En el corazón del centro histórico de la ciudad de México, dentro del ex Palacio del Arzobispado, a unas decenas de metros del Palacio Nacional, la Catedral Metropolitana y a espaldas del prehispánico Templo Mayor, se encuentra una de las muestras más relevantes de la última etapa de trabajo de Carlos Aguirre (Acapulco, Guerrero, México, 1948).
Se trata de Obsolescencia programada. Una buena parte de las piezas encierra la contradicción del equilibrio contra la tensión. Muchas de ellas han sido realizadas en delicados soportes que tienden a debilitarse por el peso constante y ceder ante las leyes de la gravedad, lo que podría ocasionar que, metafóricamente, cayeran sobre los espectadores.
Sin embargo, lo que sí cae sobre ellos, y no de manera ficticia sino con todo su peso simbólico, son algunas de las propuestas que Carlos Aguirre lanza en los terrenos de la ecología, la política, el manejo de la información e incluso en el campo de lo social.

Al ser uno de los dibujantes de mayor exigencia, Aguirre ha conservado esta disciplina para dar cuerpo a sus piezas que, antes de ocupar un espacio físico, van delineándose escrupulosamente, detalle a detalle, en sus cuadernos de trabajo. Hace un par de décadas, el dibujo de Carlos Aguirre, que era combinado con cuidadosas obras gráficas intervenidas directamente, fue uno de sus baluartes. En la actualidad, y con esa maestría en su haber, piezas de corte netamente objetual (conceptual y temáticamente) ven sus primeras horas de vida en el papel.
Durante mucho tiempo en la producción de obra gráfica, Carlos Aguirre trabajó utilizando un cuidadoso diseño de transferencia de imágenes que evitaba dañar los libros de los que se extraían láminas y textos que luego habitaban sus piezas. "(A los libros) los respetaba, pero ahora en esta nueva etapa, creo que muchos de ellos son prescindibles. Prefiero a los árboles", ha dicho, y no sin el demérito de poner en tela de juicio las obras editoriales que otrora fueron herramientas indispensables en la formación de generaciones pasadas, como sus voluminosas enciclopedias de infancia y juventud de las que ahora echa mano para crear su obra.
Este cuestionamiento directo a las adustas piezas editoriales va más en el sentido no sólo de su anticuado valor como fuente informativa confrontada ante herramientas como internet o los ágiles y exhaustivos compendios temáticos que entran completos en un CD-ROM, sino que aborda también la obsolescencia de estas obras incluso como piezas editoriales que, ya se ve a los años por lo que de ellas se deriva, no son en estricto obras culturales, en tanto que enormes parapetos de jugosos negocios de impresores.
De ahí que buena parte de la exposición esté dedicada a los libros pero vistos bajo la óptica del objeto desmembrado y desarticulado. Los ejemplares han sido seccionados, perforados, reubicados, extendidos, abiertos en forma de flor o dispuestos como una escalera. Y todos son libros que ahora, desde sus nuevas posturas, nos dicen otra cosa, plásticamente significan de manera distinta aunque esencialmente sigan siendo libros ya de contenidos alterados y mutilados.
La trayectoria de este creador se ha separado en los últimos años de lo producido en el pasado. Él mismo considera imprescindible una renovación cíclica: "Me he obligado a cambiar. No puedes ser artista si no haces un cambio conceptual radical importante. Les pasa a muchos artistas que se repiten supuestamente investigando, pero más bien parece que se hacen tarugos porque presentan siempre las mismas cosas".
Aguirre se ha hecho siempre planteamientos abiertamente radicales. Revisando su trayectoria, puede verse que transcurren apenas entre tres y cinco años para detectar un evidente cambio en sus propuestas plásticas. Si en otros años fueron las figuras de Emiliano Zapata, las cuidadas obras gráficas, la referencia histórica directa y la veneración hacia los libros con los que trabajaba, hoy están, aunque en otra tesitura, el metal, la madera, los huesos humanos y hasta las cartas de donantes de sus propias cenizas mortuorias. Esta última es, sin rodeos, una pieza capital de Obsolescencia programada.
Se trata de un abordaje conceptual sobre el asunto de la muerte que va mucho más allá de la obra de otros creadores mexicanos que han abordado este tema tales, Arturo Rivera, Alejandro Montoya, Teresa Margolles, en lo individual, e incluso dentro del conocido (y controvertido) Grupo SEMEFO. El caso de la pieza de Aguirre llega más lejos.
Pidió a varias personas cercanas a él la donación de las cenizas fúnebres de sus cuerpos una vez incinerados para utilizarlas en una obra plástica de su autoría. Accedieron a esta singular solicitud la escritora Carmen Boullosa, el empresario Bruno Newman y María Isabel Laza. En ellas, certificado ante un notario público y firmadas además por dos testigos, estas tres personas otorgaron por separado a Carlos Aguirre la titularidad de sus cenizas por un periodo de tres años a partir de la fecha de la firma del acuerdo (en los tres casos dicho plazo ya venció y los tres personajes, al cierre de este texto, continúan con vida).
Aunque una de las piezas está facturada con huesos humanos y partículas (no se especifica materia), suspendidas, esta obra adquiere un carácter evocativo en tanto que los restos humanos, en este caso fémures, entrañan junto con los cráneos, uno de los lugares comunes más divulgados del simbolismo mortuorio del ser humano.
Y junto con el trastocamiento de la muerte está también la delación de los desastres ecológicos causados por el hombre. Madera y hachas es una pieza representativa en esta vertiente: un tronco cortado, cepillado, liso en sus contornos, tiene clavadas en diferentes partes hachas cuyo mango es una rama de árbol no pulida. Ellas, las que siempre son lisas y tersas cuando se les ha industrializado, ahora son agrestes y ordinarias. Los papeles invertidos ironizan sobre una idílica naturaleza que ahora parecería tomar venganza.
Respecto a la crítica realizada sobre los medios masivos de comunicación, hay una pieza hecha con recortes de encabezados de periódicos sensacionalistas (por lo general vespertinos), de la ciudad de México. Las palabras seleccionadas, como "¡Gracias!", "Charros", "¡Bastardos!", "Justicia", "Orgullo", "Esperanza", "Tensión", "Temor", "Murió", etcétera, están suspendidas de alambres que las presentan todas en la misma alineación, unas junto a otras. Sin duda, estas palabras, hoy descontextualizadas, son más fuertes ahora que cuando salieron a la luz como parte de una noticia amarillista. Esto evidencia la manipulación y el manoseo que los medios de comunicación hacen del lenguaje.
Para una próxima presentación en Nueva York, Carlos Aguirre prepara una pieza similar realizada con encabezados fundamentalmente de las revistas TIME y Newsweek, en las que se da cuenta de los acontecimientos del 11 de septiembre en esa ciudad, encabezados que, a decir del propio Aguirre y al margen de la envergadura de los hechos, llaman más a la risa que a una reflexión inteligente que ponga en su justa medida las palabras utilizadas para vender miles de ejemplares de estas publicaciones.
Artista de 54 años, padre de Carlos Amorales, quien es considerado uno de los más connotados creadores jóvenes del escenario mexicano, Aguirre considera que las generaciones de artistas emergentes se encuentran trabajando muy íntimamente con las ideologías pero sin cuestionarlas, lo que marca una abismal diferencia con la actitud que tomó en su momento la generación a la que pertenece. Los jóvenes, dice, no hacen "análisis de contenidos. Ésa es una ventaja mía y de mi generación con respecto a los jóvenes en este rubro. No se han metido a hacer un análisis político. Juegan con la ideología pero no la cuestionan".
No sin humor refiere que cuando era un joven artista de 25 años, se sentía altamente honrado cuando lo invitaban a exponer junto a creadores que en ese momento estaban en sus cincuentas, pero que ahora, a sus cincuenta y cuatro, se siente altamente privilegiado cuando lo invitan a exponer los jóvenes que hoy tienen 25.
La exposición Obsolescencia programada termina con una pieza bucólica y llena de romanticismo. Se trata de árboles cortados cuya forma ha sido puesta sobre un muro a manera de sombra. Cada árbol se hizo con el polvo que cayó de los libros durante su proceso de corte para otras obras. El binomio ausencia/presencia da un vuelco para convertirse en una apasionada denuncia de uno de los más graves problemas ecológicos mundiales: la deforestación. Y se sigue de largo para señalar igualmente la desmedida producción de libros basura, llenos de palabras gastadas, alejados, ya lo hemos visto, de lo que culturalmente debería ser la existencia de un libro como objeto de prolongación del pensamiento.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS
