Exposición Individualago 2001 - oct 2001· Por Christine Frérot

Julieta Hanono

Abe scene nationale

Después de Limoges (Manfredo de Souzanetto), Le Crestet (Ricardo Brey), Montbéliard (Buenos Aires in and out), para limitarnos a esos lugares, la provincia francesa muestra su dinamismo y su apertura al arte de América Latina. Inaugurado en 1990, el acb de Bar-le-Duc una institución mixta (Estado, municipalidad y colectividades locales) cuyos objetivos se dirigen en primer lugar a la difusión del teatro y el arte contemporáneos. En el centro de su política se plantea el problema de los nuevos públicos, mientras que la voluntad de respaldar a artistas jóvenes ocupa un lugar decisivo. Al lado de Nils Udo, Gloria Friedman o Jean-Pierre Raynaud, el acb aspira a divulgar la creación emergente, como lo expresa la selección de la argentina Julieta Hanono, a quien esta institución encargó la realización de una exposición y de un video que debía acompañar el trabajo presentado. 

Instalada en París desde hace más de 10 años, Hanono ha trabajado esencialmente como pintora, aunque ha emprendido algunas logradas incursiones en la escultura urbana (Nueva York, All that is solid, Socrates Sculpture Park, 1998). Después de frecuentar en Argentina los talleres de Felipe Noé y Antonio Seguí, Julieta Hanono ha asumido durante mucho tiempo la herencia pictórica de fuertes personalidades narrativas y expresionistas, de la que recientemente supo tomar distancia. La progresiva regresión de estas influencias ha permitido que el trabajo de Hanono se abra a otros universos, otras facturas y otros materiales, así como a la formulación de un nuevo discurso. Pero el pasado de Hanono, adolescente en la Argentina de la dictadura, como testimonia la virulencia de su dolorosa memoria, remite a estas imágenes contradictorias que hacen alternar en sus recuerdos ( y a fortiori en su obra) violencia y dulzura, en una incesante e inevitable retroalimentación creativa. 

Exposición Individual: Julieta Hanono — imagen 1
Julieta Hanono. El niño Dionisos, 2001. Técnica mixta. 360 x 0,90 cm.

La escenografía de la exposición, que tiene como eje un montaje secuencial lineal, se puede leer como una forma de tira cómica o story-board sin texto, donde sólo la imagen tiene la palabra. En la aprehensión del conjunto, resultan preponderantes la técnica y el formato regular de las obras y facilitan esta continuidad de sentido y de forma al introducir una gran flexibilidad de lectura, gracias a las opciones de la artista y las del museógrafo. La fotografía retrabajada es su soporte principal, que la artista pega sobre placas de aluminio, sobre las que es agrandada o pixelada. Hanono interviene con una gran libertad utilizando sus pinceles y entrecruzando la fotografía numérica y la tradicional con la pintura. La artista trabaja también sobre el tiempo puesto que utiliza trabajos antiguos (pinturas) que fotografía y reintroduce a la dimensión deseada en su nuevo espacio pictórico. Este trabajo sobre la materia le da una gran libertad de tono y de ejecución en lo que concierne a la forma, pero también adquiere un verdadero sentido sobre el fondo, lo que quizás está ligado a su doble identidad de madre y mujer comprometida. 

Hanono ha concebido siempre su obra como la liberación de una angustia profunda, una respuesta a sus dudas, un cuestionamiento integrado a un pensamiento vivo, bajo una forma metaforizada y poética o en un lenguaje más directo, con imágenes muy explícitas. Pero siempre en una equilibrada oscilación, en una dualidad constructiva que le permite buscar lo más recóndito en el fondo de sí misma, buscando exorcizar sus tormentos interiores para liberar el flujo de ternura que subyace tras ellos. La artista pretende escapar a su parte de sombra y encontrar en todo momento la parte de luz que conforman a la vez su personalidad de ser humano y su arte. 

En la exposición de acb, el tema escogido bajo el título de El niño Dionisos se orienta en el sentido de esta dualidad estructurante, pero también en el de una ambigüedad donde revela lo que funda la esencia de su energía artística, lo que la conmueve y estremece, impulsándola hacia delante, de la duda a la esperanza. Hanono pinta un mundo cruel para tenerlo mejor a distancia. Lo describe con numerosos detalles agresivos, utilizando objetos emblemáticos como las tijeras, el revólver, los utensilios familiares (a la manera de instrumentos de tortura), mostrando miembros cortados o arrancados (osos en peluche), una muñeca de porcelana mutilada, con fisuras o rota. Recurre también a la introducción de “personajes” pavorosos, como los “simpáticos” cerditos encorbatados, graciosamente peinados, como si fueran inquisidores, justicieros o verdugos. Y en medio de este mundo de la infancia bastante caótico e inquietante, surge un fulgor de esperanza, porque un personaje enigmático aparece en diversas ocasiones en el centro de la imagen, como un testigo benevolente, suerte de profesor Nimbus o Girasol tierno y sorprendido, a la vez adulto y niño, testigo o voyeurista, participante o filósofo observador. Acaso la misma Julieta, en el centro de su propia historia. 

Con Dionisos, este Dios doble determinado por la felicidad y el drama, Hanono se identifica con la libertad, la alegría, la inspiración suprema. La artista combina el niño (refiriéndose a sus propios hijos) y su propia infancia, en una ambigüedad en la que se expresan tanto la brutalidad como el sentimiento sublime; su vida de mujer, con la maternidad. El niño es divinizado por la artista, a la manera de un saludo a la feminidad escarnecida. En esta violencia de la dulzura, al precisar sus intenciones conceptuales, al estrechar la imagen de un discurso estético fragmentado en el espacio y acentuar el dinamismo del color, la artista ha reforzado en el trabajo de las sobreimpresiones y en los juegos de dobles, la densidad explícita de la iconografía y de la forma. Parece menos implicada en un desafío puramente estético que en una manera de ser ante su propia historia. Busca en sí misma, adapta y recompone. Se halla abierta y libre, guarda el fondo, repiensa y recrea la imagen. Su fuerza radica en este discurso narrativo resplandeciente en el que mezcla permanentemente pasado y presente. 

Metáfora del mundo actual, esta visión de la yuxtaposición de dos mundos (crueldad e inocencia) es un manifiesto visual cuya razón de ser es la felicidad y cuya justificación es el tiempo. El público habla de “obsesión, perturbación, introspección, drama, locura...” en el libro de oro dispuesto en la entrada de la exposición. Pero también menciona “la luz, el calor, el sol...”, refiriéndose al afecto en el corazón de una obra que sabe comunicar con júbilo la permanencia y la fragilidad de las cosas. 

CHRISTINE FRÉROT

Julieta Hanono, por Christine Frérot | artnexus