La Galería Oliva Arauna de Madrid cierra su temporada con una breve pero sugerente exposición de fotografías de Miguel Rio Branco. Se trata de una muestra del trabajo más lírico e imaginativo del fotógrafo, en el que, a partir de imágenes tomadas en diversas situaciones encontradas, va conformando conjuntos que sugieren narraciones extrañas que se encuentran en la frontera de la realidad y la fantasía.
En efecto, los objetos que fotografía Rio Branco son absolutamente reales, incluso banales. Sin embargo, los encuadres, el manejo del color y el juego de las proporciones que propone nos hacen aparecer como extrañas las cosas más cotidianas: en Bzzz (1999-2000), un grupo de moscas apiñadas sobre restos de escamas aparecen a medio camino entre un sueño gore y un anuncio de joyería; en TV (1998), varias hileras de cráneos se entretienen viendo las fluorescencias de una lámpara de neón.

A estas imágenes sugerentes por su extrañeza se suman las piezas en las que el propio Rio Branco reelabora y reacomoda imágenes diversas en composiciones múltiples —polípticos hasta de 9 fotografías— en las que el entrecruzamiento de sentidos y referencias se vuelve el motivo central de la narración. Por su impacto estético destaca el tríptico Horse’s Mirror (1999-2000), cuya imagen central es el close up del ojo de un caballo fotografiado de manera tal que en lugar del ojo aparece un hueco, o mejor, la mirada literalmente pérdida del animal cuando está sobreexcitado. A cada lado de ésta se encuentra una imagen de lo que aparece como un cielo perfectamente azul en el que llueve tierra y que no es sino la fotografía del cielo reflejado sobre el azogue desgastado de un viejo espejo.
La pièce de résistance de la muestra es sin duda el Políptico (1999-2000) de nueve piezas que aparece como una especie de retablo contemporáneo no menos perverso que cualquiera de sus símiles barrocos. Al centro una escultura clásica y alrededor otras ocho imágenes que mezclan cristales rotos, cajas, cartones y restos de todo tipo de materiales, y reflejos: muchos reflejos.
De hecho, el tema del reflejo podría centrar esta pequeña muestra del trabajo de Rio Branco, no sólo porque se repite insistentemente en las imágenes que la conforman; también en el montaje —marcos negros y cristal sobre las fotografías— las piezas funcionan como superficies altamente reflectantes. De alguna manera, se trata de fotografías difíciles de ver y descifrar: cómo en un espejo deforme que nos devuelve nuestra imagen rodeada de brillos y resplandores, estas obras amenazan con desaparecer justo cuando hemos comenzado a “entender” de qué se trata: ¿escamas o diamantes?, ¿un erizo o una piedra? (Ouriço, 1999-2000), ¿un aro de madera o un efecto luminoso? Nada está dado de entrada, y si no aprendemos a situarnos frente a estas piezas, corremos el riesgo de quedarnos tan sólo con el reflejo que nos devuelven, con nuestra propia mirada impedida ya para traspasar la imagen.
La exposición es sumamente sugerente si tomamos en cuenta que se limita a la utilización de la fotografía directa: nada hay manipulado y, sin embargo, no nos está dado reconocer de entrada lo que vemos. Es entonces cuando mejor nos damos cuenta de que la realidad siempre es más de lo que parece. O mejor, es lo que se ve y otra cosa, tiene una especie de doble más oscuro y más denso que nos recuerda la historia de Alicia: siempre hay algo del otro lado, sólo hay que asomarse.
ISSA MARÍA BENÍTEZ
