Todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia de la modernidad, es un libro clásico de Marshall Berman. A través de un viaje sobre los principales problemas de la modernidad, el autor muestra cómo esa solidez de las formas y de las instituciones modernas “estaban construidas bajo verdaderos océanos que sólo necesitaban ponerse en movimiento para hacerlas saltar en pedazos’’. Precisamente, dice Berman, los artistas modernos, al estar conscientes del vacío que existía entre el progreso material y la ausencia de valores, sentían la necesidad de construir. Frente al vacío y el miedo seguía existiendo una apuesta por el futuro, y la materialización sólida tenía sentido. Hay una frase paradigmática del autor acerca de las personas y los libros que escogió, porque expresan las preocupaciones específicamente modernas: "Los mueve a la vez el deseo de cambiar —de transformarse y transformar su mundo— y el miedo a la desorientación y la desintegración, a que su vida se haga trizas. Todos ellos conocen la emoción y el espanto de un mundo en el que todo lo sólido se desvanece en el aire".

Esta frase tan sugestiva es un motivo para pensar en lo que está pasando con algunas obras de arte colombiano. Quizás porque en los últimos 30 años la situación de violencia es incomprensible, no solamente se reconoce, sino que se habita el vacío y el miedo, y sin una esperanza de futuro, la solidez, al contrario de la época moderna, parece tener cada vez menos sentido para algunos artistas. Aparecen entonces obras leves en su materialización, es decir, de pequeño formato, algunas hechas por computador y para regalar, usando objetos triviales, utilizando un montaje que recuerda al vacío mismo, videos donde el tema se presenta sin un discurso ideológico pesado. Sin embargo, estas obras resultan incisivas con la situación del país. Lo que aparentemente se desvanece resulta estar relacionado con las contradicciones sociales más sólidas y permanentes de la historia. Se han expuesto en diferentes lugares y a veces resultan desapercibidas por su aparente discreción. Por eso es importante describir algunas de ellas, para fijarlas.

Un espectador de una exposición en Colombia se puede tropezar con 10 sombrillas en el piso, blancas, salpicadas de pintura roja; la obra se llama Qué manera tan horrible de llover, de Germán Martínez. Es evidente el interés por rescatar el hedonismo, el placer y el estímulo de los sentidos en estos objetos, propios de una época que ya no quiere inventarse, porque no cree, un discurso ideológico sobre lo que está pasando, pero de todas maneras sintetiza la violencia diaria del país. Es un juego del lenguaje que usa las conversaciones cotidianas como la frase, “qué manera de llover”, de manera pragmática, para convertirlas en un hecho plástico y así dejar que aparezca la guerra sangrienta permanente.
Un espectador en Colombia también puede recorrer la exposición multitudinaria, llena de objetos estridentes de un museo, y encontrar el espacio atravesado por una línea de hojas de coca diminutas, recortadas como si hubieran sido devoradas por las hormigas, pegadas en los bordes de las paredes y el piso, una tras otra, como si un ejército las transportara por encima de todas las circunstancias y de manera persistente. George Simmel ya había recalcado que la verdad no está en lo sólido, en lo institucional, sino en las redes que lo atraviesan. Según él, la experiencia humana está ausente de lo objetual, y las corrientes más profundas de la vida individual y de la historia son hilos conductores invisibles. La obra es de Miguel Ángel Rojas, que desde hace un tiempo se preocupa por hacer visible el vínculo desigual entre los países productores y los países consumidores de coca. Y desde siempre, se interesa en materializar un concepto que obligue a reflexionar al espectador acerca de sus condicionamientos culturales, experimentando con los materiales más pertinentes, creando imágenes impecables.

Una obra como la de Beltrán Obregón, Deportivo cae, puede resumir el estado de ánimo de los colombianos de una manera divertida pero patética a la vez. Está constituida por 19 óleos sobre aluminio, grises y ocres, de pequeño formato, basados en las fotografías de cada uno de los jugadores de la Selección Colombia. Según el artista, buscó la imagen, el cliché del momento que capta a los futbolistas en el aire; montada cada una hacia abajo, van cayendo al vacío.
Algunos videos han tenido un giro en el punto de vista y en su construcción. Descubren actitudes humanas accidentales pero significativas y dejan colar la situación del país con la combinación de pequeños elementos casi literales. María Margarita Jiménez realizó un video llamado Mientras pasa una bolita. En el centro de la pantalla pasaba, dos veces por minuto, una bolita blanca sobre fondo negro, como los cuadros suprematistas, con música relajante, tal vez una de las piezas más características de música lounge. Mientras tanto, en el borde de la pantalla aparecían, como una cinta blanca, estadísticas del país sobre los nacimientos, con algunos comentarios de la artista al respecto: "En 1 minuto nacen 2 colombianos, nacen 144 en una hora, nacen 2.747 en un día, 989.071 en un año. La mayoría nace para prolongar la tradición de violencia. En el año 2000, 42’321.386 colombianos. En el 2013, 51’120.164. Viviendo en la misma extensión de tierra y de la misma cantidad de agua..."

Le seguían estadísticas sobre el porcentaje de católicos, sobre las prácticas de aborto, etc. La contradicción entre esa especie de orden subliminal de la música que se emite en los espacios públicos para supuestamente permanecer relajados, y las estadísticas escuetas, construía el drama de esta obra, a pesar de su minimalismo. Además lograba, con muy pocos elementos, dejar filtrar los problemas del país vistos desde otra perspectiva, fuera de la estereotipada de los medios de comunicación, ya que la pregunta no era: ¿cuántos son los muertos hoy en Colombia?, sino: ¿cuántas personas nacen?, y los comentarios del artista apuntaban claramente a recordar que nacen en un país con estructuras de poder que perpetúan la violencia.
Baño en el cañito es un video de Wilson Díaz, artista invitado a visitar la llamada zona de distensión creada para los diálogos entre el Estado colombiano y la guerrilla, en San Vicente del Caguán, en el Caquetá. El artista estaba consciente de que esa es la zona donde se han grabado más imágenes en los últimos tiempos, que casi siempre muestran el mismo punto de vista sin aportar nada nuevo al descubrimiento de lo que sucede en el país. El viaje en bus le permitió descubrir un lugar llamado Los pozos, y encontró un grupo de guerrilleros de las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), adolescentes entre los 14 y los 15 años, tomando su baño diario en el río. El tema del baño, según el artista, ha sido permanente en la historia del arte, y así se convirtió en un motivo para hacer un registro donde no pasa nada en términos de la cultura de masas, es decir, no hay los discursos políticos o exhibición de armas. En el video no pasa nada; solamente estos muchachos se bañan en el río, se peinan, se miran al espejo y se acicalan con gran esmero. Es una imagen íntima, delicada, como dice el artista, pero también dolorosa en su contradicción. Algunas de las formas de percibir tienen mayor capacidad para captar la totalidad. A veces lo más superficial permite al espectador ponerse en contacto con el afecto y el mundo interior de los individuos.

Hay obras que han dejado de cuestionar la reproducción técnica como arte y, al contrario, han decidido proclamarla como una manera de hacer. Salen directamente de la fotografía y del computador pero además abren redes independientes de distribución fuera del mercado, porque se regalan. Así, en cualquier casa se puede encontrar un impreso plegable con fotografías de un jardín. Matera, de Andrés Fresneda, es un bodegón digno de cualquier coleccionista, porque registra los jardines bogotanos en su característica principal, el agobio por un permanente descuido a pesar de su esplendor original. Pero también se pueden coleccionar los retratos de Pablo Escobar, Jorge Eliécer Gaitán y Emiliano Zapata. Se trata, en este caso, de un pequeño plegable de Juan Pablo Fajardo con las fotografías de estos personajes a partir de las esculturas en yeso pintado, modeladas también por el artista. Esta pieza gráfica, como él la nombra, además de su apariencia leve le hace un guiño irónico contundente a la historia, al mezclar arbitrariamente, como en la política, diferentes tipos de caudillos, y a las redes del arte, porque si se trata de coleccionar obras de arte que a veces en Colombia tienen precios exorbitantes, aquí están los “retratos políticos” que no deben faltar, y además gratis.
NOTA
Las obras referidas en el artículo se expusieron en la Galería Valenzuela y Klenner y en el Museo de la Universidad Nacional.
NATALIA GUTIÉRREZ
Antropóloga y maestra de historia del arte en la Universidad de los Andes y la Universidad Nacional de Colombia.

