Al entrar al Museo de Arte Contemporáneo, era inmediata la sensación de que la exposición retrospectiva de Coqui Calderón proponía más que la presentación de una serie de trabajos en orden cronológico. A diferencia de la mayoría de las muestras retrospectivas de artistas panameños en años recientes, esta exposición fue presentada como una “obra total” que consideraba no sólo el inventario de pinturas, sino también la necesidad de fundamentar la muestra en un estudio académico de la obra, con reflexiones sobre los momentos históricos vividos por la artista, el empleo esmerado del espacio expositivo, la publicación de un catálogo con texto de fondo y reproducciones, y hasta una propuesta didáctica y un folleto de mano para el visitante a la muestra. Todo esto como marco para una selección de obras que cubre las cuatro últimas décadas del siglo XX y que demuestra el enorme volumen pictórico y los pasos progresivos en el desarrollo de esta pintora panameña.

El montaje de la exposición en el Museo de Arte Contemporáneo fue logrado con un sistema de paredes temporales de tela que, como tapices de colores sutiles, sirvieron de fondo para las pinturas y su cronología, variando de tono según la época representada en cada una de las cinco salas de la retrospectiva. Además, como parte de la ambientación (que estuvo a cargo del artista y escenógrafo Emilio Torres) en cada sala, una columna mostraba copias de recortes de periódicos y fotografías de la época que —aún sin textos descriptivos— hacían recordar el ambiente sociopolítico del momento, contribuyendo a que el visitante recorriera no sólo el desarrollo de la artista, sino también las épocas vividas por ella. Como elemento didáctico adicional, la muestra incluía un monitor que presentaba de manera continua un video con una entrevista e información sobre la vida y obra de Coqui Calderón. El que aprovechara la oportunidad para sentarse en la banca disponible podía escuchar a la propia artista conversando sobre su trabajo, en lo que constituía una oportunidad valiosa —especialmente para las visitas de estudiantes— de acercamiento a la persona detrás de las obras en la exposición. Más aún, el museo anunció a los pocos días de la inauguración una charla abierta al público, por la doctora. Ángela de Picardi, autora del estudio exhaustivo con base en el cual se formuló la muestra y que forma el núcleo del catálogo de exposición. Estos elementos didácticos, tan usuales en muchos museos del mundo, impresionaron por tratarse de aspectos que, por lo general, no forman parte de las exposiciones que se presentan en Panamá, donde tanta falta hace la educación artística.
El recorrido de las obras en esta retrospectiva, cuya curaduría estuvo a cargo de Carmen Alemán y Ángela de Picardi, se iniciaba con un grupo de obras tempranas, oscuras, experimentales y expresionistas, de paisajes, figuras humanas y bodegones que la joven Coqui Calderón creó a principio de la década de 1960. Les seguía una serie de composiciones abstractas, en las que Calderón estableció, muy tempranamente, su interés por la geometrización y el color, así como la habilidad de basar sus armonías en un sentido del movimiento tanto lineal como formal. Curiosamente, varias de sus abstracciones parecen emparentadas con los trabajos de otros artistas panameños activos en la década de 1960, lo que daría pauta para un interesante estudio comparativo.
La década de 1960, como bien documenta el valiosísimo texto del catálogo, fue de mucha actividad para Coqui Calderón, quien vivió en Panamá, París y Nueva York durante esos años. Hacia fines de dicha década, se inicia lo que Ángela de Picardi define como la “fase cinética”, que duraría de 1967 a 1979 en la obra de Calderón. Se trata de un momento importante en el trabajo de esta artista, definido por el uso de pintura acrílica, colores planos y fuertes contrastes en composiciones geométricas, rítmicas, cinéticas y, a menudo, simétricas. Fue la época en que Calderón fue premiada por Marta Traba en un certamen salvadoreño, período en que sus obras —como Mujer con teléfono (1973), de complejos patrones rítmicos en rosas y verdes— contenían comentarios sociales y reflejaban la intranquilidad de la vida urbana moderna.
La sala en la que se presentaban las obras de este período —que por su calidad e interés histórico y artístico ameritarían una exposición propia— padeció de cierto recargo visual. La sala fue atravesada diagonalmente con una línea de guiones blancos sobre el piso negro, que creaban “un camino”, que citaba el del título de la exposición y servía para dividir el salón, creando un espacio para la presentación del video. En el centro, se erguía la columna con recortes de periódico, rodeada (como en todo el resto de la muestra) por un círculo de inescrutables piedras blancas. Al fondo de la sala colgaban los telones diagonales que sostenían las pinturas. Todos estos elementos produjeron un ambiente dinámico que animaba al visitante a seguir el recorrido, pero que también competía visualmente con las obras tan interesantes y poco vistas de este período de Coqui Calderón.
Como bien demostraban tanto la exposición como el texto del catálogo, la fase cinética de Calderón terminaría con la serie de Nalgarios, caracterizados igualmente por la repetición de formas geométricas, colores contrastantes, y el rol principal del movimiento dentro de las composiciones. La retros pectiva de Calderón también mostraba claramente cómo en la década de 1980 esta artista giró hacia un interés por la figura humana y el paisaje, en obras de carácter lírico que anunciaban su enfoque en la naturaleza como mujer, tema que la ocuparía casi continuamente durante las próximas décadas. Sin embargo, se produjeron interrupciones interesantes hacia 1984 cuando creó una serie de obras políticas sobre papel, y nuevamente de 1987 a 1989 cuando pintó la serie de lienzos titulados Serie Panamá o Vientos de furia, en los que protestaba contra la corrupción y falta de libertad impuesta en Panamá por los gobiernos militares. Son especialmente valiosos estos trabajos porque colocan a Calderón como uno de los pocos artistas panameños que han defendido sus convicciones políticas a través del trabajo artístico. Cabe destacar aquí otra innovación de la retrospectiva de Coqui Calderón: la serie de obras políticas de fines de la década de 1980 fueron presentadas al público en un espacio alterno, específicamente la Casa Góngora, estructura colonial restaurada que se encuentra en el Casco Antiguo de la ciudad de Panamá. Por tratarse de obras que no coinciden con el desarrollo temático de sus trabajos —aunque sí con el estilístico—,pareció acertado el uso de otro espacio expositivo, en el cual también se presentó el video sobre la artista. (De igual manera, sus obras más recientes fueron presentadas al público en la Galería Arteconsult).
El período de la década de 1990 en la obra de Calderón, durante el cual produjo pasteles y acrílicos sobre lienzo, fue presentado en la planta alta del Museo de Arte Contemporáneo. Se trata de una época caracterizada por la creación de paisajes, bodegones, y hacia fines de la década, múltiples interpretaciones del paisaje y la mujer, a veces a manera de ángel, otras como madre naturaleza, y siempre dentro de composiciones de fondo geométrico y colores intensos. Dentro del contexto de la retrospectiva, resaltaba la presentación de bocetos por la artista (que habitualmente están clavados en la pared de su estudio), expuestas ahora como preciosas miniaturas de color y composición, y a la vez como explicación silenciosa de su método de trabajo, desde el bosquejo inicial hasta el lienzo de grandes proporciones. Son precisamente estas grandes pinturas las que ocupan la última sala de la muestra, que impresionó por la armonía de su montaje. Son trabajos de mucho color sobre paredes temporales de tonalidad tranquila que multiplicaron el espacio disponible, produciendo una ambientación exitosa.
La exposición retrospectiva de Coqui Calderón ha debido permanecer abierta durante un período mayor del mes programado, tanto por su valor histórico como por la oportunidad que ofreció al público y a los conocedores de formar conclusiones propias sobre la labor de esta artista panameña. Como parte de este propósito, resalta la profundidad y extensión del estudio histórico que acompañó la muestra y que ofrece luces sobre el desarrollo artístico de Calderón, junto con un análisis estilístico de sus trabajos. Todos estos elementos contribuyeron a mostrar los logros y las experiencias en la carrera de la artista homenajeada que, a fin de cuentas, deben ser los legados de una buena exposición retrospectiva.
MÓNICA KUPFER
