Juan Roberto Diago logró insertar, durante unos días, un segmento de la roída Habana en uno de los impecables espacios expositivos de Coral Gables.
Con su propuesta deudora del arte povera y alimentado de su entorno povera logró un contraste que despertó la curiosidad artística y hasta nostálgica de un cúmulo de espectadores, provenientes muchos de ellos de la comunidad cubana del Sur de la Florida. Su arte funcionó como mensajero que trajo acá las últimas noticias. Muchos fueron a recibirlas aún cuando no las compartieran. La más importante decía: Mi historia es tu historia.

La asunción de la identidad a partir de la inmediatez que lo rodea es la forma hallada por Juan Roberto Diago para discursar sobre su medio. Diago convierte su obra en una crónica de la isla, las constantes citas a la realidad cubana con el uso de palabras como "discurso, tierra, no puedo hablar, malos tiempos, te estoy mirando", entretejen un diálogo entre sus piezas y crean una continuidad conceptual, que es apoyada por la repetitiva presencia de casas, rostros de Elegguá, jaulas y pájaros.
Con este sencillo planteamiento, el artista se acerca a todo aquello que conoce y conforma su espacio. Sus ideas quedan totalmente contextualizadas con palabras e imágenes inherentes a todo el acontecer de Cuba. Sus lienzos se convierten en trozos de muros, donde los graffiti, los materiales pobres como el yute, los tonos grises y la textura apoyan el dramatismo de la realidad.
Diago mezcla lo culto y lo popular apoyado por referentes como la dialogicidad y la anécdota, que lo llevan a un fuerte recurrente social, con el que matiza y elabora los puntos de reflexión que estructuran sus obras. Candela, una de las más representativas de la muestra, sintetiza en sí muchos de los significados de su trabajo. La palabra, en el argot popular cubano, se refiere a situaciones límites, en extremo difíciles de solucionar; respaldada, además, por un fondo rojo, refuerza la idea de algo que arde y es encendido por una llama, que parte de una figura que está de cabeza. A su lado, un perro, y más abajo un texto que reza: No soy un perro - Sunamis y yo, Diago. Elementos todos que combinan como ajiaco, pero que a la vez reflejan caos, angustia, y por supuesto, incertidumbre. La disposición del cuadro refuerza esta idea al estructurarse por segmentos; cada una constituye un pedazo de la historia cotidiana del cubano y puede verse como un ente “aislado”, valga la redundancia.
Este pintor vino también a recordarnos que aquí “el que no tiene de congo tiene de carabalí”. La cita constante de elementos pertenecientes a los cultos afrocubanos lo reafirman como un exponente ineludible de lo negro en la pintura cubana. La constante aparición del santo que abre y cierra los caminos marca una lectura pesimista, al hallarlo encerrado en una jaula, y a la vez señala esa infinita esperanza de recurrir a lo sobrenatural para obtener respuestas de aquello que los mismos hombres no se atreven a explicar ni a solucionar.
Otro de los conceptos que aparecen en la obra de Juan Roberto Diago y que establecen su continuidad con la pintura, y su conocimiento de la historia del arte cubano, es la aparición de subtemas como los floreros. Con una recreación totalmente moderna y contemporánea del mismo, ofrece un explícito homenaje a su abuelo, el importante pintor del que heredó su nombre. En Flores para dos, Diago, a la manera de Magritte, agrega al ícono la palabra flores: ¿pregón? Pero el artista va más allá y “pinta” un florero dentro de otra obra (No estamos solos) allí, en el lienzo que también da cierre al catálogo, Juan Roberto Diago conjuga la palabra y esgrafía ligeramente una frase-boceto de sabio mensaje: El mundo necesita flores.
MARISOL MARTELL
