El protagonista de Witness, la exposición de Sebastián Spreng en Atlanta, es el árbol. Anclados firmemente en un horizonte que respira entre dos planos infinitos y solitarios, estos árboles solitarios, destilados hasta no quedar más que el mínimo necesario para sobrevivir, son testigos del paso del tiempo. En los paisajes intensamente románticos de Spreng, el mundo puede pasar de un momento de inminente oscuridad anunciada por agonizantes rojos, a un instante de luz amarilla que resuena con convicción sobre un campo de ominosos verdes. A veces el árbol se convierte en una espesa selva oscura que bloquea el horizonte y se interrumpe sólo brevemente para dejar pasar la débil luz de un sol o una luna. Muchos de los compatriotas de Spreng identifican la expansibilidad de sus paisajes mínimos con la de las pampas en donde creció el artista. Sin embargo, el hecho es que, desde su niñez, ha estado creando paisajes imaginarios o, como él los llama, paisajes interiores o paralelos que tienen el poder de evocar múltiples identificaciones. Nacido en 1956, Spreng creció en Santa Fe, Argentina, y se hizo artista por sí solo cuando su movilidad se vio afectada por los tempranos síntomas de la esclerosis múltiple.
Hacia finales de la década de 1960, después de muchos años de trabajo solitario, dominó, entre otros, los secretos de la interpretación de los detalles arquitectónicos y de la perspectiva, aspectos importantes de sus pinturas durante esos años. La primera exposición de Spreng en 1975, titulada Pueblos blancos, consistió en representaciones imaginarias de villas similares a las del Mediterráneo, llenas de detalles convincentes pero deshabitadas1. Hacia 1983, Spreng fue a visitar a un amigo en Miami y decidió quedarse. Pronto, la libertad física que experimentó cuando nadaba en las cálidas aguas de Florida tuvo un impacto en sus pinturas; se convirtió en uno de los pocos artistas latinoamericanos en hacer de las playas y el mar de Florida su tema principal, a medida que los bañistas empezaron a aparecer en sus pinturas2. Estas pequeñas figuras, vistas por detrás y empequeñecidas por la enormidad del paisaje, se mueven en completa soledad a través de las quietas aguas de ríos, lagos y, en especial, del mar.

Hay una cualidad musical en la obra de Spreng, que encuentra su expresión más evidente en sus paisajes de la década de 1990, los cuales produjo en series organizadas como piezas de música de cámara. Spreng, quien también escribe crítica de música clásica, considera la música como una influencia importante. Para él, “el acto de pintar ha sido como una persecución de ese color único, especial, el que suena bien en el momento preciso, tratando de apoderarse de él como en un juego obsesivo y apasionado”3. Spreng emplea el color como una tonalidad musical que hace reverberar sus imágenes con un capricho dado. Entonces, sus pinturas, que parecen miniaturas de jardines solitarios, y sus imágenes de interminables mares que acunan a un nadador solitario, pueden aparecer perturbadoras o infundidas de luz y esperanza.
Spreng, de manera gradual, reemplazó a los nadadores por el árbol como símbolo del yo inmerso en la vastedad de la naturaleza. La extrema condensación visual y la reducción del tamaño de sus pinturas recientes han intensificado sus paradójicas cualidades, en vez de neutralizarlas. A primera vista, la expansibilidad del paisaje y la resplandeciente cualidad del color parecen ir más allá de los límites negros que Spreng pinta alrededor de sus lienzos (los cuales siempre deben presentarse sin marco). Sin embargo, esta oscuridad circundante también se extiende penetrando en las imágenes y hace que su luminosidad sea frágil y precaria. Por ejemplo, en The Orchard, un árbol solitario aparece sobre un horizonte vacío que se cierne sobre un campo oscuro acentuado por brillantes flores rojas. La imagen, en constante lucha con los invasores bordes oscuros, sugiere la fragilidad de una vieja fotografía que el tiempo está haciendo desaparecer.
Spreng juega con dobles e, incluso, múltiples interpretaciones que permiten la coexistencia de paisajes paralelos en cada pintura. Están a la vez llenos de vida y marcados por la fatalidad, son apacibles y tensos por la acción inminente, llenos de música e inmersos en el silencio. Incluso la superficie de sus obras es ambigua, ya que parece áspera, pero es suave al tacto. El artista logra este efecto aplicando hasta veinte capas de pintura delgada y translúcida sobre un grueso lienzo ruso. Cuando la tosca superficie del lienzo queda al descubierto, la suavidad de la superficie pintada la hace aparecer ilusoria y como si fuera una imagen fotográfica de sí misma.
Spreng cree que la complejidad de sus imágenes viene de tratar de describir un paisaje interior más que uno exterior. Tal vez su atractivo se deba también a la extrema simplificación de sus motivos, que se han convertido en arquetipos que resuenan con significado.
NOTAS
1. Sebastián Spreng, entrevista con el autor, 19 de mayo de 2001.
2. Ricardo Pau-Llosa, “Entre dos almas: Agua y tierra”, Sebastián Spreng (Caracas: Centro de Arte Euroamericano, 1994) n. p.
3. Sebastián Spreng, Artist Statement, 2001.
FLORENCIA BAZZANO-NELSON
