La fotógrafa e instaladora Ambra Polidori mostró recientemente su trabajo en dos importantes espacios de la ciudad de México: la Galería Metropolitana y la Galería Nina Menocal. Cuando nos damos cuenta de lo que Polidori nos propone, es porque ella misma ya ha viajado varias veces de ida y vuelta por ese camino que ahora nosotros apenas comenzamos a transitar. Su trabajo es la representación reestructurada de un entorno en el que lo disociado es lo permanente. Esta unión de elementos (muchas veces contrarios entre sí) está hecha con la autoridad de quien expresa desacuerdo con los poderíos gubernamentales de diferentes regiones del mundo y los replantea convirtiéndolos en un trabajo de arte conceptualmente sólido y estructurado.

Los medios nos informan de los conflictos a través, no de las disertaciones de especialistas y los análisis sociales o políticos, sino de imágenes cuya fuerza sea capaz de vender el mayor número de ejemplares de un matutino. De esas imágenes echa mano Polidori pero seleccionando el trabajo tanto de quienes ostentan en sus manos el poder para difundir la historia oficial, como de aquellos que se asumen eternamente víctimas. Presuntos verdugos, unos, y mártires profesionales, los otros, la imagen que les dibuja prototípicamente parecería no tener el mismo efecto cuando la mirada de esta fotógrafa les toca y da a estas ilustraciones de la realidad nuevo orden y nuevas reglas de convivencia plástica que redundan en el trabajo que ahora vemos. Los sueños pasaron a ser pesadillas. El extraño ensamblaje que tiene lo onírico con su muy particular gramática y estética, está ahí. No siempre lo soñado es sinónimo de lo añorado. A veces es necesario sacar esas imágenes para descubrir que ya al menos una vez fuera de nuestras cabezas, y sin importar lo implacables e imponentes que puedan parecer a nuestros ojos, han dejado ya de ser algo de nuestro interior para convertirse, distanciándose, en materia de un diálogo posible y conjuro de dolores causados por lo más terrible de la condición humana. En el video de Grado cero, encontramos que conviviendo con los melancólicos cantos de un hombre, se mezclan noticias de las balaceras que se dieron entre los nacionalistas serbios en su lucha contra croatas y eslovenos. Apenas si se sabe de dónde vinieron las balas, por las huellas que dejaron en las ventanas y en los muros. Otro video de gran impacto es el de una mujer bordando del lado derecho de una proyección rectangular. Del lado izquierdo alguien limpia con un rasero la sangre derramada sobre el piso. Es un dibujar y desdibujar los mosaicos después de una masacre, rombos pese a todo terriblemente bellos en su colorido y en sus formas. Polidori muestra de manera abierta su desazón ante los acontecimientos y modos de vida reinantes en esta época. Demanda con su obra el surgimiento de una nueva cultura política que ponga en lugar digno y en clara aplicación todo lo relativo a los derechos humanos. Desde su singular postura de autora/editora, ha puesto no palabras suyas sino de filósofos como Ludwig Wittgenstein, E. M. Ciorán y otros que aparecen con frecuencia en sus trabajos. El video Punto y aparte nos deja ver del lado izquierdo de la pantalla a una persona que se lava las manos bajo un chorro de agua. Del lado derecho, las imágenes recogidas en algún lugar de África por un periodista que presenció y filmó la ejecución sumaria de un campesino al que aparentemente confunden como perteneciente a una tribu distinta. El entrevistador pregunta en repetidas ocasiones al captor si va a matar a su preso, mientras el periodista, fuera de cámara, dice al capturado que no lo van a matar, tal vez como un inútil intento de amainar su dolor ante la intuición del desenlace fatal. En el otro lado de la pantalla, las manos bajo el chorro de agua siguen lavándose, insistentemente, sin descanso.
Estamos ante hechos que encierran en sí mismos verdades terribles y sinrazones que irritan. Cuando Ambra Polidori pone frente a nuestros ojos un ensamblaje de imágenes propias o de alguna agencia noticiosa, se hace evidente que eso terrible que vemos no acepta ser explicado, aunque las causas que llevaron a la autora a plantear diversos temas con un lenguaje determinado sí merezcan al menos ser descritas.
Al ver en las piezas de Ambra Polidori la selección que ha hecho de las fotografías, los textos, la manera expresiva y fuerte de las instalaciones, se tiene la sensación que esta artista visual libra una intensa lucha interior que genera una obra de potente expresividad visual y multiplicidad de posibilidades de lecturas. ¿Por qué la lucha? Porque en su obra se contienen de manera simultánea las imágenes más vigorosas que dan cuenta de la crueldad humana y de su bondad, de su brutalidad ensañada y de la delicadeza de vida.
Podría parecer que esta contradicción interna es como una antigua figura bífida; el rostro del bien y del mal en un mismo ser. Este ser no es en sí bueno o malo: es. Ahí radica su fascinación existencial, justamente en su autenticidad. En Polidori, la lealtad a una imagen es un compromiso, un imperativo que ha requerido de su parte un análisis infatigable infiltrado de honesta voluntad.
Ella indaga despiadadamente los fundamentos de la realidad, pero no delegando su obra sin sentido crítico y dejándola a la deriva de un mero hecho visual determinado, sino poniendo el acento justamente en la fuerza que resulta de sus indagaciones semánticas en las imágenes que ha seleccionado, dando así una nueva voz altamente expresiva a aquello que ha procesado.
Ahora sabemos que lo presentado por Polidori no requiere de un certificado de “falsedad” o “veracidad”. Aunque todo aquello que vemos tenga su origen en hechos reales, y pese a que cuanta imagen está ante nosotros ha nacido de lo real, es cierto también que muy poco, y de manera fragmentada, nos cuentan sus obras de los conflictos políticos y raciales en Serbia, Chiapas o Ruanda, y sí nos definen con claridad, en cambio, a los hombres, protagonistas inauditos y turbadores de las más insólitas historias.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS
