Sin duda alguna parece extraño ver aparecer de nuevo un retrato de Frida Kahlo en la obra de un pintor mexicano. Podría interpretarse como un guiño descarado a un mercado obsesionado con la famosa artista-diva ícono, pero en la obra de Arturo Elizondo, tanto Kahlo como Tina Modotti, y otras personalizadas altamente cotizadas que han llegado a encarnar la identidad mexicana ante los ojos de los foráneos, aparecen como parte de una búsqueda personal, como un ejercicio en busca del alma y una lucha por definirse a sí mismo. En sus pinturas, estas referencias culturales y nacionales no se emplean como evocaciones festivas ni reverentes, ni tienen el propósito de provocar nostalgia; más bien, son un intento por revelar conexiones insospechadas y establecer lazos culturales entre el pasado y el presente, más similares a la forma como un poeta manipula el lenguaje y las ideas que al cinismo característico del arte postmodernista. Ésta es la diferencia más importante entre la obra de Elizondo y las pinturas de principios de la década de 1980 de David Salle, Julián Schnabel o, incluso, Julio Galán. En un sentido, estas celebridades del panteón mexicano son utilizadas como materiales maleables, estratagemas cuya finalidad es provocar respuestas emocionales en el espectador. Emulando una perspectiva antropológica, Elizondo reconstruye el tiempo mediante el examen y descontextualización de sus sujetos y el estudio de sus artefactos culturales. Para explorar más esta analogía, Elizondo saquea publicaciones de antropología en búsqueda de imágenes de nativos y aborígenes para incorporarlas a su obra y exponer el a menudo deshumanizante y en general pseudocientífico punto de vista occidental acerca de los menos desarrollados, los salvajes, los otros, autrui. Al mismo tiempo, estas imágenes son empleadas para reflexionar sobre los aspectos económicos y sociales de la globalización, no en términos de la diversidad de la cultura global, sino en relación con el dominio de una cultura sobre todo lo demás.

Arturo Elizondo es un artista que todavía considera que la pintura es su vida. Por más de una década ha resistido la tentación de seguir tendencias artísticas y de incorporar video, instalación o cualquier otro medio a su obra. Se ha mantenido fiel a su pasión por la pintura. No obstante, la tentación de explorar otros lenguajes y formas de expresión está ahí, entonces, en lugar de simplemente dejar sus pinceles o reemplazar sus lienzos por monitores, Elizondo decidió que era tiempo de volver a visitar a Marcel Duchamp, el artista a quien él considera el fundador de la mayoría de lo que consideramos hoy como vanguardia. El resultado de esta investigación, una verdadera investigación pictórica y filosófica, es su exposición más reciente: À mon ami Duchamp, una serie de ocho pinturas y nueve dibujos que tratan de la usual mezcla de íconos e imágenes retro que se han convertido en la marca registrada de Elizondo, pero con la presencia obsesiva de Duchamp y su legado. Arturo Elizondo intenta reescribir o reinterpretar la historia mediante la mezcla, incorporación y reconfiguración de una variedad de imágenes. En su nueva exposición, Elizondo utiliza una vez más referencias a fotógrafos mexicanos populares, provinciales, del siglo XIX, como Romualdo García, así como a una variedad de imágenes y retratos surrealistas y dadaístas de algunas de las principales personalidades de estos movimientos, como Aragón, Buñuel, Tanguy, Man Ray y Magritte. Elizondo trabaja sus lienzos en diferentes niveles: el fondo, en el cual tiende a fusionar imágenes con texturas densamente pintadas, tiene por lo general una cualidad abstracta. Sobre esa superficie pinta personajes y objetos y establece una especie de diálogo entre elementos contrastantes. En este caso particular, el artista se reapropia de los objetos reapropiados que Duchamp transformó en arte y los convierte en personajes. Las composiciones con elementos que están excesivamente cargados de significados crean en sus pinturas una especie de narrativa abierta en la cual el espectador es invitado a leer un cuento.
En algunas pinturas, como Xocolatl Negra, crea una cierta contradicción tensa entre las pinturas de santos, madonas y Cristos en el fondo y la sensualidad de dos mujeres al frente (la dualidad: inocencia/desafío). La obra de Elizondo es, en un sentido, extremadamente literal, entonces, en este cuadro, el fondo religioso y mitológico para sus imágenes es, en efecto, una colección de pinturas religiosas. En el centro de esta obra, la imagen de Chocolate Grinder de Duchamp se superpone a La muerte Catrina de Posada, en una extraña y ambigua referencia al sexo, con el chocolate como el afrodisíaco y la muerte como un femenino y seductor esqueleto. Elizondo explora aquí la relación entre sexo y religión, en particular los aspectos más blasfemos y desviados del catolicismo mexicano, debido a su influencia precolombina. El artista parece repugnado y fascinado, divertido y cansado de las embelesadas imágenes de devoción que se han convertido, en años recientes, en un cliché explotado en exceso. Los niños han sido una imagen familiar en la obra de Elizondo. Representan para él "un mundo de sueños perdido", como le dijo al crítico de arte Christian Viveros-Fauné, pero también implican un mundo de descubrimiento, asombro, adaptabilidad, inocencia y sorpresa. "Los niños perciben la realidad en una forma en la que los adultos no pueden hacerlo", me explicó. Probablemente lo que Elizondo está buscando es poseer esas cualidades, no ajenas para Duchamp, emplearlas en su aproximación a la creación y, en particular, explorar el extraño y caótico mundo de las artes del siglo XXI a través de los ojos de un niño.
NAIEF YEHYA
