Duchamp decía que una obra de arte que no impactara, no valía la pena ser hecha. Magritte decía lo opuesto, una obra debería pasar inadvertida y ser poco visible.
Desde la perspectiva de Magritte, se presenta la obra de Xawery Wolski, artista nacido en Varsovia, en 1960. Wolski tiene gran interés por la tradición de la cerámica precolombina, y por esa razón, ha viajado por varios países latinoamericanos. Vivió en Perú, y actualmente en París y México.
Su obra está muy alejada del espíritu de la Academia Anti-Arte de Duchamp. Esta tiene como precepto impactar al espectador y rodearlo con ruidosas insinuaciones. Wolski, por el contrario, busca el silencio del tiempo. Sus obras se agrupan en las esquinas, entre el borde del piso y las paredes, dejando el vacío de la sala al espectador.

La humildad de sus obras se da en el material que emplea: "el barro y sus técnicas ancestrales. Con éste, se interesa por los espacios escultóricos y arquitectónicos, muy especialmente en obras para el entorno urbano. Dice Wolski sobre este recurso: El barro es el material de los pobres, sugiere durabilidad y la existencia de una eternidad definida por los ciclos geológicos. El barro es tierra y es memoria, es frágil también como frágil es nuestro cuerpo. Tiene que ver con la precariedad de la vida y la realidad social, tan dura para algunos. La vida urbana moderna elimina la realidad imaginaria. No hay tiempo ni ganas ni espacio. A los hombres y a las mujeres, los niños y los perros callejeros los unifica un solo empeño, aunque ni siquiera tengan conciencia de su magnitud y de su magnificencia: resistir".
Las esculturas que actualmente expone el artista en Diana Lowenstein Gallery fueron realizadas a finales de la década de 1990, y todas buscan el espacio de la instalación. Su blanca coloración converge con el blanco de la sala.
Al viajar por todo el mundo, Wolski recopiló tierras para su trabajo. En Perú consolidó su interés por la luz. De allí salió su coloración blanca y luminosa. En Corea del Sur aprendió la técnica ancestral de albañilería, en la cual mezcla arena, paja y cal para asegurar su durabilidad. México representa, por su aglomeración urbana y su historia precolombina, el sitio ideal para indagar en los misterios que dilucidará entre el pasado y el presente.
El misterio que le queda a Wolski por desarrollar será el de integrar su obra a los contrastes sociales de México, especialmente introduciendo su trabajo donde el arte no llega jamás: a recuperar el alma pérdida de los niños callejeros y a elevar el silencio del pasado frente a los nuevos espacios urbanos.
La base de su problema escultórico se refiere a la afirmación de la esencia de las formas, a la perfección de su redondez, y a la energía interior de sus volúmenes. Wolski parece buscar lo sublime o lo absoluto en los círculos y anillos, así como en todas las variantes que puedan generar las formas de órganos humanos, como hígados, riñones, pulmones, corazones, brazos, y torsos. También sus formas se originan en la disciplina de la botánica, como hojas, raíces, troncos, semillas, células, etc.
Las cadenas de terracota son sus trabajos más desafiantes. Se presentan como pesados anillos enlazados uno con otro, arrumados como nuevas pirámides o estirados a lo largo del piso. En su obra, parecen converger casi todas las tendencias recientes de la escultura, desde el arte povera hasta el minimalismo. Sin embargo, con gran austeridad, parece borrar todo vestigio de ese pasado inmediato y se proyecta a otras épocas milenarias, para regresar a la luz de nuestros días.
Wolski no desmitifica la tradición de la escultura, como se hace continuamente en el arte contemporáneo, más bien mitifica, y trata de no obstruir el enigma que emana del pasado. Tiene un gran interés en la monumentalidad y jerarquía de la arquitectura, y sus esculturas parecen integrarse monolíticamente a su contexto social. La escultura como lugar ha sido la preocupación de muchos artistas. Al final de la década de 1960, Carl Andre declaró sobre el proceso de transformación de la escultura moderna, la cual se había desarrollado primero como forma, luego como estructura y finalmente como lugar. Es precisamente como lugar que la escultura encuentra un terreno totalmente inexplorado a principios de la década de 1960, que posteriormente fue abordado inteligentemente por los artistas minimalistas y los del Land Art. Wolski parece entender el espacio orgánico que dejaron las esculturas-instalaciones de Eva Hesse. La calidad “asmática” de las esculturas de Hesse necesitaban alimentarse del lugar donde existían. Así nació esa configuración de escultura-lugar, y todavía se mantiene vital.
No se pueden divorciar del trabajo de Wolski las expectativas que generan los lugares. A esto hay que agregar su interés por la materia pesada y sólida, y es esa solidez de la tierra la que él toma del arte prehispánico. Es esencial su deseo por lo duradero y por lo estable, en contraste con lo mecánico, lo liviano e inmediato, derivado de la tecnología contemporánea.
Otro aspecto interesante en sus obras es la luz. Sus grabados y esculturas irradian gran luminosidad, que no resulta de una pigmentación externa, sino más bien de una coloración que parece venir del interior del volumen, de la misma materia que lo origina.
EUGENIO ESPINOZA
