Por segunda vez en París, ahora con una exposición individual (la muestra colectiva anterior tuvo lugar en el Espace Photographique de París en 1995), el fotógrafo colombiano Leo Matiz (1919-1998) está representado por una serie temática de fotografías en blanco y negro (69 clichés). Titulada A cada pintor un fotógrafo, la exposición consta de la relación de trabajo entre el fotógrafo y el famoso muralista David Alfaro Siqueiros entre 1945 y 1948 en México. El pretexto de esta colaboración entre los dos creadores era la preparación del mural proyectado por Siqueiros Cuauhtémoc contra el mito; y que hoy en día se encuentra en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana. Con este objetivo, más de 500 fotografías fueron tomadas por Matiz en toda la República Mexicana, tanto de desiertos como de ceremonias, retratos de campesinos y animales. El propio Siqueiros también posó para Matiz, así como otros modelos anónimos en calidad de desnudos.

El interés de esta exposición es que presenta por primera vez al público una selección de esos clichés absolutamente inéditos en su mayoría. Tanto tiempo para difundir ese material tiene probablemente su explicación en la manera como Siqueiros y Matiz rompieron su colaboración, y cómo este último tuvo literalmente que huir de México. El pleito entre los dos surgió justamente a raíz de la cuestión de la relación entre fotografía y pintura y, de las fronteras entre ambos géneros. Cuando se sabe que Siqueiros reivindicaba el uso de la fotografía para sus murales, y no es extraño que utilizara también las fotografías de Matiz sobre México para sus pinturas de caballete. El fotógrafo colombiano, considerando este acto como una apropiación abusiva e ilegítima de su trabajo personal, denunció a Siqueiros, sin evaluar suficientemente el poder del movimiento muralista y el lugar ocupado por éste en la vida del país. Siqueiros no va a tolerar ser atacado así en la prensa, y en consecuencia, Matiz será insultado en la prensa citadina, recibirá presiones al mismo tiempo que su taller será incendiado. Tendrá entonces que huir de México donde regresa solamente dos años antes de su muerte.
La muestra de París se inscribe en esta historia, toma sentido dentro de este contexto. También apunta hacia varias preguntas entre ellas la relación entre fotografía y pintura en aquella época, el papel del artista como modelo de su obra posterior (sin ser proyectada como un autorretrato) y la manera en la cual el desnudo está tratado en la década de 1940. En este trabajo común sobre el cuerpo, siendo tomadas las fotografías a la vez en exteriores como en el taller, es interesante notar cómo el pintor y el fotógrafo supieron expresar ideas de fuerza, de espacio, de universalidad, dando al propósito fotográfico una dimensión autónoma que, sin embargo, prefigura las mismas cualidades que cobrará el trabajo pictórico. Aquí, el poder estético y dramático del blanco y negro coloca la obra de Matiz en su lugar de creación autónoma. La relación visual entre la obra fotográfica y la obra pictórica tiene sobre todo interés histórico, mientras que la riqueza depurada e intensa del encuadre, la visión muy sintética del sujeto, la teatralización mística del desnudo —probablemente las posturas indicadas por Siqueiros— autorizan a acercar ciertos de estos clichés a los grandes Cristos acostados o de pie del barroco renacentista.
El pretexto, la futura pintura mural, sirvió probablemente de piso dinamizador al fotógrafo, así como el espíritu fogoso de Siqueiros fue un estímulo para Matiz. Pero hay aquí, a través de las fotos de esta muestra, otra fuerza creativa, otra personalidad definida, otra maestría técnica, otro sentido de la amplitud del mundo. Con esas cualidades, el fotógrafo Leo Matiz podía fácilmente poner en jaque la elocuencia tanto plástica como iconográfica de Siqueiros. Quizás, sea también aquí de donde surgió la ruptura entre los dos hombres. Un nuevo motivo de “rivalidad” entre pintores y fotógrafos que hoy en día no tiene ya la misma pertinencia.
CHRISTINE FRÉROT
