Bienal Barro de América

Hugo Zapata. Mantos de la Tierra, 2001. Instalación, cartón, petróleo, cuarzo negro, pizarra y arena negra. Medidas variables.

Colectivanov 2001 - ene 2002· Por Juan Carlos Palenzuela

Bienal Barro de América

Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber

La nueva edición de la Bienal Barro de América ocupa tres museos caraqueños (Museo de Bellas Artes, Museo Alejandro Otero y el MACCSI). Para efectos de esta crónica, nos centramos en el conjunto de obras exhibidas en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber. 

El criterio que sostiene la exposición es el de “rituales del barro”, el cual se expresa en metáforas de un elemento primario, constructivo, terrenal y espiritual. Es el barro que envuelve a los hombres, que se eleva como ofrenda, que es huella de la acción humana. Ese planteamiento se resuelve en propósitos figurativos o no representativos por igual, y con toda suerte de materiales como base. 

Colectiva: Bienal Barro de América — imagen 1
Noemí Márquez. Vista de la exposición. Todas las piezas son de gres, elaboradas a mano con tiras sobrepuestas y tratadas con óxido.

El colombiano Hugo Zapata, en Mantos de la tierra toma diversos materiales naturales, surgidos de la tierra y apenas transformados por él, en correspondencia con capas geológicas. Si su obra hubiese sido mejor ubicada, habría logrado una apreciación apropiada, pues hubiera funcionado como vistas aéreas de la tierra. Cañones, valles, montañas rocosas, planicies y cursos de ríos son algunas de las imágenes que se consigue al agrupar piedra de pizarra con cuarzo negro, petróleo, hierro, carbón, arena negra y agua. 

Colectiva: Bienal Barro de América — imagen 2
Mariana Monteagudo. Niñas, 2001. Conjunto escultórico. Cerámica modelada, fibra natural, tejidos y cabello. Medidas variables.

Víctor Hugo Irazábal realiza un dibujo-instalación denominado con la voz indígena Yokikini, referido a las relaciones culturales existentes entre los pueblos del Amazonas (al menos venezolano), en que el dibujo de geometría —punto y línea— nombra (o alude) toda una cosmografía. La grafía de los petroglifos, los diseños de la cestería y la pintura corporal son algunos de esos aspectos. El hecho plástico contemporáneo en Irazábal se aprecia en su inmenso dibujo en la pared (de 340 x 600 cm) con base en puntos de vinilo y papel. Puntos apiñados o esparcidos hasta conformar figuras, es decir, ideas de figuras, de selva, de tierra, de vida. 

Mariana Monteagudo es una joven artista venezolana que indaga en mitologías y posibilidades expresivas del barro. Niñas es un conjunto de seis piezas de cerámica modelada, fibra natural, tejido, cabellos, plumas y collares. Su obra tiene tendencia a la escultura y en esta ocasión muestra figuras a escala natural. Dos de sus figuras están cubiertas, una con cuerda, tiras de tela y amuletos, y la otra con un paño de lino. Así, parecen cuerpos yacentes, por lo que Monteagudo indaga en los rituales de sacrificio, en la conservación sacramental del cuerpo y en el escenario de la ofrenda humana a las deidades. 

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Carlos Zerpa. Día líquido, 2001. Instalación. Techo de vehículo Intervenido, arena y cerámica. Medidas variables.

Carlos Zerpa, (Venezolano) realiza una instalación que para los venezolanos resulta conmovedora, pues el desastre natural de 1999 está muy fresco en la memoria colectiva, más cuando el gobierno nacional resulta incapaz para resolver ese gran problema (reconstrucción, desplazados, drama psicológico). Día líquido muestra un auto (un taxi) semienterrado. El techo del carro tiene calaveras, yesqueros, fichas de dominó, dados, cucharas, lagartijas, arañas, culebras y una figurita del doctor Hernández. El radio del auto está encendido, como metáfora de la vida. En la parcela donde comienza a descubrirse el auto, en medio de la tierra y las palas para la excavación, hay otras calaveras, botellas de cerveza y llaves. Así, Zerpa se refiere a la tragedia de la comunidad de Vargas y al proceso individual de sacar a flote, desenterrar, lo que la lluvia y el lodo se llevaron o arrastraron con suma violencia. 

Pedro Terán (Venezolano) monta su obra en una habitación vacía, blanca, a discreta luz, en cuyo centro, en forma de blanco rectángulo, dispone de pequeños restos de cerámica precolombina. Todo es sobrio. Todo está dicho con el mínimo de lenguaje. En la pared, un cintillo de barro y dorado cita una serie de frases cortas —a modo de dicho popular— sobre las cosas de la vida y la muerte. Todo como un suspiro revelador. 

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Pedro Terán. Barro de(s) Orada, 2000-2001. Instalación con plexiglás, arcilla y vinllo. 2,52 x 7,85 x 7,55 mt.

Noemí Márquez, (Venezolana) presentó Tributo a los Dioses, 12 esculturas en gres y óxidos, de hasta 305 centímetros de alto por hasta 62 centímetros de diámetro, que están en una sala a modo de columnario para el recogimiento espiritual. De esta obra dice el escultor Víctor Valera que son “trazos verticales que borran la persistente horizontalidad del horizonte”. Tales columnas se componen de uno, dos o tres cuerpos, y en ellas están marcadas huellas y signos cósmicos. 

En este conjunto de obras tan significativas se condensa el espíritu del crítico Roberto Guevara, creador de la bienal: lo ritual, lo monumental, lo ancestral, lo sagrado, lo imperecedero, lo contemporáneo; la región, el suelo —la tierra— y el barro como elemento de arte desde pensamientos visuales americanos.

JUAN CARLOS PALENZUELA

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