Art Basel 32

Claes Oldenburg. Piel suave, falsa y con humor, 1963. Piel falsa rellena y madera pintada con esmalte. 4 unidades de 48,3 x 24,1 x 5,1 cm. Acquavella.

Ferianov 2001 - ene 2002· Por Issa Maria Benítez Dueñas

Art Basel 32

Parece que a estas alturas de la historia del arte, no sólo hemos asumido sino que hemos aceptado con bastante agrado el papel fundamental que juega el mercado en el desarrollo del arte. Y cuando hablo de agrado me refiero a que muchos de los que participamos activamente en este juego hemos dejado atrás la idea romántica de que de arte y de dinero no se puede —o no se debe— hablar al mismo tiempo. 

Independientemente de que todavía, y con frecuencia, algunas obras de arte alcancen precios fuera de toda lógica en las subastas internacionales y no estemos exentos de estafas y exageraciones en este sentido, parece que más o menos nos hemos reconciliado con la idea de que todo ello es parte de un sistema más complejo y que además funciona como un importante acicate para la promoción y difusión del arte en otros sentidos. Aún así, difícilmente nos vemos en la situación de afrontar este aspecto del arte contemporáneo, digamos, en su “estado puro”. 

Feria: Art Basel 32 — imagen 1
Pablo Picasso. Pintor y modelo, 1965. Óleo sobre tela. 54 x 54 cm. Tega.

Dentro del universo de las ferias de arte podríamos considerar dos categorías fundamentales. Por un lado están aquellas ferias de nivel medio o medio bajo en las que sin mayor adorno se atiende a la demanda de un gusto local y en las que no se arriesga demasiado ni con las obras ni con los artistas. Estas ferias evidentemente funcionan bien en términos comerciales, pero desde luego no participan en la conformación del imaginario artístico contemporáneo. Por otra parte, están las ferias que de alguna manera asumen un papel cultural significativo, y que, en este sentido, están dispuestas a arriesgarse proponiendo, a través de su selección de galerías, una forma particular de entender el arte. Estas ferias tienen un importante eco dentro del sistema artístico a todos los niveles y atraen a prácticamente todos los participantes dentro del sector: crítica, instituciones, coleccionistas, estudiantes y aficionados locales. Y luego está Art Basel. 

Feria: Art Basel 32 — imagen 2
Piero Manzoni. Acromo, c. 1958-1959. Caolín sobre tela plisada. 60 x 80 cm. Gallería dello Scudo.

Puede que la feria de Basilea sea la más importante, no sólo por la representación de galerías procedentes de Europa, América, Asia y Australia, sino porque también reúne —y sin tener que llamarlos— a curadores, críticos, coleccionistas, artistas y amateurs de todo el mundo. Los pasillos y puntos de encuentro de la feria son una especie de Torre de Babel del arte que destila actividad —y, por supuesto, dinero— por todos lados. Curiosamente, y esto es lo que sorprende a más de un purista, ello no amenaza ni por un segundo el nivel de calidad de las piezas en exhibición. 

Feria: Art Basel 32 — imagen 3
Eulalia Valldosera. Naturaleza muerta, 1999. Imagen fija de la videoinstalación. Prats.

Basilea está en la media en cuanto a dimensiones, el público de Art Basel es mayoritariamente profesional o vinculado de un modo u otro al mundo del arte, de modo que la feria, a pesar de su tamaño y continuidad, sigue planteándose como un evento dirigido a un público muy específico y considerablemente informado. Ello presupone que el nivel de las obras que pueden verse ahí sea igualmente elevado. De este modo, Basilea es lo más cercano a un museo con precios, y es, en efecto, sorprendente ver que con suficiente dinero todo está a la venta: una pirámide de cera de 4 metros de altura de Wolfgang Laib, o un Acromo de Piero Manzoni de 1960, por no hablar de la proliferación —casi saturación— de piezas importantes de Louise Bourgeois, Alexander Calder, Cy Twombly, Tony Cragg, Carl André, Giacometti, Andreas Gursky o Richard Serra. Una pequeña lección de arte del siglo XX concentrada en dos pisos de un edificio funcionalista cuyo corazón está felizmente ocupado por una especie de food court, en la que los más elegantes coleccionistas y galeristas degustan una salchicha de ternera mientras visten el más estricto negro. 

Feria: Art Basel 32 — imagen 4
Alberto Giacometti. Tête de Diego / Cabeza deDiego, 1951. Bronce, Nr. 5/6. Altura: 28,5 cm Art Focus.

Tradicionalmente, la primera planta está dedicada a los artistas del siglo XX que ya están considerados históricos, y entre el marasmo de obras de Picasso, Albers, Bacon, Chillida, Braque, de Kooning, Feininger, Miró, Kandinsky, Klee o Dubuffet, es posible encontrar piezas de importantes artistas más contemporáneos como el mismo Serra, Warhol, Morris Louis, Basquiat, Clemente, Claes Oldenburg o Beuys. Parece evidente que esta selección difícilmente se presta a fallos, y así, uno entra con mayor suspicacia en la segunda planta donde se exhibe el arte más actual.

Feria: Art Basel 32 — imagen 5
Sang-Kyoon Noh. Para los adoradores, 2000. Cequín, resina polyester y fibra de vidrio. 30,3 x 65 x 95 cm. Hyundai.

En esta área proliferaban la escultura y el video, aunque no faltaron muy buenas pinturas de artistas contemporáneos emblemáticos como Alex Katz, Helmut Federle o Gerhard Richter; pero fue la fotografía a color en enormes formatos y acabados brillantes la que parecía plantearse como el lenguaje triunfante, y que, por lo mismo, puso en evidencia la necesidad que hay todavía de depurar estas propuestas: Jeff Wall, Andreas Gursky, Roland Fischer, Axel Hutte y Walter Niedermayer abarrotaban stands y pasillos entre una gran cantidad de imitadores de menor renombre pero de igual colorido. La fotografía “como tal” (sic) se encontraba concentrada en Art Photography, la sección dedicada exclusivamente al medio donde se privilegiaba el histórico pequeño formato en blanco y negro. No sucedía, sin embargo, lo mismo en Art Edition, la sección especializada en obra gráfica, y que se podría suponer que se presta mejor a los anacronismos. Aquí se podían encontrar ediciones de artistas plenamente contemporáneos: Bruce Nauman, Ed Ruscha, Robert Graham, Anish Kapoor, Tony Cragg, Vija Celmins, Shirin Neshat, Jake & Dinos Chapman o Damien Hirst demostraban la actualidad de las obras producidas en ediciones limitadas. 

De cualquier modo, esto es apenas una descripción somera del evento, y como de la feria habla cada quien según le haya ido —y nunca mejor dicho—, prefiero hablar de un conjunto de obras para mí memorables: la animación en video de Francis Alÿs que presentaba Lisson Gallery, en la que ante la imparable y artificial risa de unos espectadores ausentes, un hombre tropieza constantemente sólo para reanudar una caminata que parece infinita. Joan Prats presentó una videoproyección de Eulàlia Valldosera, en la que un hombre y una mujer corrían el uno hacia el otro sobre el zoclo del stand, para atravesarse cual fantasmas destinados a no encontrarse nunca. Una de las piezas más sugerentes fue la videoinstalación que Bill Viola presentaba en la Anthony D’Offay Gallery, y en la que se mezclaba el mejor intimismo à la Vermeer con la tecnología de punta y la poética de lo humano, en la que Viola se vuelve cada vez más experto. 

Feria: Art Basel 32 — imagen 6
Francis Alÿs. Sin título, 1996. Óleo, encáustica, lápiz y trazados Mylar sobre lienzo. 20 x 15 cm. Kilchmann.

En esta parte de la feria también se podían ver buenos ejemplos del arte en video, elaborado con inteligencia y aprovechando los recursos del medio. Slater Bradley presentó Statements: una joven de mirada melancólica es captada por una cámara mientras se inclina desde un puente sobre el río Sena; una mujer visiblemente turbada se sienta en la cornisa de un edificio y parece incapaz de desviar su mirada de lo que terriblemente le espera abajo, una colección de momentos suspendidos que mediante la musicalización y la temporización de las imágenes logran adentrarnos en el angustiante y apenas sugerido universo de los sujetos espiados por la cámara. La sueca Annika Larsson genera un momento de tensión similar, pero aludiendo a una estética más cinematográfica: en Dog apreciamos cómo un personaje perfectamente vestido y acicalado sostiene apenas a un gran perro gris a través de una delgadísima cadena. La cámara hace el recorrido de la mirada de este personaje, que no parpadea, hacia otro hombre, igualmente aséptico que lo reta todo el tiempo a darle al perro la orden de ataque. Con menos humor del que nos tiene acostumbrados, el escocés Ross Sinclair imagina en Real Life una historia ficticia para la isla inglesa de St. Kilda, que tuvo que ser abandonada por sus habitantes al no lograr hacerla autosuficiente. Mediante la recreación de imágenes cinematográficas llenas de nostalgia y poesía, Sinclair alude a los temas que más le interesan: la identidad, el desplazamiento y la relación con el territorio en el contexto de la cotidianidad. 

Habrá, sin embargo, que reconocer que algunas de las obras más impresionantes se encontraban en el edificio adyacente a la feria, en el que se presentaba Art Unlimited, una selección de instalaciones de gran formato propuestas por algunas de las galerías participantes en la feria y que, por supuesto, también se encontraban a la venta. Aquí eran de destacar el piso op de Peter Kogler, que no cesaba de girar al ritmo del deep house más actual; For the worshipers (2000), un atractivo y sonriente buda de tres metros de largo, cubierto de lentejuelas rosas, que Sang-Kyoon Noh suspendió desde el techo de la nave; Cinquante-Fifty, cuatro melódicas videoproyecciones para ser instaladas en un parking público de la siempre sorprendente y divertida Pippilotti Rist o la macro instalación 1:7, 777... (2001), en la que Karin Sander proponía al público hacerse ahí mismo su propio body-scan en 3D y convertirse así en una de sus esculturas.

Feria: Art Basel 32 — imagen 7
Karin Sander. 1:7,777..., 2001. 3-D Escáner del cuerpo de una persona real generado por computador, plástico y aerógrafo. 20 - 25 cm. nächst. St. Stephan.

En cuanto a la presencia latinoamericana, en una feria en la que “están todos los que son y son todos los que están”, no ha de sorprendernos que sólo las galerías brasileñas tuvieran una presencia significativa, a través de tres de sus representantes más emblemáticas: las galerías Brito Cimino, Camargo Vilaça y Luisa Strina. Además, encontramos la —más que digna— presencia de las galerías Diana Lowenstein y OMR. Ello puede servir para comprobar, primero, que Art Basel es una feria en la que no hay desperdicio, pero también que aunque el arte latinoamericano participe significativamente dentro de cierta parte del sector, ello no afecta sustancialmente su —todavía— escasa presencia dentro del mercado real del arte contemporáneo internacional, salvando, por supuesto, a ciertas individualidades que han logrado situarse y cotizar dentro de él: el propio Alÿs, Gabriel Orozco, Alfredo Jaar o Vik Muniz, por ejemplo, que además han entrado sobre todo por su representación en galerías no latinoamericanas. 

Una feria como Art Basel ha de servir ante todo para aprender, de manera directa y desprovista de falsa discreción, cómo funcionan los mecanismos económicos del arte, pero también para comprobar que es posible el maridaje entre recursos y calidad, siempre y cuando perviva el profesionalismo. La experiencia es recomendable para todo aquel interesado en cualquier faceta del arte contemporáneo, pues, al final, esta muestra amplísima y aleatoria de obras de arte de todos los géneros y procedencias resulta tanto o más edificante y entretenida que algunas pretenciosas exposiciones de arte contemporáneo con las que políticos, curadores estrellas e instituciones persiguen sus 15 minutos.

ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS

Historiadora de Arte, especialista en Arte Contemporáneo y teoría del

arte. Actualmente cursa doctorado en la Universidad Carlos III de Madrid.

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