Exposición Individualago 2001 - oct 2001· Por Elena Oliveras

Víctor Grippo

Galería Ruth Benzacar

Víctor Grippo (Junín, provincia de Buenos Aires, 1936) es uno de los representantes más sobresalientes del conceptualismo en Argentina. Integró el legendario Grupo de los Trece (Buenos Aires, 1971), luego Grupo CAYC, del que formaron parte, además, Bedel, Benedit, Glusberg, Portillos y Testa. 

A 10 años de su última muestra individual en Buenos Aires, Grippo —un artista que gusta más del silencio y la meditación que del furor de la exposición— presenta un conjunto de pequeñas esculturas blancas con el título de Anónimos. Son casi 50 piezas de aspecto antropomórfico, a veces fálico, realizadas en yeso patinado y agrupadas según números impares (3, 5 ó 7), bajo cúpulas de vidrio. 

Un poema del artista incorporado al catálogo dice: "Miramos absortos nuestro paisaje/poblado de seres casi sin forma,/impávidas presencias sin alma,/ni por raíces ni por tierra sustentadas. / Clones de una misma nada. /Claveles del aire sin flor y sin recuerdos. Así describe el artista sus objetos ambiguos, imprecisos", fechados en 1999. 

Exposición Individual: Víctor Grippo — imagen 1
Víctor Grippo. Anónimos, 1999. Yeso patinado. Dimensiones variables. Foto: Daniel Kiblisky.

Modeladas con pasión artesanal, cada una de las piezas es distinta de la otra. No sólo cambia su tamaño. Las superficies de yeso muestran también pequeñas incisiones y rugosidades que indican, casi imperceptibles, un tímido y frustrado intento identificatorio. Esas imperfecciones contrastan con la perfección, la pureza y la inmutabilidad del blanco y hacen que los seres de Grippo tengan, finalmente, un solo aspecto en común: su silencio, su nada. 

Anónimos tiene, en el recorrido de la muestra, una ubicación estratégica —central— en el medio de dos tramos que los tensan y que tienen por tema común el trabajo y el tiempo. 

El primer tramo corresponde a la instalación La cualidad de la luz, un recinto en penumbra, cerrado y semivacío. En el fondo de la habitación, ha sido ubicada una mesa gastada por el uso, cubierta con herramientas elementales de trabajo. La cualidad de la luz dirigida hacia la mesa es, en este caso, la de concentrar la mirada, aislándola de los ruidos que la fragmentan y permitiendo que la percepción avance en medio de la oscuridad reinante, para ver cada vez más. Este tramo de la exposición cumple con una función capital: afinar la mirada, preparar al espectador para iniciarse en el camino de un conocimiento que lo refleja. 

En el tercer tramo (ubicado en el subsuelo de la galería), una serie de cajas blancas de tamaño reducido contienen en su interior pequeños objetos geométricos, plomadas y niveles de burbuja. Hablan del equilibrio y del desequilibrio, de las leyes que rigen el universo y también de la incorporación del azar. Pero el principal protagonista de este tramo es El tiempo del trabajo, una máquina industrial que sirve para mezclar el hormigón utilizado en la construcción. Cada minuto un motor produce un giro completo del tambor de la máquina, en cuyo interior se mezclan pequeños trozos de mármol bañados de una sustancia parecida al cemento. Cumplido el ciclo, caen tanto por necesidad física como por el juego del azar, produciendo un ruido semejante al de la acción de construir. 

 La alusión al trabajo es una constante de la obra de Grippo. En 1976 presentó una de sus obras más significativas, Algunos oficios. Junto a una pared en construcción, se acumulaban materiales y herramientas gastadas usadas en distintos tipos de tareas. Todo parecía orientado a abolir las escalas de valores tradicionales, para establecer un nexo de reciprocidad entre el arte y el trabajo en general. Contrariando el mito del aura artístico, la revalorización de las acciones cotidianas se vio reflejada también en la Construcción de un horno popular (1972), un operativo que reunió a artesanos traídos del campo para construir un horno de pan en una plaza ubicada en el centro de la ciudad de Buenos Aires. 

Las mesas de reflexión sobre las que Grippo viene trabajando desde la década de 1970 no sólo hablan del trabajo y de la demistificación del arte. Ponen también en el centro de la atención al tema del tiempo. En una de ellas escribe: "Sobre esta tabla, hermana de infinitas otras construidas por el hombre, lugar de unión, de reflexión, de trabajo, se partió el pan cuando lo hubo; los niños hicieron sus deberes, se lloró, se leyeron libros, se compartieron alegrías..." 

No obstante la significación de las obras mencionadas, se cuentan entre las más reconocidas de Grippo las realizadas con papas, un tubérculo comestible que hace referencia a las culturas prehispánicas del continente sudamericano y es símbolo de su energía. Analogía I (1971), patrimonio del Museo Nacional de Bellas Artes, fue expuesta por primera vez en la muestra Arte de sistemas, organizada por el CAYC en julio de 1971. La obra está integrada por 40 papas, cada una de ellas colocada en una celdilla y ligada por electrodos de cobre y zinc a un voltímetro que mide su energía. Muestra el interés del artista por romper no sólo los límites del arte y del trabajo en general, sino también los del arte y la ciencia. 

 Grippo goza del raro privilegio de ser reconocido y respetado tanto dentro como fuera de las fronteras de su país. En 1977 obtuvo, junto a los demás integrantes del grupo CAYC, el Gran Premio de la XIV Bienal de São Paulo, por su Analogía I. En 1995 se realizó, con curaduría de Guy Brett, una gran retrospectiva de su obra en la Ikon Gallery de Birmingham y en el Palais des Beaux-Arts de Bruselas. En 1999-2000 formó parte de la muestra Cantos paralelos (Austin, Texas; Phoenix, Arizona, y Bogotá, Colombia), y este año participó en Eztetyka del sueño, organizada por el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. 

Sobran los motivos que justifican el reconocimiento de Grippo. Sin duda, en su obra emerge, de manera brillante, el espíritu de su tiempo. Es notable su dimensión filosófica; no menor que su sentido ético. Pero su crítica a la marcha de un mundo híper tecnológico, si bien corrosiva, no es nunca violenta. Su protesta no es pulsional, sino reflexiva, medida, certera. Es fruto de un pensamiento lúcido, unido naturalmente al poder de la imaginación, condiciones esenciales de las auténticas obras de arte. 

ELENA OLIVERAS

Víctor Grippo, por Elena Oliveras | artnexus