Exposición Individualabr 2002 - jun 2002· Por Christine Frérot

Anabell Guerrero

Lina Davidov Galerie

El trabajo fotográfico de Anabell Guerrero se desarrolla a partir de dos registros opuestos y complementarios que tienen que ver tanto con la esfera íntima como con la dimensión colectiva y social. Nacida en Caracas, la artista decide consagrarse exclusivamente a la fotografía después de estudiar Economía y Ciencias políticas. Se radica en París desde 1986. 

Sus trabajos anteriores abordan ampliamente la dimensión de lo íntimo y lo oculto, a lo largo de los secretos inagotables que, según ella, el ser humano (y su desnudez) ofrecen, en tanto que tema de investigación individual y colectivo. La fotógrafa confirma su inextinguible deseo de contar el verdadero paisaje exterior, pero también interior, que es el desnudo: Anatomía de los sueños de 1986 (retratos y desnudos femeninos), un estudio de desnudos masculinos llamado Una cierta ausencia, realizado en 1987, o su trabajo Últimos limbos, desarrollado durante varios años (1987-1992). Cuando su sensibilidad no se expresa en los meandros y las luces infinitas del cuerpo, se filtra discretamente en retratos, como los realizados para el Parlamento Internacional de Escritores. En 1992, realiza una investigación visual sobre los lugares del descubrimiento de América (Américas inencontrables), antes de emprender en 1997 dos series consagradas al tema de la muerte (Duelo de aves y Mortajas), seguidas el mismo año por Los refugiados y Los desplazados. 

Exposición Individual: Anabell Guerrero — imagen 1
Anabell Guerrero. Mujer guajira, 2000. Foto sobre aluminio. 240 x 60 cm. (94 ¼ x 23 ¾ pulgadas).

En 1998 inicia un trabajo sobre los indios Wayú que viven en la península semidesértica situada entre Venezuela y Colombia. Este trabajo, que se inscribe en su investigación "americana" iniciada en 1994 en un pueblo de pescadores de la isla Margarita (Venezuela), dio nacimiento a la serie Trópicos-Tropismos. 

La última serie que presenta ahora sobre Las mujeres indias de La Guajira (frontera entre Venezuela y Colombia) está conformada por 18 obras verticales en blanco y negro, de gran formato (2 m 40 x 0 m 60). Con esta exposición parisina, antecedida por una exposición en la célebre Galería Municipal de Château d'Eau en Toulouse que se dedica (bajo la dirección de Michel Dieuzaide) a la fotografía contemporánea internacional, las fotografías de Anabell Guerrero muestran de nuevo, en una vena que va más allá de la antropología visual, la fineza de su mirada sobre un sujeto que la conmueve cultural y humanamente. Su mirada no es la de quien examina o interroga con el objetivo de hacer una constatación y testimoniar, sino la de quien comparte y comunica en una distancia cómplice, llena de emoción y respeto. Como epígrafe de la exposición figura una frase del dramaturgo francés Jean Genêt, que, escogida por la artista, aclara el sentido de su búsqueda: "Proteger todas las imágenes del lenguaje y usarlas, porque se hallan en el desierto, adonde tenemos que ir a buscarlas". 

Estos retratos de mujeres son los de la resistencia de una sociedad camino a su desaparición. "Acorralada entre los narcotraficantes y el desempleo endémico, esta sociedad singular intenta resistir oponiendo a estos dos flagelos la fuerza de una cultura que quiere mantener su identidad. Esencialmente son las mujeres las que libran esta batalla. Ellas representan a la vez el fundamento de la familia, la memoria de las tradiciones y la garantía contra la división de los clanes, que siempre amenaza con resurgir", escribe M. Dieuzaide. Todos los retratos son frontales, mujeres de pie, vestidas con ropas largas y abigarradas. Todos los rostros, muy arrugados, fuertemente marcados o más jóvenes, expresan una forma grave de nobleza. A veces el esbozo de una sonrisa parece animar una mirada perdida en la nostalgia o el lamento. En cualquier caso, su fuerza tranquila nos interpela, imponiéndosenos en la emoción. 

La fragmentación de la imagen por la que la fotógrafa ha optado conceptual y estilísticamente, alargando la silueta, logra reforzar lo que manifiesta esta presencia sólida e inamovible. La repetición de ciertos planos (detalles) amontonados unos sobre otros, alarga el cuerpo de manera desmesurada, otorgando a estos retratos, a la manera de íconos o tótems femeninos, una identidad multiplicada, metáfora del matriarcado forzado que, sin embargo, evidencia una fuerza vital indestructible. 

Dar testimonio en el terreno y estetizar la realidad más sombría (como lo hace de manera magnífica Sebastião Salgado, aunque a veces su trabajo sea discutible, justamente a causa del exceso de estetismo) tomándola como soporte de un mensaje a la vez conceptual y plástico, utilizándola como justificación social y personal, es algo que el artista puede lograr en su trabajo y volverse así un testigo esencial. Pero no todas las maneras lo hacen posible. Cuando uno vive y comparte una situación, una pasión o una obsesión (como es el caso de la fotógrafa norteamericana Nan Goldin, en un registro por completo diferente) y que uno no es observador sino actor, la fotografía queda transfigurada por esta distancia cercana pero además se transforma también la mirada del espectador. La distancia entre el observador y las imágenes que se le ofrecen queda borrada por la vivencia del fotógrafo que se transporta en lo que la fotografía tiene de justo en el momento escogido. 

Esto es exactamente lo que nos enseñan las fotografías de mujeres de La Guajira de Anabell Guerrero. Sus rostros, sus ojos, sus manos y a veces sus pies tienen una presencia justa. Con un discurso que intenta captar el presente, en su densidad perenne, la nostalgia no es lo que es, sino lo que se puede hacerle decir.

CHRISTINE FRÉROT

Anabell Guerrero, por Christine Frérot | artnexus