Exposición Individualnov 2001 - ene 2002· Por Mary Schneider Enríquez

Isaac Julien y Javier de Frutos

MIT List Visual Arts Center

El artista británico Isaac Julien colaboró con el coreógrafo venezolano Javier de Frutos en la creación de dos inestables instalaciones fílmicas de gran riqueza evocativa, El largo camino a Mazatlán (The Long Road to Mazatlán), 2000, y Vagabondia, 2000. Ambas fueron parte de una exposición que incluyó, entre otros, trabajos de Paul Pfeiffer y Johan Grimonprez. Las obras de Julien seducen al espectador a través de una secuencia de imágenes narrativas de gran provocación donde abundan personajes icónicos y multifacéticos. 

El largo camino a Mazatlán manipula los símbolos fílmicos del género del Western de Hollywood, proyectados en tres cuadros sobre una pantalla que se extiende horizontalmente. Dueño de una poderosa carga sexual, el film de 20 minutos explora los intercambios entre dos vaqueros en diferentes escenarios: un polvoriento paisaje salpicado de espinillos y serpientes venenosas, una representación de una subasta de ganado, una taberna donde se puede escuchar a mariachis mexicanos cantando sobre amores no correspondidos, la privacidad del cuarto de un motel y una piscina privada. La lente de la cámara de Julien es el instrumento para presentar al vaquero en su “uniforme”, compuesto de un sombrero de 10 galones, jeans de talle bajo y botas de vaquero que se mantienen perversamente puntiagudas. La resignificación del “uniforme” da cuenta de un gran erotismo, realzado por los movimientos que De Frutos establece para los dos fuertes y seguros jóvenes.

Exposición Individual: Isaac Julien y Javier de Frutos — imagen 1
Isaac Julien. El largo camino a Mazatlán, 2000. Proyección múltiple de DVD.

En colaboración, la coreografía de De Frutos y los potentes cuadros de Julien establecen la provocación que el film postula. Desde el inicio, el espectador está consciente de la importancia del lenguaje corporal de los vaqueros, los primeros planos de los rostros, torsos y piernas; el contacto visual en el bar y en la representación de la subasta; la grácil manera con que mueven y tocan sus cuerpos, separadamente al comienzo, culminando luego en la explosiva interacción dentro de las exuberantes aguas de la piscina. Los sonidos del agua que fluye lenta en un primer momento para luego correr rápidamente, profundizan nuestra percepción de su juego sensual. 

Tal vez el momento más perturbador en el film es aquel en el que se yuxtaponen dos cuadros. En el primero se muestra al vaquero delgado y de piernas largas cantando y bailando ebrio a lo largo de una autopista en el desierto; mientras que el cuadro adyacente proyecta un grupo de artistas de feria, vestidos con trajes de colores brillantes, que repiten una canción rítmica y bailan a lo largo de la misma desolada autopista. La incongruencia de esos bailarines vestidos con plumas, brillantes y lentejuelas, de género indeterminado, actuando dentro de este paisaje olvidado, sacude al espectador, acentuando el estado ambiguo del vaquero ebrio. 

Vagabondia, 2000 la última instalación fílmica de Julien en colaboración con De Frutos, explora con palpable y turbador efecto el visible e invisible mundo de un museo de arte y los personajes que allí habitan. La instalación comienza con una cortina de terciopelo rojo que conduce al espectador hacia un falso espacio de almacenamiento del museo con paredes marrones cubiertas de bolsas de carga grises. Desde ese lugar, se abre otra cortina de terciopelo y el espectador penetra una sala oscura con una pantalla horizontal que proyecta dos cuadros distintos pero relacionados entre sí. La luz es emitida por el proyector, el único foco lumínico presente en la sala. El perfume empalaga impregnando el aire. El espectador, tropezando en la oscuridad para encontrar una silla, inmediatamente es atrapado dentro del laberinto del cuento, que transcurre dentro del Museo Sir John Soames, la residencia londinense, abigarrada y oscura, del coleccionador. 

La película se pasea por los sinuosos cuartos llenos de viejas pinturas, antiguas esculturas y mobiliario pesado, posándose brevemente sobre el guardia de sala y remilgada restauradora de arte, acompañándola mientras que ella se prepara para restaurar un antiguo lienzo montado sobre un marco dorado. De pronto, el aire se llena con música dramática y perturbadora. En una pantalla vemos a un hombre sospechoso, un personaje cuya inspiración Julien obtuvo de la figura del vagabundo, creada por el artista británico John Hogarth; hombre del siglo XVII vestido con un traje de mala fama. El personaje, errante, se empuja a través de los espacios, primero aparece entre los corredores traseros del museo; junto a una simple pared, a kilómetros de distancia del mundo de la fastidiosa restauradora. Serpentea furtivamente abriéndose camino a través de las atiborradas salas, tocando amenazadoramente las obras de incalculable valor. El movimiento errático e impertinente que De Frutos le imprime define, junto con un extraño vestido y las muecas, el carácter del vagabundo. 

 El film de seis minutos de Julien logra perturbar al espectador profundamente a través del retrato y la yuxtaposición de imágenes de carácter divergente y dependientes entre sí. El espectador se marea en el intento por fusionar los cuadros del reloj funcionando, el personal de museo perfectamente sosegado, junto a aquellos que muestran la provocación del salvaje vagabundo, cuya presencia ocurre con luces tenues y miradas fracturadas. El espectador abandona la instalación luchando para huir de la experiencia alucinógena de intentar oponer mundos simultáneos. Experiencia exagerada por sonidos dramáticos, un olor opresivo y la oscuridad circundante. El trabajo de Julien y De Frutos resuena profundamente a través de la celebración de los poderes seductores del film —la imagen en movimiento hilando una atractiva historia— complicando el habitual fluir de la técnica con interrupciones palpables. La instalación, embriagadora y turbadora; los fotogramas proyectados separadamente y unidos de manera tal que las distintas imágenes se enfrenten y fundan y, finalmente, la manera en la que la coreografía define e interrumpe la narrativa, son cualidades que crean inesperadas y duraderas impresiones generadas por estas dos instalaciones fílmicas.

MARY SCHNEIDER ENRÍQUEZ

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