La joven artista Argentina Elizabeth Aro inauguró en julio, en la Sala de Exposiciones del Centro Cultural Rivadavia de la ciudad de Cádiz, en España, una exposición cuyo título, De la gente y el paisaje, no aludía sino de manera indirecta al tema efectivo de la misma, que era la inmigración. Si, la inmigración, ese fenómeno recurrente en la historia de Occidente, pero que en España sólo muy recientemente ha adquirido un perfil y unos rasgos nuevos y conflictivos porque ya no son los españoles quienes emigran por cientos de miles como lo hicieron a lo largo de los siglos XIX y XX, sino que ahora, por el contrario, son cientos de miles los emigrantes latinoamericanos, asiáticos y africanos, para no hablar de los que vienen de Europa del Este, los que se agolpan, intentando entrar, en las puertas de un país que ayer fue pobre y hoy es rico.

De hecho, Elizabeth Aro difícilmente habría podido elegir mejor emplazamiento que Cádiz para su exposición, porque es precisamente esta ciudad, fundada por los fenicios hace más de 4.000 años, una de las más preocupadas por la incontenible oleada inmigrantes clandestinos procedentes de los países del Magreb y del África subsahariana, que cada día arriesgan la vida y desafían la guardia costera cruzando el vecino estrecho de Gibraltar en unas lanchas zodiac, a las que en argot llaman pateras. Según datos de las autoridades españolas, sólo en la primera mitad del pasado mes de julio 1.561 inmigrantes ilegales fueron interceptados por los guardacostas en el mencionado estrecho, aunque no todos tuvieron tanta suerte: el día 15, en la mitad exacta de ese mes de inmigración desbordada hasta alcanzar récords históricos, seis inmigrantes murieron al término de su arriesgada travesía por uno de los pasos marinos más peligrosos del mundo. Cuatro al estrellarse su patera contra los acantilados, y los dos restantes, asfixiados por los gases tóxicos liberados por el motor de la precaria embarcación en la que viajaban.
Elizabeth Aro ha sabido, sin embargo, eludir con su obra el sensacionalismo y el melodrama con los que suele tratarse en los medios este difícil tema. Su actitud, por el contrario, es contenida y silenciosa y completamente adversa a la exhibición impúdica de las penalidades y las miserias más ostentosas del inmigrante ilegal, concentrándose, en cambio, en la evocación asordinada y elíptica de la experiencia interior de este último. Por esta razón el recorrido de la primera de las dos salas de su exposición en el Centro Rivadavia lo iniciaba una docena de retratos de inmigrantes, fotografiados por la artista al azar en la calle, con una cámara común y corriente, cuyas cabezas y rostros podían ser vistos sólo si el espectador se acerca lo suficiente como para que lo que desde lejos parecía un escueto rectángulo negro se revelase (nunca mejor dicho) como una fotografía tenue y magistralmente iluminada. “El primer drama del inmigrante —aclara la artista— es que está en medio de todos pero nadie lo ve. Es como un fantasma o, mejor, como una sombra. Sólo la mirada del Otro, lo incorpora al mundo y le permite adquirir un rostro”.
El contraste con esas piezas, digamos negras, lo ponía en esa misma sala media docena de piezas blancas. Estas también eran fotografías como las anteriores, aunque en vez de rostros representaban una playa anónima y vacía, donde las olas mueren eternamente en medio de un silencio mortal como el que mantienen los tripulantes de cualquier patera mientras se acercan sigilosamente a esas playas de Tarifa y del resto de la provincia de Cádiz, donde les aguardan las puertas de lo que para ellos es el Paraíso, o, para su desgracia, las patrullas fronterizas, la detención, las deportaciones, y al límite la muerte. Cuando ocurren estas muertes por ahogamiento, la televisión y los diarios españoles muestran sin tapujos los cadáveres de los ahogados arrojados por el mar en esas playas, pero Elizabeth Aro no. Ella prefiere, con la contención y la sobriedad características de su estética, eludir esas imágenes patéticas y exhibir en su lugar, tal y como lo hizo en la tercera parte de su exposición, no ahogados exactamente sino las figuras de tres hombres modelados en arena directamente sobre el suelo, que podían ser tanto los componentes de un clásico friso griego o romano como unos durmientes, entregados al reposo después de los excesos de una festividad báquica.
La tercera parte de esta primera sala de la exposición la componían las copias en gran formato de unas fotos captadas en un bosque escalonado de pinares, de encinas o de algarrobos, tan frecuentes en las laderas de las montañas que bordean el mar Mediterráneo. Están viradas a un azul, diluido y plomizo, y evocan —según su propia autora— “el bosque interior”, ese Hollywood que cifra y oculta la vida del inmigrante y alimenta tanto su nostalgia como sus esperanzas. En la segunda sala de la exposición, la limpia intensidad alcanzada por las obras de la primera se venía abajo, desafortunadamente. El motivo principal de la misma era la mesa, que para Elizabeth Aro es el mejor símbolo de la generosa invitación a compartir que los mejores nativos terminan haciendo al extranjero. Sentarse a la mesa es sentarse no sólo a comer sino a compartir amistad, mutua comprensión, sueños e ilusiones. Es tejer una cierta y definitiva familiaridad. Y, precisamente por esa misma razón, Elizabeth quiso que en esa parte de su exposición participasen los habitantes de Cádiz, a quienes pidió públicamente que le prestaran una mesa, cualquier mesa, para exhibirla en su exposición. Muchos respondieron, pero el resultado, la instalación de una veintena de mesas de formas y tamaños muy distintos, acompañados de 3 ó 4 fotos de gran tamaño de un bosque, carecía de la emocionante intensidad desencadenada por las obras expuestas en la sala anterior. Una lástima.
CARLOS JIMÉNEZ
