Exposición Individualago 2001 - oct 2001· Por Juan Gustavo Cobo Borda

Lydia Azout

Universidad Nacional de Colombia

En el marco incomparable de una obra maestra de la arquitectura latinoamericana —el edificio de postgrados de la Universidad Nacional de Colombia, diseñado por Rogelio Salmona—, Lydia Azout ha encontrado el mejor ámbito para una exposición retrospectiva de sus esculturas, seleccionada por Piedad Casas. 25 años sintetizados en 18 obras. 

Hay un diálogo complementario entre estas dos figuras, Salmona y Azout, ladrillo y acero, acoplándose, conjugándose, en medio de terrazas, patios y estanques, rampas y corredores, donde la fluidez del agua y la firme agudeza del acero terminan por entrelazarse en una música tan sensible como rigurosa. 

Exposición Individual: Lydia Azout — imagen 1
Lydia Azout. De izquierda a derecha Guardián Solar I, 2001. Acero Cortén. 272 x 264 x 790 cm. Guardian Solar II, 2001. Acero Cortén. 272 x 269 x 81 cm. Guardián Solar III, 2001. Acero Cortén. 272 x 269 x 81 cms.

La primera obra seleccionada crea desde el comienzo una gran afinidad con la respuesta de Salmona. Se sitúa en el umbral de la iniciación. Es uno de los célebres altares de la cabuya de fique y madera donde Lydia Azout teje y entrelaza las reminiscencias indígenas, espiritualizándolas en un juego translúcido de “espacios controlados”, como llamó estos trabajos de 1984. 

El zigurat y la maloca, la pirámide y la cabaña. Con palos y cuerdas ella arma la casa del cosmos, por cuyas paredes fluyen la luz y el aire, y en cuyo interior otras cuerdas enrolladas sobre sí mismas o quizás un diminuto talismán de piedra, se dejan vislumbrar gracias a la entreabierta puerta de la entrada, también de cabuya. 

Ha creado un mundo en la parcela acotada con que reproduce el juego de sus elementos y delimitado un ámbito que a partir del cuadrado original asciende y se yergue en una paradójica versión reducida del cosmos. Nos ha entreabierto, sí, las puertas de la percepción y nos sugiere vivir en una casa donde no podemos entrar pero que contemplándola nos ofrece la posibilidad de ir desde nuestros secretos laberintos subterráneos a la luminosidad reconciliada del mar, como la propia Lydia Azout lo recuerda en sus memorias de infancia. Una naturaleza vuelta esencial en su respetuoso uso de los materiales y aquel imprescindible ritual que nos impulsa a inclinarnos para percibir, allí dentro, el halo luminoso de lo sagrado que en realidad flota en nuestro interior. 

La exposición continúa antologizando sus “fuerzas rítmicas” de 1988 donde el tembloroso aleteo visual y musical de las cuerdas de fique que compone una atmósfera y tensa el espacio ha sido sustituido por la rotunda implantanción de la piedra que abrupta o tallada con un compresor alude a signos amazónicos inscritos a su vez en alguna gran piedra del gran río que recorrieron Orellana y Lope de Aguirre. 

Si sus templos aludían, en alguna forma, a la cultura agustiniana, donde a partir de cortezas de árboles huecas desembocamos en una laja suspendida en el aire, estos mármoles y estas resinas le permiten comenzar a trazar su alfabeto visual. Las fluyentes ondas con que la escritura creativa trasciende el soporte del material. De allí partiría para conquistar sus “soles” de 1992. 

Se trata de grandes discos en acero cuyo volumen se puede volver resonante como un tambor o quedar allí, expuestos bajo el óxido de los días, como emblema de los arquetipos del mundo. Las fuerzas rítmicas que se deslizaban y ondulaban sobre la piedra se han concentrado ahora en ese ojo que traspasa el metal de lado a lado ofreciéndonos una gran síntesis formal y una fuga de la perspectiva hacia un paisaje reducido a su definición más sintética: en el centro del sol un círculo, una espiral, un cuadrado, un rombo, un triángulo. 

Ellos rompen en su centro la masa esférica y nos otorgan así vías de acceso a nuevas dimensiones. De la cabuya a la piedra y de la piedra al acero: tal el peregrinaje que es también una exploración anímica. 

Enfrentada a estos siete soles rotundos, que se yerguen como guardianes, Lydia Azout prosigue su muy valiosa concreción formal, atendiendo, con oído sutil, a las vibraciones que ellos despiden, acústica o visualmente. 

Al golpear esa caja de resonancias o percibir el mundo cómo se integra a la naturaleza circundante, Lydia Azout descubre la plenitud con que el vacío enlaza todos los seres y todas las cosas. Se trata de redes energéticas que se despliegan liberadas en el aire y que bien pueden nacer, como impulso, de los sefirots de la tradición cabalística o de los signos con que se señala el género femenino. 

En un ejercicio aún más arriesgado y valiente, edifica, a partir de allí, vastas estructuras tubulares donde el espacio nos convoca a una participación libérrima, contemplándolas desde cualquier ángulo o entrando en ellas como quien descubre la desnudez como la mayor riqueza. Esos aceros entrecruzados y esas plomadas que señalan el centro exacto de aquel vacío donde el universo halla su punto nodal de equilibrio. Pues nodal en sentido figurado, dícese de las líneas que permanecen fijas en las membranas o en las placas vibrantes. Mientras todo cambia y se agita y nos movemos en torno a estas esculturas tratando de auscultar su secreto, ellas sólo han acotado un centro ceremonial en cuyo recinto interior subsiste el acorde sutilísimo de lo sagrado. Aquello que como dos instrumentos, en una sinfonía, se corresponde con la música armónicamente modulada de la arquitectura de Rogelio Salmona. 

El gran vuelo envolvente de sus espirales, ahondando el aire, o el artefacto que nos permite ascender, en el carro de fuego de la visión profética, confirman la tesonera constancia con que Lydia Azout ha accedido a una madurez fecunda. 

Así lo reitera, con cada una de sus piezas, esta exposición, y el libro Diario de una creación (Cali 2001) donde se registran, desde una perspectiva interdisciplinaria, y con hermosa documentación fotográfica, los variados ecos que su obra suscita, de la antropología a la danza, de los paisajes americanos al más remoto Oriente. La universalidad de quien, con sus “fuerzas femeninas” de 1997, ha logrado su creación más expresiva y plena. 

JUAN GUSTAVO COBO BORDA

Lydia Azout, por Juan Gustavo Cobo Borda | artnexus