Juegos iniciales es la muestra de videos y fotografías que Matilde Marín acaba de presentar en Del Infinito Arte, un espacio cuidado y relativamente nuevo de Buenos Aires. Las manos son protagonistas excluyentes, tanto de los dos videos como de las diez fotografías aquí presentadas. Las obras muestran las manos de una mujer que, imperturbable y armoniosamente, realiza una serie de movimientos que fascinan y piden la atención del espectador. Más allá de cualquier presupuesto, se impone la poesía.
Producidas durante el 2001, las fotografías de las palmas abiertas de unas manos aparecen intervenidas por los dibujos de la artista, plasmados en la imagen final a través de la superposición de negativos. Así, estos trazos aparecen como rayos de luces, marcas indelebles que surcan el espacio que se presenta como imposible de atrapar, enmarcar. Son las manos de alguien que tiene el encanto de los años y que sabe qué es lo que quiere. Lejos de los ejercicios de una prestidigitadora, las manos cobijan, aplauden, juegan. Escriben en el aire incandescentes geometrías. Francas, las manos parecen contener la traza de alguna rayuela, el equilibrio de algún tablero o el campo para un juego del que sólo Marín conoce las reglas.

En la serie fotográfica, los movimientos aparecen congelados en una imagen, en un único instante, ¿verdadero aunque engañoso? Es un momento que igualmente se escurre porque ya no es y porque se muestra impotente para asir las figuras, las estelas fugaces, diseñadas por la artista. Los gestos de los videos tampoco pueden detener el tiempo, por más que la implacable repetición del compás de los hilos amenace con una acción que pareciera no tener fin.
Los videos presentados —Juego de manos y Luz verde— parecen no querer sustraerse al perfil de las fotografías. En consonancia, desarrollan una imagen y un sonido, entre sensual y vulnerable, que apela a los sentidos. La artista pensó en una sucesión de gestos a realizar con un par de manos que se muestran manipulando hilos, quizá remedando un antiguo juego indígena que alerta contra lo inmutable. Las palmas se abren y se cierran, se chocan con suavidad, se mueven con elegancia. Ondulan, se aquietan. Aparecen pródigas, hipnóticas, ofreciendo descubrir vaya a saber qué. Los movimientos se multiplican, pero las manos son siempre las mismas. Las hebras se tocan, se alejan, se enredan. Ensayan combinaciones que parecen anotar experiencias emotivas, modificando estructuras y tejiendo una trama que abriga el deseo, la voluntad y también el fin. ¿Expresan un clamor o una oración? El comentario social, si acaso, se expresa en el texto de May Lorenzo Alcalá, sobreimpreso en letra cursiva sobre los rítmicos modos del juego. Las palabras interactúan con las imágenes y exploran una verdad, sin tropezarse con lo que el video ofrece en el ámbito puramente descriptivo.
Los trabajos que presenta ahora Marín —una artista multipremiada que se formó como escultora y es hoy sinónimo del grabado contemporáneo en Argentina— derivan de su investigación artística, de su incansable actitud ante la experimentación. La incorporación de la fotografía y del video, que en este caso se suma de manera natural al conjunto de su trabajo, es un honesto paso más allá de todo lo que ya estaba haciendo. Así, estas manos extendidas se vinculan a su serie anterior Juego de manos, aquella en donde la batalla por la memoria personal aparecía en un privilegiado lugar.
Primer idioma de los niños, antiguo territorio de lo sagrado, el juego se pone serio, pero también tierno, en la obra de Marín. Como los trazos dejados por antiguas civilizaciones en el desierto peruano, las líneas de las manos invitan a pensar en las huellas del tiempo. Las formas y señales que tienden los hilos en su ir y venir parecieran rivalizar por un lugar en el recuerdo. Las obras establecen una diferencia. Expresan un espacio al que cuesta acceder y a un tiempo que no se quiere detener. Nada aparece como inalterable, todo se escurre como la arena entre los dedos, aun cuando los colores sepias de las fotografías anuncien la promesa, la ilusión de lo eterno.
¿Qué se esconde detrás de estos disímiles ejercicios que dibujan estas manos, estos dedos firmes y femeninos? Son siempre las mismas manos, las de la propia artista, que en su mudez anuncian la vibración de lo desconocido; el inquietante estremecimiento de una revelación.
VICTORIA VERLICHAK
