La exposición de Tulio de Sagastizábal fue, sin duda, una despedida de lujo para la galería de Diana Lowenstein, dealer fundamental del circuito argentino que por motivos personales y profesionales decidió cerrar la sede local para concentrarse, a partir de ahora, en su exitosa filial de Miami. En las salas Der Brücke, también de Lowenstein, de Sagastizábal había exhibido cuatro años atrás una serie anterior, Pinturas indolentes, que sellaron su protagonismo entre los artistas plásticos de la joven generación. Contraria a toda especulación intelectual —en un momento en que el conceptualismo lentamente iniciaba su reaparición—, aquella serie proponía una suerte de celebración pictórica pura, sugestiva en un artista de refinada formación y en un momento en que parecía imperiosa la necesidad de comentar políticamente la realidad. Como muchos otros artistas de la década de 1990, de Sagastizábal hizo de la abstracción una actitud: la indolencia fue un signo de la época; un signo, por cierto, más ligado al tedio que a la condescendencia.

El 2000 fue un año de impresiones fuertes para este artista nacido en Posadas, Misiones, en 1948. Invitado por el centro vasco Arteleku, dejó por varios meses su taller —donde además de pintar dirige una superpoblada clínica de análisis de obra para artistas emergentes— y partió rumbo a España en busca de experiencias que hicieran trastabillar, acaso, ese innegable rol referencial que lo acompaña en Buenos Aires. El resultado de la residencia en San Sebastián lleva por título Pintura existencial y es lo que se pudo ver en la muestra final de Diana Lowenstein. Trabajo post viaje. Frutos de la curiosidad, del choque mental y emocional y de la reflexión fuera del ámbito de pertenencia.
La exposición incluyó acrílicos sobre tela de diversos tamaños, piezas volumétricas y dibujos sobre cartón. Si la serie Indolente podía ser leída como una suerte de puesta en escena de la apatía, esta producción existencial resulta, por el contrario, una declaración desbordante de energía. El esquema de montaje propone un cúmulo de preocupaciones derramadas en formatos cambiantes que no hacen más que ampliar los alcances del núcleo, sin restarle intensidad. Es posible imaginar una o dos preguntas densas, muy básicas, gobernando la exploración del artista: interrogantes en torno a la representación plana del volumen. Un muro completamente cubierto de dibujos en tinta y acrílico sobre passepartout es quizás la más descomunal e inquietante expresión de esta búsqueda. Bajo el título Mundo grande, mundo pequeño, de Sagastizábal dispone una multitud de fragmentos que dialogan entre sí como lo harían los términos de una ecuación dislocada. Tanteos del hipotético discurso de un ingeniero que olvidó cómo debe ser proyectada una estructura. Imaginaciones del que no es ingeniero y juega a encontrar una ciencia en el caos de formas.
Otra pieza fundamental del conjunto es Genealogía No. 1, en la que se incorporan pequeñas mallas de metal pegadas sobre una superficie pintada y dibujada. La cuadrícula (entrecruzamiento de líneas verticales y horizontales, muy presente hoy en las imágenes que usa el lenguaje digital) es una constante que recorre toda la exposición: aparece en las telas que desarrollan variaciones y combinaciones de color, en los dibujos y en los objetos que, sobre el suelo, citan en algunos de sus aspectos a las figuras bidimensionales. En Genealogía No. 1 se opera una fusión tosca, casi infantil, entre la pared (pintada de naranja), el cuadro y la escultura. El punto de partida se efectúa en el nivel que queda más velado, mediante trazos muy finos de tinta negra. Por encima, un dibujo de líneas de tiza blanca parece delimitar un segundo intento, más espeso, mientras que por último aparecen en primer plano y a modo de relieves las redes de material rígido que cobran la extraña apariencia de un sueño que ha logrado materializarse. Si en cierta medida la muestra reflexiona sobre la cualidad proyectual del arte, lo hace de un modo totalmente libre de los clichés que numerosos artistas suelen reverenciar. De Sagastizábal revela su lucidez al abordar la proyectualidad, en tanto poética, y no en su relación con la asepsia, la pulcritud y el confort del diseño en sus variantes comercializables.
EVA GRINSTEIN
