Usted se perdió la exposición de Galán pero, no se preocupe: no se requería su presencia. Esta fue una “exhibición” como acto performativo: el acto de hacer público el dolor interno. La pena era personal, no pública, como sucede siempre con las pérdidas personales; emociones internas conocidas por su representación pública. Pero los velorios son necesarios para los vivos más que para los muertos, y éste era el velorio de Galán para su madre, al que asistió su compañía inventada de sueños pintados, vivos y muertos a la vez: My Mirrors, como recursos fingidos.
Mamá estaba tendida sobre un brillante suelo rojo, entre oscuras pinturas, colgadas en la mitad de la pared del fondo y frente a la entrada principal al final del pasillo de la galería. Pero mami (Portrait of María Elisa-Roma) era una oveja muerta, el chivo expiatorio flanqueado por el séquito de santos de Galán, allí y por toda la exposición: por pinturas de lo que se llama en el oficio, ahora casi castrado, desnudos “homoeróticos”, en diversos trajes, no en vestidos de mujer, pero sí muy decorados, “envueltos” por un cortesano a quien no le importó si las estilizaciones les sentaban bien o no. Sacramento y sacrilegio se mezclaron por medio de la iconografía. Pero, ¿qué pasó con el lenguaje de la pintura?

Las figuras son reales y sin embargo no-reales. Los patrones abstractos de la década de 1990 de Galán casi han desaparecido. Referencias obvias a naturalezas muertas y figuras presentadas en los crudos y autorreflexivos sistemas neoexpresionistas de signos de doble código. Su sentido de autorreflexión permanece, pero ahora con más énfasis. Las figuras individuales, desnudas y frontales en su mayoría, estaban presentadas mediante un modelado académico con frecuente énfasis en la tensión física, por medio de afectadas poses corporales o el empleo melodramático del escorzo. El caravaggismo sigue existiendo, pero el estilo de modelado también refuerza un realismo subyacente para establecer un contraste autorreflexivo con su empleo de patrones abrillantados y uñas, los objetos de significado privado, dispuestos en collage, que se distinguen de las figuras, los cinturones de chiffon “real” que serpentean a través del lienzo, o los anteojos de aviador, de color púrpura, colocados para esconder las lágrimas. Todas las figuras pintadas sollozan, como los santos patrones, parodiando un dolor real. Sobre el modelado en tercera dimensión al óleo, se encuentran una resina y pigmentación acrílica que despojan a muchas de las figuras de su realismo físico y les infunden una tensión que tiene la irrealidad de una ordinaria muñeca plástica de carnaval. Las figuras están presentes y atestiguan; sin embargo, se burlan: una grotesca comitiva de encarnaciones para Galán, a quien se le conoce por sus “idas y venidas”, mientras pasa como un fantasma a través de los cuerpos combinados de los muertos-vivos, como todos nuestros recuerdos.
El autorretrato de Galán abre el catálogo dos veces. En su primera fotografía, bañada por una beatífica luz rojo naranja, él, con su chaqueta de cuero negra y un poco barbado, mira con tristeza hacia el cielo. Junto a él está Cristo, ensangrentado, cubierto con un taparrabos y atado a la picota. La cabeza vuelta hacia arriba y la mirada de abandono hacen un llamado al invisible “padre-madre”. Al otro lado de este afligido hombre hay un poema que habla de promesas hechas y nunca cumplidas porque el poder pecador del cuerpo que “anhela y desea” lo devuelve en la noche al “placer fatal, perdido de nuevo”. Muchos de los penes están cubiertos de garabatos, en apariencia más rechazados que aceptados. ¡Eso en cuanto a Mamá! ¿O no? ¿Y qué hay con las combinaciones, con los cruces?
Padre/madre, perdóname porque no sé ante la pérdida de uno de los padres, todos nos preguntamos de qué modo hemos sido incompetentes con relación a una visión interiorizada de lo que “ellos” esperaban de nosotros. Tales instantáneas se convierten en cumplidos de un superego grabado en todos nosotros por expectativas externas, no por nuestro propio deseo; poderoso y prohibitivo a la vez, cruza todas las partes de nuestra vida. Y eso es lo que presentan los espejos de Galán; cruces fragmentados en la vida de un artista mexicano, católico, gay, históricamente capacitado. Y hay confusión, culpabilidad, sueños y recuerdos: —desplazamientos normales nacidos de límites, fronteras, tabúes y, ahora, dolor. Títulos y palabras crudamente garabateados a través de los lienzos exigen aceptación y regresos, envueltos en un lenguaje de kitsch latino. Aquí, en Gringolandia, no sabemos qué hacer con ellos. ¿Es buen arte? ¿Es serio o auténtico? La respuesta proviene de Goya. ¿Quién sabe? ¿Qué cruces tenemos todos?
RICHARD LESLIE
