El visitante entra por un pasillo oscuro, iluminado únicamente por la videoproyección de dos manos que manipulan unos extraños objetos pequeños. Voces masculinas y femeninas grabadas susurran una y otra vez: “toque, no toque, toque...”. Sobre la pantalla, las manos en las sombras sostienen, acarician y hacen girar las misteriosas piezas repetidamente, como si estuvieran ejecutando algún ritual extraño. A la izquierda de la pantalla hay una cámara oscura, sin vigilancia, con una resplandeciente consola de acrílico en el centro. Dentro de un compartimiento abierto de este mueble están los objetos que se ven en el vídeo, expuestos y vulnerables, listos para que los toquen los visitantes que acaban de verlos manipulados en la pantalla. Pero tan pronto el visitante acerca las manos a la mesa, se activa una videocámara y la imagen de las manos del visitante son proyectadas sobre una de las paredes de la cámara. El video vigilante se apaga tan pronto se retiran las manos. Un espacio, que en principio parecía privado, es transformado por el ojo de la cámara en una cámara pública. El visitante se ve confrontado a la opción de tocar a cambio de ser “expuesto”, observado y probablemente grabado por un ojo inhumano.

Permanent Visibility (Visibilidad Permanente), de Ingrid Menéndez, es una instalación interactiva de multimedia que incluye escultura y tecnología de video que cobra vida con la voluntad o la reticencia del visitante a participar y ser filmado. Las esculturas, hechas de alambre de níquel tejido en dos agujas y cordón plástico tejido en crochet, son, según Ana Tiscornia: “Metáforas de contenedores y barreras que protegen y amenazan a la vez”. Los objetos táctiles son formas huecas y planas hechas de fibras enredadas que provoca doblar, penetrar, estirar y agitar. Estas figuras orgánicas invocan manualidades domésticas tradicionalmente femeninas, aunque están hechas de materiales industriales y tradicionalmente masculinos. Al emplear estos objetos especiales, Menéndez crea un género de referencia obvio: la esfera femenina se convierte en el sujeto manipulado bajo el permanente escrutinio de la mirada masculina. Así como las esculturas parecen ser piezas de un todo fragmentado, las manos del visitante se vuelven incorpóreas a través del lente de la cámara.
Menéndez (Caracas, 1963) está interesada en explorar la relación entre el yo y la sociedad, y lo hace experimentando con los medios y la tecnología. Como lo dice Donna Haraway en su indispensable A Cyborg Manifesto: “Hacia finales del siglo XX, nuestro tiempo, un tiempo mítico, todos somos quimera, teorizados y fabricados híbridos de máquinas y organismos; en resumen, somos robots”. Hombres y mujeres son robots, fusiones de lo orgánico con lo hecho por el hombre. Dependemos de la biología tanto como de una variedad de tecnologías, desde el idioma mismo hasta una inmensa variedad de aparatos, extensiones y prótesis (teléfonos, relojes, computadoras) que se han vuelto elementos casi indispensables de nuestra anatomía e interacciones sociales. La mayoría de estos aparatos han creado y establecido lazos entre el individuo y la sociedad pero, más importante, han moldeado nuestra conciencia en términos de las interfaces que utilizamos para relacionarnos con ellos. La cultura, gustenos o no, es hoy ingeniería humana y, en su obra, Menéndez trata de deconstruir los símbolos de la omnipresente maquinaria de la vigilancia y nuestras reacciones a ellos.
Cuando nos enfrentamos a la videocinta en una sociedad controlada por los medios, nos damos cuenta de la fragilidad de la privacidad. Así como nos sentimos extraños “hablándole a una máquina” cuando dejamos un mensaje en una contestadora, nuestra actitud cambia cuando sabemos que nuestras acciones están siendo registradas por una cámara. Esto transforma los gestos instantáneos en una memoria de archivo o un archivo que puede ser analizado en tiempo real o en el futuro por extraños o por algún inescrutable programa de software. Como lo señala Menéndez, el ejemplo más ominoso del siniestro uso de las cámaras de vigilancia fue exhibido durante el campeonato de básquet de los Estados Unidos en el año 2000, cuando se empleó software para el reconocimiento de rostros, para comparar a cada una de las personas asistentes al estadio con los criminales y terroristas de una base de datos. En junio de 2001, esta técnica se aplicó de nuevo a todas las personas en las calles de un distrito de Tampa. Estos dos hechos, considerados por los funcionarios del gobierno como muy exitosos, anuncian el inminente futuro de la vigilancia en una época en la que vamos a estar bajo vigilancia permanente y cada vez mayor: una época en la cual las herramientas que están allí supuestamente para protegernos, nos transformarán en actores involuntarios de un drama paranoico similar a un trance.
Permanent Visibility (Visibilidad Permanente) pone objetos de arte como carnada para los visitantes, con el fin de entrelazar sentimientos de tristeza, diversión y culpabilidad. Pero, sobre todo, la obra de Menéndez es una exploración interesante de nuestras interacciones con ojos y oídos no humanos, y los límites que construimos a nuestro alrededor en un mundo infestado de ojos escudriñadores, en el que estar solo ya no tiene el mismo significado.
NAIEF YEHYA
