Exposición Individualnov 2001 - ene 2002· Por Erena Hernández

Lisbet Fernández

Centro de Desarrollo de las Artes Visuales

Muchas personas coinciden en que las piezas de Lisbet Fernández son “raras”. También las tildan de inquietantes, incluso enigmáticas… Lo cierto es que por una u otra razón, atrapan al espectador, tienen un “gancho” que emana bien sea de la escala, la expresión de los rostros o las posturas. Se trata de esculturas en terracota policromada de niños y/o niñas (el sexo a veces no queda definido, ex profeso), que no son otra cosa que un pretexto para crear metáforas sobre complejos temas de la existencia humana. Es interesante observar cómo el arte cubano de la década de 1980 se detenía más en la sociedad, básicamente con comentarios críticos, y en la década posterior la mirada es dirigida fundamentalmente al individuo. 

Cruzando mi seguridad tituló Lisbet su última exposición. Con ella continúa las reflexiones emprendidas en su anterior muestra, que le sirvió para defender su tesis de graduación en el Instituto Superior de Arte, en 1998. Sólo que ahora la obra ha ido ganando en síntesis y, por lo tanto, resulta más efectiva en lo que aspira a comunicar. 

Exposición Individual: Lisbet Fernández — imagen 1
Lisbet Fernández. Crossing My Security, 2001. Detalle. Terracota policromada en frío. 23 ¾ x 15 ¾ x 15 ¾ pulgadas.

Resultaba simpático escuchar los comentarios de los espectadores que pasaban por el lugar y entraban sólo por curiosidad, o preguntaban si se trataba de adornos porque allí había una guardería infantil. De seguro podría causar extrañeza ver cuatro bebés gateando en busca de la pared, mientras uno sube por ella, desafiando la ley de gravedad; de esta manera la artista comenta sobre la realización de lo imposible. 

Si se quiere, ese es el leitmotiv de toda la muestra: una conminación al otro a que se lance hacia adelante, que abandone la “seguridad” de las múltiples capas protectoras detrás de las que se refugia, por miedo al fracaso, o por amarras de diversa índole que no le permiten romper barreras, encasillamientos, esquemas, reservas. La artista mira a la sociedad deteniéndose en el individuo. Es una nueva situación en el ámbito cubano. Ella apela a la iniciativa personal, a las capacidades de cada individuo para transformar, para enriquecer el entorno, sin miedos de ninguna índole. 

Precisamente por eso utiliza imágenes de niños. Según ella, le interesa la espontaneidad de la infancia y su capacidad de cambiar constantemente. Se cuestiona el temor de los adultos a perder su seguridad cuando, en definitiva, “cualquier forma de seguridad no es más que una mera ilusión que nos ata o nos condiciona”. Para esta muchacha de 27 años, lo que importa “es tener el sentimiento de que uno está completamente incontaminado, solo (…)”, como presto a un “constante cambio y crecimiento, a la preservación del sentido de lo nuevo con miras siempre a lo desconocido”. 

Equívocamente, una mirada a priori de la obra en ciernes de esta artista pudiera hacer pensar en elementos de psicoanálisis o tendencias freudianas, o que ella se “cura” a sí misma de algún tipo de traumatismo psíquico infantil. Nada de eso. Ella tuvo una niñez feliz y no le interesa escarbar en la historia de la infancia. Por eso ha hecho un trabajo de depuración de cualquier objeto que pudiera distraer la atención, como biberones, ropa de canastilla, encierros de madera, etc. Se concentra en la figura del niño como elemento expresivo concreto y va más allá: focaliza en una expresión o en un gesto. 

Y no sólo carga de significados específicos las piezas al poner en el papel protagónico a un niño, sino al escoger como material de trabajo el barro, porque ambos connotan lo primigenio, lo maleable, lo fértil, lo natural. Asimismo, idea e imagen son para ella sólo completadas en el espacio en que han de ubicarse. Este es el que termina de cualificar las obras. 

Aunque el terreno de la escultura, al igual que el del grabado, no han tenido en Cuba la misma eclosión que otros medios, a Lisbet no le interesa establecer acciones programáticas encaminadas a sentar paradigmas de ningún tipo en ese sentido. Simplemente, proviene de la provincia Camagüey, de rica tradición alfarera y ceramista, de modo que moldear el barro fue para ella una inclinación casi natural al interesarse en el arte, y el barro le resultaba el material idóneo para los conceptos que deseaba expresar. Pero su trabajo escultórico en terracota sí es poco común. En mi opinión, uno de los méritos mayores de Lisbet —después de tantos años de colectivismo y paternalismo estatal— es fijarse en el individuo y querer decirle: “en la medida en que eres capaz de transformarte a ti mismo eres capaz de transformar el medio. No te acomodes, no te rutinices”. Es un llamado a salir del inmovilismo que tanto lastra nuestra sociedad.

ERENA HERNÁNDEZ

Lisbet Fernández, por Erena Hernández | artnexus