En el prólogo de Las horas, el escritor norteamericano Michael Cuningham narra los momentos que precedieron al suicidio de Virginia Wolf; describe con detenimiento el paisaje, que más que un telón de fondo, es una atmósfera que se funde con el ánimo angustiado de la escritora, a través de sus múltiples coloraciones: "Camina hacia el río resueltamente, segura de lo que va a hacer, y sin embargo ahora casi la distraen las colinas, la iglesia y un reguero de ovejas, incandescentes, teñidas con una leve coloración de azufre que pastan bajo el cielo que se oscurece. Se detiene, observa las ovejas y el cielo, y sigue adelante. Las voces murmuran tras ella... (...) En los charcos de lluvia de la noche anterior brillan parches de cielo. Sus zapatos se hunden ligeramente en la tierra blanda. Fracasó y ahora las voces han regresado, murmullos indescifrables que empiezan justo donde acaba su campo de visión (...) Se adentra torpemente (el fondo es lodoso) hasta que el agua le llega a la cintura. Mira río arriba hacia el pescador, que lleva puesto un saco rojo y que no la ve. La superficie amarilla del río (más amarilla que carmelita cuando se la examina desde esta distancia) refleja turbiamente el cielo. He aquí, pues, el último momento de percepción real, un hombre que pesca con un saco rojo y un cielo nublado que se refleja en el agua opaca".

El relato termina describiendo cómo el cuerpo muerto de la escritora flota junto a un palo sobre las aguas del río que en su superficie refleja la imagen invertida de un puente, un camión, un niño y su madre que pasan de lado. Esta lectura me hace recordar la pintura de María Cristina Cortés, pese a que la naturaleza de lo literario es tan distinta de lo pictórico. La literatura es ante todo un hecho narrativo que sugiere una imagen que cada receptor visualiza de manera enteramente diferente; mientras que la pintura se resiste a la narración, se afirma esencialmente como un fenómeno visual, es un objeto físico, corpóreo, una imagen fija, invariable, que se impone ante nuestros ojos. Sin embargo, creo que este trozo literario comparte con el género del paisaje la posibilidad de referirse a través de la naturaleza, de la luz y el color, a un cierto estado de ánimo, o a una “atmósfera emocional”. Es por esta razón, y por la atención que se coloca en el agua, el color, la descripción de los charcos y los reflejos y, especialmente, por la mención a “las ovejas incandescentes”, que lo asocio con la obra de María Cristina Cortés, quien afirma: "La naturaleza, siempre misteriosa y conmovedora, aunque tan frágil y efímera como la vida misma, continúa siendo la excusa que me motiva a crear. Y me sirve de motivación sobretodo por ese carácter orgánico y cambiante de cada uno de sus componentes: la luz, con su infinita capacidad de transformación, en términos no sólo de forma y color sino de atmósfera tanto emocional como visual; o el agua, creadora de imágenes – reflejo que, o, multiplican la imagen o reproducen la vida. Y es en alguna medida, de allí, de donde salen pinturas en las que, la luz existe gracias al color y el agua existe gracias a la forma o el espacio, y el resultado no es más que un HECHO VISUAL vivo"1.
Desde 1997 María Cristina Cortés viene trabajando el tema de las chambas, zanjas que se construyen en el campo para demarcar los límites de los distintos predios; estas zanjas se llenan de agua y cuando son limpias, se convierten en espejos de agua que recogen los colores del cielo y reflejan nítidamente el paisaje, el follaje de los árboles y la luz cambiante. Pero, así mismo, estas extensiones de agua, a causa de la contaminación y el descuido que produce la vida moderna, se convierten en basureros flotantes, de manera que cajas rotas, pedazos de madera, palos, frascos y utensilios que ya no son útiles, se arrojan en el agua produciendo contaminación. Las pinturas de María Cristina Cortés presentan estos dos aspectos, algunas obras dejan ver el agua límpida que refleja un paisaje invertido, en el que la naturaleza y la vida se manifiestan en todo su esplendor, como una manifestación de la vida; así como también pinta la chamba contaminada llena de residuos de distinta índole que atentan contra la vida y la naturaleza; tanto una realidad como la otra, se convierten en un pretexto, en un reto para enfrentar el problema de la pintura.
La última exposición de María Cristina Cortés, realizada en la Galería El Museo, de mayo a junio, puso en evidencia la compenetración, cada vez más sólida, que se establece entre su oficio y el tema del paisaje. A través del montaje se resaltó la importancia de los distintos formatos y de la relación que cada uno de ellos establece con la pared; algunos son bastante alargados, otros de gran tamaño alcanzan 100 x 125 cm; mientras que otras piezas estaban conformadas por pinturas al óleo sobre papel de 30 x 40 cm. Cada uno de estos formatos permite explorar distintas posibilidades; en los trabajos de grandes dimensiones, las composiciones, por lo general, son más complejas, más cargadas de elementos, como ocurre en la Chamba No.48, homenaje a Carlos Rojas, donde la superficie cromática es atravesada por una serie de líneas que forman una trama ordenada que recuerda las líneas verticales de algunas obras del pintor; mientras que en las piezas de pequeño formato se observa una superficie limpia, rica en matices e intervenida con una especie de trazo esencial que trae consigo el movimiento de una rama, con el que se recuerda la delicada sencillez de los paisajes japoneses.
También es notable la exploración cromática que se realiza en cada obra. En algunas se contrastan los naranjas con un gris azulado, creando una atmósfera inquietante que recuerda los tonos azufrados a los que se refiere el relato de Cuningham, en otras predominan las gamas de violetas o de rosas que muestran un universo en el que el color del cielo se funde con los tonos cambiantes del agua. Cada una de las piezas que conformaron esta muestra parece ser un fragmento de una percepción más amplia, más global, que captura a través de un paisaje continuo (la Sabana de Bogotá) distintos momentos de luz que son los que dan lugar a esta muestra que se presenta ante nuestros ojos como un hecho pictórico que va indagando en las posibilidades del color, a través de los reflejos en los charcos de lluvia de la noche anterior o en un cielo nublado que se refleja en el agua opaca.
NOTA
1. María Cristina Cortés, en la tarjeta de invitación a la exposición, Galería El Museo, mayo - junio de 2001.
MARTA RODRÍGUEZ
