Una vez al año, cada mayo, la Fundación Banco Industrial de Venezuela contempla en su programa expositivo una muestra de enorme envergadura, tanto en calidad como en dimensión. Espacios no son los que faltan y constituyen un desafío para cualquier diseño curatorial y museográfico.
Este año, Juan Carlos Palenzuela, asiduo colaborador de esta revista, tuvo la responsabilidad de curar una ambiciosa exposición de arte venezolano que abarca los inicios de la República, con la obra de Juan Lovera en 1830, hasta Alejandro Otero, uno de los artistas fundacionales de la modernidad en Venezuela.
La exposición se origina en el libro homónimo que lo acompaña. Una investigación efectuada durante varios años, que dio lugar al ensayo que recopila sus consideraciones sobre el arte venezolano. Esta Fundación apreció este trabajo y de ello se derivó la realización de la primera parte de este proyecto. Queda en la espera la segunda etapa que consiste en una revisión del arte venezolano desde la década de 1960 hasta la actualidad.

En lo que concierne a este amplio período, pueden destacarse varios elementos en esta investigación. En primer término, la voluntad de registrar no sólo el proceso del arte venezolano como devenir histórico, sino del arte y sus transformaciones, acordes con los cambios culturales del país. Palenzuela busca de alguna manera apreciar los movimientos artísticos que nos son propios, con el pensamiento que éstos generan en la crítica y en la prensa, por una parte, así como la idea del arte y sus procesos, acorde con la construcción de un país.
Entendiéndolo de este modo, es como damos sentido a una lectura curatorial no cronológica de la exposición (teniendo todos los elementos para poder hacerlo), y sin embargo, optar por confrontar constantemente obras de períodos distantes como, por ejemplo, La firma del Acta de la Independencia, de Juan Lovera, y un Coloritmo, de Alejandro Otero, a la entrada de la exposición. El espectador se encuentra con “saltos” y contrastes de esta índole a lo largo de la muestra. Algunas secuencias tienen, no obstante, nexos de época (el paisaje de los artistas de la Escuela de Caracas) o bien de estilo (consideraciones evidentes sobre maneras de ver el arte abstracto o interpretaciones figurativas sobre un mismo tema). Pero todo ello se da en silencio, con las imágenes mismas, sin textos en la sala que orienten en este sentido al espectador. Pese al importante esfuerzo editorial, la muestra requirió de esta guía para el espectador, necesitado de información in situ sobre algunas obras, tendencias y artistas claves que promovieron sin lugar a dudas el curso de la historia del arte venezolano.
La muestra centra su atención en la pintura, que es el género predominante en los siglos XIX y XX. Sin embargo, hay una voluntad de contextualizar los procesos de transformación cultural del país por medio de imágenes exhibidas en algunas salas, pasillos y zonas de circulación. Estas imágenes son obras de carácter documental y gráfica que complementan la exposición. Afiches de diversos momentos de nuestra historia política y cultural; alusiones a revistas humorísticas muy puntuales de determinadas décadas pintadas en algunos muros de las salas; secuencias de postales y fotografías que dan cuenta fehaciente de nuestro pasado urbano, —que reconocemos como parte de nuestro entorno inmediato, hoy completamente inexistente—; mapas y planos de la antigua Caracas; primeras ediciones de libros de los escritores e investigadores de época, más la galería de retratos de personas de alta estima intelectual fotografiadas por Alfredo Boulton. Todo ello conforma buena parte de nuestro acontecer cultural.

En Venezuela ha habido momentos de brillo y audacia en medio de un contexto austero a veces en recursos, otras en la valoración que ameritaba la cultura. A veces por falta de conciencia hacia ello. Sin embargo, esta situación se sobrepone por la presencia de autores y artistas claves que han determinado cambios en el devenir de los hechos. Esta muestra tiene la virtud de revelarnos estos valores. Hubo personalidades puntuales, además de los ya nombrados, quienes han marcado pautas. Martín Tovar y Tovar y los maestros del academicismo del siglo XIX; los artistas del Círculo de Bellas Artes, grupo conformado en 1912, quienes valoraron el paisaje como tema y género en la pintura; sus continuadores de la llamada Escuela de Caracas; Armando Reverón, solitario y universal a un mismo tiempo; la multiplicidad interpretativa de la realidad por medio de los adeptos al criollismo, al realismo social, al realismo mágico y finalmente, los defensores de la abstracción a partir de la acción de Los Disidentes y de los artistas del Taller Libre de Arte.
Durante más de 100 años, el arte venezolano se debatió entre la ideología y sus formas de representación. Del academicismo del XIX, hubo una primera disidencia a principios del siglo XX, con el Círculo de Bellas Artes. Se propugnó la libertad de creación, en cuanto tema y estilo. El artista defendió su oficio por encima de la ideología y del arte supeditado a una función política. El paisaje dejó de ser un complemento y se convirtió en un género propiamente dicho, hasta llegar al hastío cuando los jóvenes de la década de los 40, que ansiaban urgentemente una renovación, rechazaron la formación que se les estaba dando. Entre esa década y la siguiente es cuando Venezuela despierta de un letargo e inicia un avasallador proceso de modernización. En este sentido, el país también fue cambiando de rostro. Caracas, por ejemplo, pasó de pueblerina, cuyos caminos eran la ruta de los burros, a un rostro republicano, con la modernización realizada en el último tercio del siglo XIX por Antonio Guzmán Blanco. Paulatinamente fue desarrollándose, para finalmente ser un centro cosmopolita, con la renovación efectuada por Carlos Raúl Villanueva en plena dictadura de Marcos Pérez Jiménez, a mediados del siglo XX.
A todas estas, el panorama entre las décadas de 1940 y 1950 fue fructífero en cuanto al desarrollo de un pensamiento y la urgencia en tomar posturas. En arte se abría la discusión sobre su razón de ser en un país en desarrollo como Venezuela. La polémica sobre el arte abstracto, existente desde sus inicios, hace eclosión en 1957 cuando Alejandro Otero y Miguel Otero Silva polemizan a través de la prensa. Estas ideas, recopiladas en ediciones posteriores, son hoy bibliografía pertinente para el estudio del arte del país. Este espíritu de transformación está manifiesto en la muestra Arte en Venezuela. 1830-1958.

La selección de las obras es uno de los aspectos que conviene destacar de esta exposición. Muchas de éstas pertenecen a colecciones privadas, difícilmente exhibidas en anteriores oportunidades. Obras como La firma del Acta de la Independencia, de Lovera, por ejemplo, que es una referencia obligada, hasta entonces sólo era conocida en los libros de arte. Por otra parte, artistas de menor envergadura o protagonismo, se valorizan en esta ocasión con obras no conocidas, pero de excelente calidad: Bernardo Monsanto, Pedro León Castro, Próspero Martínez, Rafael Ramón González, Hugo Batista. Otros más conocidos, como Marcos Castillo, Héctor Poleo, Francisco Narváez, Luisa Palacios, Mario Abreu, Jesús Soto, entre muchos otros, son artistas muy conocidos mostrados con obras poco conocidas, pero igualmente reveladoras. Asimismo, están presentes algunas de las obras que fueron premiadas en los Salones Oficiales de Arte Venezolano y en ediciones del Salón Arturo Michelena, que en su momento fueron puntuales en las transformaciones del arte venezolano.
Todos los esfuerzos en la revisión global del arte y la cultura de un país son un importante aporte a considerar. En este sentido, Arte en Venezuela. 1830-1958, exposición y libro, enriquecen sin duda la visión y documentación que tenemos sobre el arte venezolano.
SUSANA BENKO

