La muestra de Consuelo Gómez, exhibida en la galería Diners, durante el mes de julio y agosto, estaba conformada por 13 piezas, algunas de pared y otras de piso, en las que por una parte se hace evidente la lección de pureza formal legada por el arte moderno, particularmente por la abstracción y el minimalismo, pero por otra, este refinamiento es transgredido por la presencia de lo cotidiano, así como por el lenguaje de algunos de los materiales utilizados, como fórmica, fieltro y pelo de conejo, elementos que abren otra dimensión a su trabajo.
Desde su inicios en 1986, la obra de Consuelo Gómez se ha constituido en una reflexión sobre la forma que conoce y respeta los principios de la geometría, que indaga en la estructura de los cuerpos cilíndricos y esféricos, lo que ha dado lugar a un juego entre elementos opuestos, como lo negativo y lo positivo, lo lleno y lo vacío, lo frágil y lo pesado; también en las piezas que conforman su producción se hace evidente una gran compenetración con el lenguaje de los materiales utilizados, maderas, metales diversos y vidrio, y para su manejo, ha recurrido preferiblemente a procesos artesanales, y también industriales, que le permiten distintas posibilidades para moldear, ensamblar y dar forma a sus trabajos; lo artesanal, lo manual, posibilita involucrar el accidente, el azar, como parte del proceso, mientras que lo industrial, por ejemplo, con la exactitud de un torno llamado “control numérico”, con el que se fabrican los tornillos, se propicia otra relación más precisa entre la forma y la idea.

La pureza formal de sus objetos, columnas, obeliscos, trompos, sillas y rejas, entre otros, más que seguir una metodología precisa, se ha guiado siempre por un proceso de asociación libre que se hace evidente en su última muestra, titulada Al otro lado de la superficie, en la que convergen lo cotidiano, su propio entorno doméstico y el proceso de fabricación de los sombreros. Lo cotidiano comienza a hacer parte de la obra de Consuelo Gómez hacia 1995, después del nacimiento de su hijo. En ese momento comienza a interesarse por el rito de la comida, por los utensilios de la casa, como los cubiertos, las copas y las sillas, y además de hacer sus propios objetos, comienza a intervenir sillas con metal y vidrio, como se pudo observar en la muestra realizada en la Galería Garcés Velásquez. En esta reflexión sobre lo doméstico, el sentido de la forma y los materiales, se hace aún más profundo; por ejemplo, en unos cubiertos de hierro la sencillez de la forma y el lenguaje del hierro, sumamente oscuro, dan lugar a un objeto verdaderamente conmovedor por su esencia y por el respeto al metal.
Lo doméstico se introduce en su última muestra de diversas maneras, especialmente a través de la arquitectura, como lo evidencia la pieza llamada Hall, que surge de una especie de toma de conciencia del piso del edificio en el que ella habita. Es un edificio de la década de 1950, con una arquitectura que privilegia los espacios amplios y ortogonales, que en las áreas comunes, en el piso, utiliza granito gris y mármol oscuro. El diseño del piso sigue una cuadrícula sencilla cuyas líneas divisorias son de metal dorado, de esta manera, la pieza en mención, con su base en fórmica que evoca el granito, con las líneas en bronce y un cubo de mármol, surge como un levantamiento volumétrico de este trazado planimétrico, convirtiéndose en una pieza escultórica de piso que celebra los valores de la modernidad. Otra reflexión de carácter arquitectónico se detiene en los nichos que aparecen en la pared de su apartamento, el vacío que ahueca la pared y que se concibe para colocar objetos, es desdoblado y da lugar a tres relieves blancos, uno de ellos titulado Extendiendo el vacío, relieves en los que el desdoblamiento da lugar a un juego volumétrico que recuerda la mejor lección de abstracción y geometría que estructuró, los espacios arquitectónicos y dio lugar a la superficie pictórica y a los volúmenes del arte moderno.
Por otra parte, esta muestra surge a partir de una visita a la tradicional fábrica de sombreros Barbisio, situada en Bogotá, donde Consuelo Gómez pudo conocer el proceso que sufre la piel de conejo hasta convertirse en fieltro. La visita al lugar estuvo motivada por un interés en saber qué hay detrás de las cosas, de dónde vienen; es decir, una pregunta que busca el origen de las cosas. La experiencia de la fábrica le permite observar, paso a paso, la transformación de un ser de la naturaleza, en este caso el conejo, que mediante un proceso fabril, elaborado y complejo, se convierte en una cosa útil al hombre. Entre las muchas cosas que la impresionan están los enormes cuartos donde se preserva la piel del conejo, y las grandes máquinas de hierro que la transforman, las que hacen posible que exista el fieltro con sus distintas densidades y grosores. Esta experiencia con el material y su origen dio lugar a una serie de piezas, extrañas e inquietantes, donde los distintos elementos que las conforman, algunos mandados a hacer en la misma fábrica, como ocurre con Campana de luz, dan cuenta de esa asociación libre que teje la vivencia personal de Consuelo Gómez con su experiencia ante la fabricación del fieltro y con su mundo cotidiano. En la pieza titulada Conejo, el pelo natural y blanco del conejo convive junto a una figura tallada en madera que representa un conejo montado sobre un pedestal forrado en fórmica, que recuerda la textura del granito, de manera que en ella se asocian un serie de reflexiones y vivencias de la autora que inquietan y seducen al espectador. Otra pieza particularmente inquietante se titula La fábrica, en la que las distintas superficies de los materiales utilizados se dirigen a lo táctil y a lo visual; se trata de una estructura geométrica que va adosada a la pared; está construida de madera pintada y fórmica, ambas superficies muy lisas, y en una de sus partes se puede observar un plano conformado por pelo de conejo ligeramente prensado, cuya superficie y textura contrastan violentamente con los materiales mencionados.
Este juego de contrastes se da también en Jardín de río, en la que en un formato redondo se combinan las superficies del fieltro, con fórmica y piedras de río, y en una especie de mural, Vasos, conformado por 36 vasos, algunos de madera, otros de fieltro, en el que parecen converger múltiples aspectos que motivan la muestra. El interés por lo cotidiano, por lo doméstico, se manifiesta a través de la presencia del vaso, que es el vaso de la Coca-Cola, con su silueta característica, tan íntimamente ligada a la vida cotidiana de todos; por otra parte está el juego con los opuestos, lo liso de la madera pulida y lo rugoso del fieltro; este último trae consigo la vivencia de la fábrica, la reflexión sobre los materiales y las superficies; también la esencialidad del vaso se ve transgredida por los materiales no traslúcidos, pero a pesar de ellos, cada vaso sigue siendo un vaso, el vaso de la Coca-Cola. ¿Qué hay al otro lado de la superficie? El vaso, el conejo, la fábrica, los procesos de elaboración de las cosas, y en el caso de la obra total de Consuelo Gómez, en ésta, y en cada una de las piezas que la conforman, ante todo está una sensibilidad fina y aguda que tiene en cuenta el lenguaje de los materiales y las formas, que pone particular cuidado en el diseño; una sensibilidad que se nutre de su entorno, de la vida y las experiencias, sensibilidad que no conoce otra manifestación distinta a la eminentemente plástica.
MARTA RODRÍGUEZ
