviado por los artistas convocados. Lo extraño es que alguno lo acate al pie de la letra. Este concurso no aportó ninguna novedad al respecto. El maestro José Balmes trabajó su tela con la inclusión de cable eléctrico y bobinas cerámicas de aislamiento, pero en realidad ninguno de los artistas se limitó al marco sugerido por el título del concurso. Cabe preguntarse si se justifica buscar un moto, a sabiendas de que será ignorado. 

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Carlos Vergara. Calor, 2001. Técnica mixta. 130 x 170 cm. (51 x 67 pulgadas).

Los premios recayeron en las obras de Arturo Duclos (Chile), Bruno Zeppelli (Perú) y Carlos Vergara (Brasil). El jurado también destacó con siete menciones honrosas las participaciones de Maricruz Arribas, Carlos Altamirano, Margarita Gutiérrez, Eduardo Médici, Thomaz Lanelli, Matilde Pérez y Gustavo Zalamea. La Corporación de Amigos del Arte otorgó otras dos menciones a Matilde Pérez y Juan Antonio González. 

Comento ahora algunas obras concursantes, comenzando por los premios. 

El trabajo de Arturo Duclos, titulado Ars Magna Lucis et Umbrae encuadra perfectamente en la simbología y recursos que viene utilizando el artista desde hace tiempo: huesos, fuego, textos. "Mi propuesta indaga sobre metáforas de índole material y espiritual relativas al contrapunto energía y vida"1. Sobre un fondo azul, demarcado por un perímetro rojo ladrillo, e intervenido con pequeñas manchas negras, violetas y doradas, se ubican varios campos que constituyen imágenes superpuestas. El fondo es plano y espacio en forma simultánea. Siguiendo la horizontal de las márgenes superior e inferior, dos grecas ornamentales rectas, de carácter arquitectónico y lenguaje vegetal, demarcan varios campos visuales. A ambos lados y con un sentido especular, dos rectángulos claros albergan sendas columnas vertebrales vistas de perfil y dos textos. Si las grecas contienen los rectángulos claros, los textos parecen contener las estructuras óseas. Duclos juega con estas imágenes buscando un precario equilibrio entre lo antropomorfo y lo zoomorfo. Al centro de la pintura queda determinado un espacio cercano al cuadrado; en él arde una silla "de estilo" (las llamas, que recuerdan a los infiernos de la pintura primitivista, se resuelven en textos). Abajo, tres manos dibujadas en línea blanca sostienen respectivamente una flor, un rosario oriental y un caracol. Por su morfología, recuerdan imágenes de Buda. En diagonal a las manos, en la parte superior, se ubican el título de la obra, el nombre del pintor y la fecha de ejecución, como texto que rodea un círculo en cual aparece un pequeño pajarito rojo. 

La obra del chileno es tremendamente compleja. Todos los elementos utilizados proponen varios niveles de lectura e interpretación. Hay alusiones más o menos claras al período medieval, al siglo XVII holandés, desde luego al dibujo preciosista utilizado tanto por los arquitectos como por los científicos naturalistas. La multiplicidad de textos incluidos, en inglés y latín, funciona más como apoyo gráfico a las imágenes que como contenido propiamente idiomático. El cuadro evidencia una poesía contemporánea, inquietante y críptica. Tal vez la clave esté en el contrapunto propuesto por el mismo artista. 

El segundo premio se adjudicó a la pintura de Bruno Zeppelli. Dos personajes ocupan casi el total de la superficie del lienzo pintado. Uno, oscuro, aparece reclinado, apoyado sobre el brazo derecho y semicubierto por un paño apenas más claro. Hace pensar en una figura de la antigüedad clásica o de los sepulcros etruscos. Los rasgos del rostro, los detalles de la mano cerrada que apuntala la figura, los pliegues del paño se definen por medio de trazos claros. Sobre él se inclina otra figura, agachada, vestida por una túnica corta. Es más clara que la anterior, pero también gris. El ámbito es gris, salvo un rectángulo en perspectiva que señala el agua mediante estrías curvas de amarillo y naranja. Sirve como apoyo a los personajes que parecen sumergirse un poco en ese medio, como alguien que se remoja los pies en un día caluroso. La figura clara mira a su compañero como interrogándolo. El pintor habla de personajes femenino y masculino, pero sus figuras resultan totalmente ambiguas. Una pintura relativamente simple que tiene el tremendo defecto de estar demasiado cerca de la obra de esa gran artista peruana que fuera Tilsa Tsuchiya. Sin la carga onírica que la caracterizaba. 

El tercer premio se entregó a Carlos Vergara por su obra Calor. "Fuego, elemento transformador. Tierra, elemento estable. La pintura representa su constitución. Ella no representa, ella es"2. La obra es una pintura abstracta trabajada laboriosamente —técnica mixta, desde luego— que maneja un ordenamiento en horizontales. Grises, terracotas, azul seco. De las diez pinturas que se podrían calificar como abstractas, ésta de Vergara tiene un sello bien peculiar. Se mueve con agilidad entre lo plano y lo profundo. La forma oblonga de color ocre intenso sugiere una pista de circo, o la superficie de un caldero de fundición, espejismos que naturalmente se deshacen no bien miramos las veladuras de la parte inferior del trabajo. Hay un cierto nexo con Rauschenberg en la manipulación de sugerencias figurativas que se combinan con hechos exclusivamente pictóricos, como los brochazos azules de todo el área superior, o su doble, en negativo, en la zona intermedia. 

Entre los trabajos destacados con menciones honrosas, me parecen rescatables los de Margarita Gutiérrez y Gustavo Zalamea, ambos colombianos. La primera buscó una composición abstracta concordante con su trayectoria aunque también innovadora. Una cuadrícula que se desprende del centro de la tela ejerce de motif sobre un plano gris azul surcado por líneas curvas claras. Las líneas conforman una especie de enrejado, apuntalado cada tanto con un minúsculo punto rojo. Hay una composición rigurosa que transparenta bajo una aparente informalidad. El color está severamente controlado. 

El trabajo de Zalamea es más un collage que una pintura, aunque el espectador se enfrente a una superficie visualmente plana. Cito al artista: "Campo de energía remite al nacimiento del mundo, al origen de la vida. La irrupción de la energía se materializa en una pintura de trama densa y monocromática, realizada con materias esenciales: semillas... y resistencias (eléctricas)...3. Con este trabajo (quizá también con otros que no conozco), Zalamea rompe radicalmente con la figuración imaginativa y fantasiosa que lo caracterizaba. Nada de ballenas en la Plaza de Bolívar, la plaza mayor de Bogotá. La obra del concurso está más cercana, en apariencia, a la gestualidad de la escuela de Nueva York. o al informalismo europeo. Digo en apariencia porque su realización corresponde en realidad a una laboriosísima tarea de amalgamar y pegar sus materiales, consiguiendo mínimos ritmos que mueven la superficie a la manera de un plasma primario. No hay aquí el registro de un gesto. Hay un proceso semejante al lento depositarse de la materia que va constituyendo los fósiles. Conceptualmente, la obra del colombiano es la que más respeta el tema del concurso. 

Otras obras meritorias, no merecedoras de especiales distinciones por parte del jurado, fueron Victoria y rayo, de Juan Lecuona, y Mecánica do precario, de Emmanuel Nassar. La primera combina recursos pictóricos y gráficos en una superficie que se ordena a la manera de un tríptico. La "victoria" despliega sus alas negras sobre los costados y aparece acribillada por dos rayos azul intenso. Nassar emplea un lenguaje emparentado sutilmente con el surrealismo de Picabia. Un leve mecanismo, especie de polea apenas visible, pintada con un trazo blanco, se apoya sobre un soporte vertical, la exacta mediana de la tela, que comienza a arder. El todo sobre un fondo azul intenso, plano. 

Termino esta reseña con una dedicatoria de homenaje al artista brasileño Thomaz Lanelli, quien lamentablemente falleciera antes de que la exposición del Concurso Latinoamericano de Pintura Enersis 2001 fuera abierta al público. Las cometas que elevan los niños que él pintó guardarán su memoria. 

Los artistas participantes en el concurso fueron: Argentina: Juan Lecuona, Luis Felipe Noé, Eduardo Médici, Oscar Smoje y Luis Wells. Brasil: Mario Camargo, Fabio Cardoso, Eduardo Eloy, Thomaz Ianelli, Emmanuel Nassar, Helio Rola y Carlos Vergara. Colombia: Johanna Calle, José Antonio González, Margarita Gutiérrez, Beltrán Obregón y Gustavo Zalamea. Chile: Carlos Altamirano, José Balmes, Arturo Duclos, Rodolfo Opazo y Matilde Pérez Perú: Maricruz Arribas, Alicia Cabieses, Hernán Pazos, Eduardo Tokeshi y Bruno Zeppelli. 

NOTAS 

1. Arturo Duclos, catálogo del concurso, p. 8. 

2. Carlos Vergara, p. 12. 

3. Gustavo Zalamea, p. 39.

MARÍA ELVIRA IRIARTE

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