Exposición Individualago 2001 - oct 2001· Por Marta Rodríguez

Jesús Rafael Soto

Museo de Arte Moderno de Bogotá - MAMBO

Durante los meses de febrero y marzo se exhibió en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, ahora con nuevo nombre MamBo, y con paredes blancas1, una muestra retrospectiva de Jesús Rafael Soto, curada por Daniel Abadie, director de la Galerie Nationale de Jeu du Paume de París, en la que se mostraban trabajos realizados desde 1956 hasta su producción más reciente (1999), de manera que era posible ver cómo este artista venezolano inicia su búsqueda plástica con una indagación por la materia que parece estar en deuda con el informalismo pero que rápidamente se distancia de él para consolidar un lenguaje diametralmente opuesto que borra las huellas del sujeto y en el que la materia, a través de un trabajo calculado, pensado, es percibida visualmente como un hecho inmaterial. 

Exposición Individual: Jesús Rafael Soto — imagen 1
Jesús Rafael Soto. Armonía transform able, 1956. Pintura sobre madera y metal. 100 x 40 x 100 cm.

La estructura del Museo permitió ubicar la obra de Soto teniendo en cuenta tres momentos. En el primer nivel se mostraron sus trabajos tempranos, pinturas y obras tridimensionales realizadas entre 1956 y 1962. En las primeras es posible ver cómo sus búsquedas ópticas que requieren de exactitud y del uso de la geometría, se soportan sobre una superficie matérica, orgánica y gestual que, como decía, recuerdan el lenguaje del informalismo. Algo similar ocurre con el uso de los materiales en su obra tridimensional temprana, en la que la madera y el metal, este último a veces oxidado, tienen valor como materia expresiva; sin embargo, en estas estructuras de carácter orgánico aparecen ya series de líneas geométricas cuyo trazo y distancia han sido calculados de forma milimétrica, con las que se quiere imponer un orden de carácter racional. 

En el segundo piso, el nivel que recibe al espectador, se podían percibir obras tempranas y recientes; entre otras piezas, se encontraban dos particularmente significativas, Armonie transformable de 1956, y Sphere Concorde de 1996. En ambas es posible ver dos momentos de esa búsqueda de lo inmaterial que guía el trabajo de Soto. La primera es una construcción rigurosa de planos de acrílico transparentes sobre los que se han trazado con precisión matemática líneas rectas a veces diagonales, horizontales o verticales, que, en virtud de la transparencia del soporte permiten que se genere un juego óptico que busca la flotación y la sobreposición visual de las líneas. En la Sphere Concorde, una construcción de 257 x 184 x 184 cm, la desmaterialización de la imagen es absoluta y ésta se realiza ante nuestros ojos: los finos hilos de nylon blanco y rojo que conforman un cubo que contiene una esfera en el centro hacen que esta parezca suspendida en el aire como una mágica y emocionante aparición que, sabemos, se soporta en la matemática, la serialidad y la geometría. 

En el tercer nivel se colocaron las obras realizadas en la década de 1970. Predominaban las superficies bidimensionales intervenidas con finas varillas de metal, trabajos casi monocromáticos fundamentados en el uso de líneas mínimas que invitan al espectador a desplazar su cuerpo y su mirada en la búsqueda de sutiles movimientos que engañan, confunden, sorprenden y divierten al ojo que a veces percibe líneas y planos, pero en virtud del movimiento visual que éstos generan, no hay certeza de lo que se está viendo. 

Una obra particularmente interesante era Tres rojas y negras, de 1974, una pintura acrílica sobre madera y metal; permanecer largo tiempo ante ella implicaba para el espectador una experiencia visual intense, pues las líneas de distintas tonalidades de rojo flotaban, vibraban sobre otras líneas negras produciendo un efecto de desmaterialización visual similar a esa experiencia que tenemos cuando cerramos los ojos, apretamos los párpados y vemos cómo una luz inmaterial se va transformando dando lugar a efectos fugaces en constante movimiento. También en este nivel, se encontraba el gran penetrable azul de 1999, con el que el espectador puede acceder a una experiencia corpórea que involucra todos los sentidos. En el último piso se podían ver sus obras más recientes en las que, a diferencia de las anteriores, era el color el que jugaba un efecto protagónico, pues en ellas los diversos planos de colores vivos avanzan y retroceden ante nuestros ojos, gracias a la dinámica que se establece entre ellos y por su relación con el soporte de exactas y delgadas líneas blancas y negras que se constituye en una textura que sirve de fondo que le "pone trampas" al ojo, ese motor que, por excelencia, activa las obras de Soto. 

Una de las muchas virtudes de esta muestra consistió en el uso oportuno de algunas frases de Soto, extractadas de diversas entrevistas, en las que revela las intenciones que propicia cada una de las etapas de su trabajo, así como dan cuenta de las filiaciones tan estrechas que establece su obra con las matemáticas, la música serial y la ciencia. Las obras y las palabras de Soto ponen en evidencia la ruptura que se operó en el arte durante la década de 1960 con las propuestas del arte óptico y el minimalista, que optan por el rigor del lenguaje de la abstracción geométrica. Estos dos movimientos artísticos tienen varias rasgos en común: ambos están interesados en borrar las huella personal del artista, actitud que explica la poca o nula importancia que tiene la factura manual; consecuente con estos aspectos, los dos movimientos privilegian la idea; es un momento en el que el arte, por razones diversas, se aleja de las ciencias humanas para aproximarse a las ciencias exactas y a las matemáticas. De esta manera, en el proceso de producción de la obra se omiten la emoción, el azar y la espontaneidad, el proceder artístico se acerca más al cálculo y a la lógica. 

Sin embargo, a pesar de estos rasgos comunes las obras, de uno y otro movimiento, resultan diametralmente distintas. Didi Huberman, en su libro Lo que vemos lo que nos mira, afirma que a causa de la austeridad y el hermetismo que caracteriza las obras minimalistas, éstas, más que un objeto que se erige para ser mirado, “nos miran”, nos cuestionan, desde el hermetismo y austeridad de su forma; mientras que la razón de ser y la realidad misma de la obra de Soto sólo son posibles en virtud de la mirada del espectador. Y ésta es una mirada lúdica, activa que seduce nuestros ojos, nos atrapa, a veces trayendo al niño que hay en nosotros, y otras veces llevándonos a una experiencia intensa, tal vez mágica o tal vez espiritual. Las precisas palabras de Soto nos hacen comprender que para que esa experiencia visual sea posible, aquel que la hace posible, es decir, el artista, y su obra, se ha tenido que comprometer con la ciencia, con la esencia de la música y con el rigor de las matemáticas, temas que dieron origen a una serie de conferencias que trataron esos aspectos de la obra de Soto; de manera que con esta muestra se erige ante nosotros otra de las muchas posibilidades del arte: fundamentarse en otros lenguajes que para algunos, son antagónicos con la esencia del arte, para crear un arte que llega a todos los públicos, desde el más profano hasta el más erudito, conmoviendo nuestras facultades a partir de un encuentro que se sustenta en lo puramente visual. 

NOTA 

1. El Museo creó desde su inauguración una gran polémica, por algunas características de su arquitectura, que, a juicio de muchos, compiten con las obras que allí se exponen; uno de esos factores son las paredes de concreto abuzardado de color gris. Estas paredes fueron cubiertas por una lamina de color absolutamente blanco y lisa que convierten el museo en un lugar más propicio para la exhibición de las obras. 

 MARTA RODRÍGUEZ

Jesús Rafael Soto, por Marta Rodríguez | artnexus