Alberto Greco

Alberto Greco. Vivo-Dito, Piedralaves (Detalle). Ávila, 1963.

Monografíanov 2001 - ene 2002· Por Jorge López Anaya

Alberto Greco

La leyenda de un artista y la poética del caos

Cuando se observan las fotos de sus acciones, cuando se contemplan sus dibujos y sus pinturas, cuando se estudian sus escritos, se percibe tanto la actualidad como el aspecto subversivo y radical de su obra, así como la repercusión que tuvo, tanto en el arte argentino como en el español. 

Alberto Greco es un personaje casi mítico, su vida intensa y extremadamente breve, que a primera vista aparece como una mezcla de fe, de candor, de voluntad de poder y de impostura, contribuyó a crear la leyenda. Cuando se observan las fotos de sus acciones, cuando se contemplan sus dibujos y sus pinturas, cuando se estudian sus escritos, se percibe tanto la actualidad como el aspecto subversivo y radical de su obra, así como la repercusión que tuvo, tanto en el arte argentino como en el español. En apenas una década, Greco pasó rápida e intensamente, casi con desesperación, por la poesía y la pintura informalista en Buenos Aires, São Paulo y Río, el Vivo-Dito en París, el teatro-performance en Roma, el Manifiesto del Arte Vivo en Génova, los cuadros-textos y los objets vivants en Madrid, la acción de la Central Station en Nueva York, las delirantes confesiones de Besos brujos en Piedralaves, y el suicidio en Barcelona. El inventario de la breve pero caótica deriva, por supuesto, es incompleto. Entre 1958 y 1961 en Buenos Aires, fue uno de los animadores principales de la avanzada ligada a la poética infomalista, que integraban, entre otros, Kenneth Kemble, con los collages de objetos caducos y desagradables; Luis Wells, con los objetos de cartón y rezagos; Rubén Santantonín, con los “cosos”; Emilio Renart, con los “Integralismo-Bio Cosmos”; Jorge de la Vega con la neofiguración expresionista, y el colectivo de Arte destructivo (Barilari, Kemble, López Anaya, Roiger, Seguí, Wells), con la primera versión del “efecto Duchamp”. 

Monografía: Alberto Greco — imagen 1
Alberto Greco. Vivo-Dito, Piedralaves, Ávila, 1963.

En 1961, con talante provocativo e irónico, Greco anunció las iniciales estribaciones del conceptualismo, anticipándose en varios años a las experiencias pioneras de Edgardo Antonio Vigo, Oscar Bony, Lea Lublin, Nicolás García Uriburu, Víctor Grippo y Luis Benedit. Sin duda, muy temprano comenzó a interrogarse sobre la manera de la existencia de la obra de arte, como puede leerse en el Manifesto Dito dell’Arte Vivo. 

 En Europa coincidió con las experiencias de Yves Klein, Daniel Spoerri, Arman, Ben Vautier y Piero Manzoni. Como Wolf Vostel, creía que “cada hombre es una obra de arte”. Podía haber hecho suyo el lema del alemán: “Arte = Vida y Vida = Arte”. Como Restany, estaba convencido de “la apasionante aventura de lo real percibido en sí y no a través del cuadro”. Pero Greco creía que una obra tiene sentido mientras se hace, como aventura, sin saber lo que va a suceder. Una vez concluida, ya no importa. Se ha convertido, en el mejor de los casos, en un cadáver sagrado1. 

La primera aparición pública de Greco registrada por la prensa fue la presentación, en 1950, de Fiesta, una plaqueta de versos en edición artesanal de 150 ejemplares. En esos años, indeciso entre la poesía, el teatro y la pintura, había pasado brevemente por las aulas de la escuela de bellas artes de Buenos Aires, para proseguir sus estudios, entre 1947 y 1948, en el taller de Cecilia Marcovich. Hacia la misma época también fue orientado por Tomás Maldonado, uno de los fundadores del grupo de Arte Concreto Invención. 

Monografía: Alberto Greco — imagen 2
Alberto Greco. Primera exposición de arte Vivo-Dito, París 1962.

En 1954, con apenas U$3.500 y un viejo ejemplar del Ulyses de Joyce, se instaló en París. Para sobrevivir, improvisó toda clase de oficios, desde pintar un mural en un restaurante a cambio de comida hasta vender empanadas criollas o dibujos a los turistas norteamericanos. Sólo un año más tarde consiguió un empleo más o menos fijo diseñando cartones para estampación de telas. Aunque nunca tuvo taller en París, comenzó a pintar regularmente, como podía, en la habitación del hotel. Las obras de ese período reflejan la influencia de la abstracción lírica, con rasgos provenientes de Klee, Fautrier, Hartung y Vieira da Silva. En marzo de 1955, Greco expuso un conjunto de gouaches en la Galería La Roue, que dirigía una exmujer de Paul Eluard. 

Retornó a Buenos Aires a fines de septiembre de 1956, y apenas transcurrido un mes de su arribo expuso en la Galería Antígona. Intentó, sin éxito, mostrar unas obras monocromáticas (cartulinas de color rojo, verde, amarillo y azul, colocadas entre vidrios). Las hermanas Castellano, dueñas de la galería, lo disuadieron para que cambiara los trabajos monocromos, por unos gouaches realizados en París desde 19542. Sólo en 1960, en la muestra de la Asociación Arte Nuevo, expuso obras monocromas: dos trapos de fregar pisos estirados en bastidores como cuadros tradicionales. Angustiado por el desinterés por lo nuevo que encontró en Buenos Aires, donde predominaba la abstracción geométrica, viajó a Río de Janeiro en 1957. Pronto expuso con otro artista argentino en la Petite Galerie. Al comenzar el año siguiente se trasladó a São Paulo y en el mes de abril expuso individualmente en el Museo de Arte Moderno de esa ciudad. Presentó el resultado de una suerte de “acción”: una hoja de papel canson que había manchado al azar arrojando huevos llenos de tinta china, para luego recortar en 20 cuadrados. Añadió a ellos una chatarra de lata oxidada encontrada en una chatarrería. 

Monografía: Alberto Greco — imagen 3
Alberto Greco. A la muerte de John Kennedy, 1963. Collage sobre tela. 63,5 x 52 cm. Colección particular, Madrid.

 El informalismo 

Greco retornó a Buenos Aires luego de dos años de ausencia. Poco después, en 1959, expuso en las dos muestras del Movimiento informalista, que había fundado junto con Kenneth Kemble, Mario Pucciarelli, Luis Wells y algunos más. La pintura informalista de Greco se caracterizaba por las grandes superficies casi monocromas, texturadas, que remitían a viejos muros descascarados. La exposición individual que presentó en la Galería Pizarro, en 1960, estaba íntegramente constituida por sus telas oscuras, alquitranadas, con pastas muy trabajadas. Obsesionado por las calidades de la materia, exponía las telas de noche a la intemperie, para que el hollín y la lluvia “las cargaran de fuerza”. En ocasiones orinó sobre los cuadros (invitando a sus amigos a imitarlo), aduciendo que las reacciones orgánicas de la materia enriquecerían de manera aleatoria la superficie. En una disertación sobre el informalismo, en la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, en 1961, afirmó que creía en la pintura vital, en la pintura grito, en la pintura como una gran aventura de la que podemos salir muertos o heridos pero jamás intactos, algo así como entrar a un gran bosque sin ideas preconcebidas. En octubre del mismo año, en su última muestra de pinturas en Buenos Aires, que tituló Las monjas, presentó cinco o seis obras de concepción informalista-neofigurativa. Todos los trabajos exhibían monjas apenas perceptibles, negras, dramáticas, desgarradas. En La monja asesinada, el hábito religioso era una sucia camisa sujeta con clavos de herradura a un bastidor de madera. En la sala se exhibían también joyas realizadas con clavos de herradura soldados con plata. 

Monografía: Alberto Greco — imagen 4
Alberto Greco. Greco d'aujourd'hui, 1964. Collage. 32 x 24 cm. Colección particular, Gerona.

 Vivo-Dito en París 

Era evidente el desencanto de Greco con la tendencia que había contribuido a difundir en Buenos Aires. Solía repetir: Cuando llegué de Brasil, mi sueño era formar un movimiento informalista, terrible, fuerte, agresivo, contra las buenas costumbres y las formalidades. Se impuso lo peor del informalismo: lo decorativo, lo fácil, aquello que no soporta ser visto dos veces3. Retornó a París y, en febrero de 1962, participó en la muestra Curatella Manes y 30 argentinos de la Nueva Generación, en la Galería Creuze-Messine4. 

Monografía: Alberto Greco — imagen 5
Alberto Greco. Cuando calienta el sol. Collage. 36 x 27 cm. Colección particular, Gerona.

Presentó su primera propuesta de Arte Vivo: Treinta ratones de la nueva generación, que consistía en un recipiente de cristal, con fondo negro, en cuyo interior había ese número de ratones argentinos blancos. La obra duró sólo un día, por el mal olor que despedía. A partir de esa exposición, comenzó a realizar las “acciones” que denominó Vivo-Dito, una suerte de conceptual vitalista, pleno de humor, por momentos paródico o sarcástico. El 12 marzo de 1962, presentó en una calle de París la Primera Exposición de Arte Vivo, encerrando en un círculo de tiza y “firmando” al escultor Alberto Heredia. Reiteró las acciones en su peregrinación por Europa y América, señalando y firmando ancianas, clochards, negocios de anticuarios y cabezas de cordero del Mercado de Les Halles en París; vendedores ambulantes, mendigos, ciegos, campesinos y burros en España; lustrabotas y otros personajes en Buenos Aires. Parte de las acciones fueron realizadas sin público, para la cámara fotográfica. En 1964, con un certificado autógrafo, designó a Ben Vautier “continuador nº 6 del Grequismo Vivant (o del Vivo-Dito en el mundo)”. Por su parte, Ben declaró a Greco “auténtica obra de arte”, con un certificado fechado el 4 de enero de 1964. Greco se consideraba “discípulo” de Klein y afirmaba que algunas obras de Ben se derivaban de sus experiencias5. En el salón Antagonismos, dedicado al tema del objeto (Museo de Artes Decorativas de París, marzo de 1962), sin haber sido invitado, se exhibió a sí mismo como “hombre sándwich”, con un cartel en el que se leía: Alberto Greco, obra de arte fuera de catálogo. Mientras deambulaba por las salas de exposición, distribuía una tarjeta personal con el texto: Alberto Greco. Objet d’art. En la muestra participaban Arman, César, Fontana, Matta. Yves Klein, que exponía los Projets architecturaux, “firmó” a Greco. Fue el único encuentro de los dos artistas, Klein murió en junio. En Génova, con fecha “24 de julio de 1962, 11,30 horas”, publicó en italiano, como afiche impreso en papel de color rosa, el Manifesto Dito dell’Arte Vivo. Entre otras cosas, declaraba: El arte vivo es la aventura de lo real. El artista enseñará a ver no con el cuadro sino con el dedo (en italiano “dito”). Enseñará a ver nuevamente aquello que sucede en la calle. El arte vivo busca el objeto pero al objeto encontrado lo deja en su lugar, no lo transforma, no lo mejora, no lo lleva a la galería de arte6. En esa época no creía demasiado en el destino de la pintura, aunque nunca dejó de pintar o dibujar. En una carta a Lila Mora y Araújo, afirmó: “La pintura desaparecerá (...). Por esto mismo, digo con toda certeza que la pintura terminó su ciclo con el cuadro azul de Ives Klein”7. 

Monografía: Alberto Greco — imagen 6
Alberto Greco. Albertus Grecus XXIII, Ciudad del Vaticano, Roma, 1962.

 Cristo 63 en Roma 

Greco se instaló en Roma en 1962; allí realizó una acción que consistió en cubrir de graffiti los muros del centro histórico: “La pintura e’finitta. Viva el Arte Vivo-Dito. Greco”. Ya había realizado dos acciones urbanas similares en Buenos Aires, en 1961, con afiches fijados en los muros del centro de la ciudad. En la primera ocasión, el cartel afirmaba con grandes caracteres: “Greco: el pintor informalista más grande de América”; en la segunda, “Greco, ¡qué grande sos!”. Estas acciones porteñas, antecedentes directos del “arte de los medios”, desarrollado en Buenos Aires hacia 1965, fueron las primeras acciones urbanas. En el Gran Manifiesto-Rollo al describir la sucesión de sus acciones, Greco anotó que, en 1961, había firmado “la ciudad de Buenos Aires”. El 4 de enero de 1962 en Roma, presentó en el Teatro Laboratorio, instalado en un viejo garaje, no muy lejos de la zona vaticana, la acción titulada Arte Vivo Cristo 63. Omaggio a James Joyce. La realizó con la colaboración de dos italianos, Giuseppe Lenti y Carmelo Bene (prestigioso animador de la escena italiana). El Vivo-Dito parodiaba la vida de Cristo con un pastiche de textos del Ulyses de Joyce y relatos de situaciones de la vida íntima de los artistas. La representación produjo un gran escándalo y Greco fue acusado de blasfema y pornografía; la policía le dio il folio di via y debió abandonar Italia apresuradamente. En un fragmento del Gran Manifiesto-Rollo del Arte Vivo-Dito (inédito), escrito en Piedralaves en 1963, Greco señaló algunas características de Cristo 63: En cualquier momento —dice en uno de los párrafos— entra un señor gordo y bueno, con la boca llena de clavos y mirando el reloj, un poco agitado, le dice (a Cristo): desnúdate y apúrate que te vengo a crucificar. El personaje debe ser simpático y hacer reír. Mientras, Carmelo (Cristo) se empieza a desnudar lentamente (...). Pero no lo clava jamás en la cruz porque se le hace tarde y la comida se le enfría y lo deja “para el día siguiente”. En realidad, Cristo 63 nunca tuvo un texto definitivo. En el escenario (lleno de objetos viejos recogidos en el mercado del Trastevere), cada uno decía lo que se le ocurría, incluso hablaban varios al mismo tiempo. La intención de abolir el texto definitivo era explícita; en el Antimanifiesto-Rollo se afirma: “Cristo termina la obra diciendo a sus discípulos borrachos: ‘tenemos que escribir el texto’”. En una carta dirigida a los artistas portugueses René Bertholo y Lourdes Castro, Greco describió otro argumento: “Judas es pintor. Cristo también. Judas vende a Cristo por treinta boninos (alusión a Alfredo Bonino, prestigioso marchand de Buenos Aires). Pero, al final, Cristo le perdona y riendo le dirá: “Me has afanado hasta el color” (con fondo de tango). Y Judas le entrega un negro”. 

Monografía: Alberto Greco — imagen 7
Alberto Greco. Página del libro Besos Brujos, 1965. Colección particular, Buenos Aires.

 El Metro de Madrid 

Luego de su apresurada partida de Roma, Greco se radicó en Madrid. Durante un tiempo vivió en la casa del pintor argentino Adolfo Estrada; allí nació la fructífera amistad con Manuel Viola, Lucio Muñoz, Manolo Milares, Raúl Valdivieso, Eduardo Arroyo y Antonio Saura. Poco después conoció a un pintor chileno, quien lo invitó a pasar una temporada en Piedralaves. En ese pequeño pueblo, a poco más de 80 kilómetros de Madrid, realizó una importante serie de Vivo-Ditos documentados fotográficamente. Entre otras cosas, “firmó” un campesino montando un burro y una mujer portando un gran cartel con el texto: “Obra de arte señalada por Alberto Greco”. En Madrid organizó varias acciones, algunas de las cuales terminaron con tumultos y la consiguiente intervención policial. El 18 de octubre de 1963 realizó Un momento vivo dito. Viaje de pie en el metro desde Sol a Lavapiés y visita al mercado. Mostrar el objeto encontrado en su lugar. En el anuncio afirmaba: “Greco firmará gentes-situaciones-cabezas de cordero y todo cuanto considere obra de arte Vivo-Dito”. Fue un operativo complejo que, luego del extraño viaje en el metro, terminó con la quema de un rollo de tela de sábana que habían pintado, firmado o pisado los participantes. Para finalizar, todos bailaron frenéticamente alrededor del fuego. En abril de 1964, tres meses después de cumplir treinta y tres años, Greco expuso en la galería Juana Mordó, de Madrid. El día de la inauguración, un anuncio publicado en un diario solicitaba “niños y niñas de 3 a 9 años, que canten y bailen, con trajes, para una prueba cinematográfica”. Numerosos chiquillos, con sus padres, se sumaron al multitudinario vernissage, que se convirtió en un caótico y absurdo espectáculo. Las telas presentadas, con apariencia de palimpsesto visual y textual, muestran una caótica mixtura de pinturas, dibujos, escrituras, tachaduras, huellas y collages. Saura escribió que estas obras eran una auténtico “diario de adiciones y de superposiciones”8. Los cuadros de esa época, de explícita exacerbación barroca, parecen remitir a una memoria anárquica que sólo logra recordar imágenes y escrituras diseminadas, inestables, fragmentarias. En ocasiones, con letra manuscrita, incluye letras de tango y frases que recordaban a su país: “dicen que en la Pampa hay muchas vacas, pero yo no vi ninguna”; ”yo soy porteño de la pampa, che pibe”; “vamos todos a Calamuchita”; “homenaje al Maipo, Nélida Roca, Semillita, Rita Montero, Ada Falcón”. Con su típica letra irregular, en el catálogo, dedicó la muestra a Enrique Santos Discépolo (autor de famosos tangos). Todo parece autobiográfico, aunque con tono de farsa. Algunas escrituras de los cuadros remiten a los graffiti callejeros, por su forma y procacidad. En otras obras, que parodian conocidos anuncios publicitarios, la palabra “Greco” aparece como parte principal, reemplazando la marca comercial del producto publicitado. En dos obras expuestas en Juana Mordó, incorporó objets vivants: una mujer con un canasto de pipas y un ciego vendedor ambulante de cupones. Los colocó frente a las telas para dibujar y manchar su contorno. De vez en cuando, durante la inauguración, los viejecillos se situaban dentro de la silueta trazada en grandes lienzos blancos. Era otra versión del Vivo-Dito. En el taller de la calle Manzanares, en el que había abierto una “galería privada”, Greco pintó algunos cuadros en colaboración con Antonio Saura, dedicados al asesinato de Kennedy. La tela, según el español, era “bárbara, asquerosa, repugnante, un verdadero asesinato maravilloso”. Con Millares, utilizando sillones desvencijados adquiridos en el Rastro, construyó un objeto pintado, hoy perdido. 

Monografía: Alberto Greco — imagen 8
Alberto Greco. XXV años de Paz y Prosperidad, 1964. Técnica mixta y collage sobre papel. 50 x 65 cm. Colección particular, Buenos Aires.

 Vivo-Dito en Buenos Aires 

Greco retornó a Buenos Aires, antes de finalizar 1964. Su objetivo era presentar una experiencia de Arte Vivo, que resultó la última acción en su ciudad natal. En la invitación se anunciaba: Mi Madrid querido. Pintura espectáculo Vivo-Dito. Con la colaboración del famoso bailarín español Antonio Gades; presentación de Jorge Romero Brest. El 9 de diciembre, media hora antes de la indicada, era tan numeroso el público agolpado ante la puerta de la galería Bonino, que quedó interrumpido el tránsito en la calle Maipú. En la primera sala de la galería estaban colgadas dos decadentes odaliscas pintadas por Peruzovich (que luego decoraron el Ba-Bar-o). Debajo de ellas, unos pequeños carteles señalaba: Mi tía María del Rosario Greco y Mi tía Ursulina Greco. Dos pintorescos lustrabotas ambulantes, que habitualmente trabajaban en la calle Florida, estaban sentados ante bastidores blancos, rodeados de betunes, tintas y cepillos. Greco arribó a la galería disfrazado de almirante o algo parecido, con una banda cruzándole el pecho y un sombrero adornado con plumas multicolores. Desde una tarima, arrojó sobre la concurrencia claveles y distribuyó banderines con la efigie de Palito Ortega (un cantante popular). Luego, con su voz gangosa y temblequeante, leyó un texto casi incomprensible. El público desbordaba la galería, por lo que se decidió a continuar la acción en la vecina Plaza San Martín. Sobre la base del enorme monumento al héroe de la independencia sudamericana, al compás de una marcha militar, Gades trató de bailar un fandango acompañado por un guitarrista. Greco trazó con grafito sobre una tela blanca, la silueta del bailarín. La firmó y escribió la frase: “Viva el arte moderno”; luego borroneó y tachó la escritura. 

 Fin en Barcelona 

Greco viajó a Nueva York a finales de 1964. Una de las primeras cosas que hizo fue entrevistarse con Duchamp en una galería de Madison. El objetivo del encuentro era pedirle su firma para utilizarla como prólogo en alguna exposición. Poco después realizó una acción, conocida como Rifa Vivo-Dito en la Central Station. Consiguió que Christo, Lichtenstein, Oldenburg, Spoerri, Kaprow, Brown y otros le cedieran dibujos o pequeñas obras9. Las colocó en los lockers (eran cerca de 80, sumando sus propios dibujos) y vendió las llaves, de manera que al abrir la pequeña puerta cada participante encontraba algo. Todo el mundo se llevó algo, aunque no siempre obras de arte. Las llaves se habían vendido en el Hotel Chelsea, no muy lejos de la Central Station, lugar mítico de la bohemia neoyorquina. Hacia fines de abril o principios de mayo de 1965, Greco se instaló en España, acompañado por Claudio Badal. Permaneció un mes en Madrid, donde presentó una muestra de un día con Millares, en la Galería Edurne. El grupo Zaj colaboró con una acción en la que todos los presentes hacían sonar un cascabel10. En esta ocasión, mostró dos obras de talante explícitamente político, tema escasamente reiterado en su obra: La ragazza del regim y XXV años de paz y prosperidad. En este último trabajo aparece una fotografía de Franco rodeado de niños, figuras militares agresivas y escrituras con alusiones al “forjador de la nueva España”. Poco después viajó a Ibiza; lo acompañaba Badal. Luego de la definitiva separación y el alejamiento de Claudio, Greco comenzó a escribir Besos brujos, en la playa; lo finalizó en Madrid, sobre una mesa del bar Gijón. Las 130 páginas manuscritas del libro, trazadas con letra de imprenta o con caligrafía indiscernible, llenas de dibujos y manchas de grasa, cerveza y vino, relatan las vicisitudes de su amor por Claudio. El libro es un collage caótico y delirante, en el que se mezclan banalidades y angustiosas confesiones. En una de las páginas escribió: Ya llegó el momento de morir. De comprar esas pastillas absurdas. Aunque tengo menos ganas que ayer. Pero quiero que quede bien sentado que lo hago como resultado de mi relación frustrante con Claudio. Aunque ya no me queda nada para dejarle. Para concluir su caótica peregrinación, en Barcelona, tres meses antes de cumplir 35 años, Greco puso fin a su vida. Badal, recordó en una carta los últimos momentos del pintor: encontré la puerta entreabierta y en una mesa había muchos platos con restos de comida y botellas y en el dormitorio estaba Greco, vestido con unas bombachas turcas de color rojo y el torso descubierto, respirando apenas, con los brazos en cruz y en la palma de cada una de las manos escrita la palabra Fin con tinta11. Greco murió al amanecer del 12 de octubre en un hospital de monjas. Curiosa coincidencia: en Buenos Aires había dedicado una exposición a las monjas. Un año más tarde, en Ciudad del Vaticano, durante la celebración del Concilio Ecuménico, se disfrazó de monja para realizar una foto-performance que tituló Albertus Grecus XXIII (homenaje a su muestra de Pizarro en el primer aniversario). Tras el escándalo de Cristo 63, fue internado, con chaleco de fuerza, en un hospital atendido por monjas. Escapó ayudado por el director de la compañía; algunos testimonios afirman que salió de Roma oculto en los hábitos de una monja. 

NOTAS

1. Alberto Greco, “La verdadera historia de Cristo 63”, en Alberto Greco, IVAM, Centre Julio González, Valencia, 1991-1992, p. 286. 

2. La muestra Propositions monochromes de Yves Klein se había realizado en la Galería Colette Allendy, de París, apenas ocho meses antes de la propuesta de Greco. 

3. Cit. en Germaine Derbecq, "Alberto Greco, el mago de Buenos Aires", Le Quotidien, 1960. 

4. Organizada por la crítica Germaine Derbecq, esposa del escultor argentino Pablo Curatella Manes (1891-1962). 

5. En una carta a Adolfo Estrada, en 1963, señala: “Yo tenía razón al temer el plagio de ideas ante las formas y las esculturas vivants de Ben”. En realidad, Ben había presentado las Sculpture viventi “firmadas”, en 1961. 

6. Una versión en francés del Manifiesto Vivo-Dito se publicó en K.W.Y, nº 12, París, 24 de junio de 1962. 

7. Carta a Lila Mora y Araújo, abril de 1963. 

8. Antonio Saura, “Glosa con cuatro recuerdos”, en Alberto Greco, op. cit. 

9. Greco obtuvo el apoyo de los artistas norteamericanos por su amistad con Christo, a quien conoció en París, en el contexto del grupo de la revista K.W.Y., que también integraban René Bertholo, Lourdes Castro y Jan Voss. 

10. Es evidente que el grupo Zaj, fundado en Madrid en 1964, se originó tanto sobre el precedente de las acciones urbanas y las “incorporaciones” de Greco como de los festivales del grupo Fluxus. 

11. Carta de Badal a Francisco Rivas, 1991.

JORGE LÓPEZ ANAYA

Director de estudios de postgrado en la Academia del Sur. Crítico de arte del diario La Nación (Buenos Aires) y corresponsal de la revista Lápiz (Madrid).

Alberto Greco, por Jorge López Anaya | artnexus