Una mínima dosis de autocrítica es lo que en general se espera de una institución cuando se propone organizar un evento conmemorativo de los 50 años de su historia. Mientras tanto, lo que principalmente pareció haberle faltado a la Fundación Bienal de São Paulo a la hora de planificar, sin demasiado tiempo disponible, la Bienal de los 50 Años, fue una exposición-homenaje al ideólogo de las muestras bienales brasileras, el industrial Francisco (Ciccillo) Matarazzo Sobrinho. Claramente, el acontecimiento tiene una doble función: la de no dejar pasar por alto una fecha importante y, al mismo tiempo, la de justificar el consecutivo adelanto de la XXV Bienal, planificada para abrir al público en el 2002, con un intervalo de cuatro años en relación con la última edición.

La muestra, que actualmente ocupa el tercer piso del pabellón del parque Ibirapuera, mezcla historia y actualidad. El aspecto histórico consiste en la reunión de 50 obras premiadas en las siete primeras bienales (de 1951 a 1963), todas ligadas a las diversas corrientes del abstraccionismo, y que hoy integran el notable acervo del Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de São Paulo. Por supuesto que es siempre reconfortante ver la Unidad tripartita, de Max Bill, el premio de escultura de la I Bienal y principal divisor de aguas del arte brasileño del siglo XX. Además de obras tan referenciales como las de Sophie Taeuber-Arp, Soto, Calder y Magnelli, junto a las de Ivan Serpa y Lygia Clark. No obstante, la simple sucesión de las obras en el espacio de exposición, sin ninguna propuesta reflexiva que otorgue coherencia al conjunto, no llega a instalar más que un atisbo de curiosidad en el espectador más atento. En la misma sala, una pared de 50 metros se comporta como una línea del tiempo, cuadro sinóptico en donde cada edición de la bienal es recordada a través de su “afiche”, sus premios y obras que se destacaron; relacionadas con hechos históricos y artísticos que ocurrían simultáneamente en el país. El resultado, más que didáctico, es casi escolar.

La exposición Red de tensión marca el compromiso de la institución con la contemporaneidad. Fue concebida teniendo como principal punto de articulación la desgastada “integración de las artes”, pensamiento tan propio del racionalismo de la década de 1950, momento en el cual la Bienal de São Paulo tuvo su comienzo. Con el propósito de promover esa “integración de las artes”, la curaduría se dividió en tres sectores: artes visuales, arquitectura y diseño. Los profesionales de esas áreas fueron invitados a reflexionar sobre la vida en la megalópolis, ese lugar tan en boga, compuesto de muchos lugares, donde nos movemos, donde los lenguajes conviven superponiéndose mutuamente, y donde se crea una “nueva sensibilidad” que rige el vivir contemporáneo.
El resultado de la convivencia de las tres disciplinas en el espacio ocupado por la muestra es de aspecto caótico, y dice menos respecto de la similitud con el propagado caos urbano —que obedece a ciertas lógicas—, que de la falta de un diseño museográfico que torne comprensible la razón de la propuesta curatorial. La “integración” que tal vez hubiese podido ser articulada a partir de la organización espacial de la muestra, no ocurrió. Los diseñadores fueron los menos propensos al diálogo, aislando visualmente sus trabajos o actuando directamente en los aspectos más utilitarios de la muestra, como hizo Fernando Jaegger al proyectar el delicioso bar que sirve a los visitantes de la exposición. Los arquitectos fueron los que respondieron de manera más elemental a la amplitud de la propuesta curatorial, ciertamente no por falta de conocimiento de la ciudad, sino por la poca familiaridad con la práctica de las exposiciones. Entre los artistas plásticos, se destacan aquellos de consolidada carrera internacional, como Mauricio Dias & Walter Riedweg, presentes con la instalación Your Name on My Lips, o Miguel Rio Blanco y Ana María Tavares.

Curiosamente, solamente la artista Regina Silveira y los arquitectos del escritorio MMBB optaron por realizar intervenciones fuera del edificio de la bienal. La propuesta de Silveira constaba de la proyección de una mosca gigante recorriendo intermitentemente varias de las fachadas ciegas de la ciudad. Un grupo de arquitectos ideó un haz de luz acoplado a un tren, que recorriera por dos meses cerca de 200 kilómetros de vías del poco utilizado sistema de transportes ferroviarios de la ciudad de São Paulo. Sin embargo, el tren de luz hizo su recorrido apenas una vez.
Al optar por hacer de la exposición conmemorativa de su cincuentenario, un homenaje a Ciccillo Matarazzo, la Fundación Bienal dejó escapar la estratégica oportunidad de presentar el debate de lo que de hecho hubiera sido oportuno discutir: ¿cuál es el real legado cultural emprendido por Matarazzo y en qué medida, 50 años después, esta empresa todavía se justifica? Esa exposición-homenaje no deja de ser extremadamente reveladora. Tal como se presenta en el Ibirapuera, ésta demuestra, de manera flagrante, la incapacidad de la Fundación Bienal de reflejar hoy su actuación en el pasado, aunque sea por sus caminos en el futuro. Anunciada por las gráficas de la ciudad con el eslogan Osada, creativa, genial, la modesta Bienal 50 años es una exposición sin máscaras: deja traslucir el conservatismo de una institución que está lejos de poder comprender el real significado que las bienales de São Paulo tienen para el arte contemporáneo brasileño y mundial.
VALERIA PICCOLI

