¿Podríamos decir que una fotografía de Andrés Serrano es arte político? Sería fácil acudir en este caso a ciertas muletillas de una estética política propia de la década de 1960 diciendo que esas fotografías expresan la “soledad del ser humano aplastado por el capitalismo”, etc. Pero esto que podría ser cierto no lo es a la vez ya que los enunciados de un arte político en las décadas de 1940, 1950 y 1960 venían parapetados en una estética marxista, en una militancia de izquierda, y, hoy, estos presupuestos han desaparecido dramáticamente con la desaparición de los llamados Estados socialistas, la caída del muro de Berlín, etc.
Ante la oscura y perversa impronta de lo injusto, del aplastamiento arrogante de lo humano por parte de los poderes, el artista tenga que señalar esta situación de atropello. Y esto es lo que en su exposición No LUGAR ha planteado de manera lúcida Gloria Posada.

El afianzamiento y la legitimación de un planteamiento estético lo ha venido realizando Gloria desde una serie concreta de preguntas sobre el mundo como universo simbólico y la realidad como artificio creado y distorsionado por el ser humano. Sus caminos en campus universitarios, en parques urbanos, pretenden mostrar la secreta cartografía de unos topois creados por el transeúnte otorgando sentido a un lugar invisible a este flaneur que afirma así una espacialidad que escapa del mapa sometido por la planeación, por el concepto pragmático de catastro.
Ubicar un viejo y gastado pupitre de escuela en un espacio que, al objetivarlo, lo hace extraño, es potenciar ante la mirada los mapas continuos de estrías, señales labradas, nombres difusos que han terminado por convertirse en un palimpsesto de escrituras igualmente convulsas, tal como corresponde a temporalidades diversas que nada tienen que ver con la llamada memoria y sí con el flujo ininterrumpido de las sensaciones habitadas por el impacto directo del tiempo ante el cual se opone la escritura. Una escritura escondida que ha escapado a la erosión de los días, al olvido mismo, y hoy es una lectura que nos permite descubrir en esas huellas, esos trazos, el relato de quienes han seguido aquí como presencia desde su ausencia.
Convertir el atropello de una comunidad en noticia es eliminar del hecho histórico las verdaderas connotaciones que éste tiene como acción humana. Las limitaciones tanto del cine como de la fotografía para dar cuenta de lo intangible es precisamente su limitación para dar cuenta del dolor, del sufrimiento. El cuerpo del asesinado queda como mojón para señalar un espacio sagrado que ningún nuevo atropello puede borrar. En Bolstansky, la muerte y los muertos se constituyen en un chantaje: es el terror metafísico. Aquí, la muerte abre una pregunta y da sentido a un lugar.
El desplazado lleva consigo en su errancia el lugar que lo habita y que lo habitó; su cuerpo, entonces, es una escritura a descubrir. Su mano no es, sin embargo, un palimpsesto, como podría pensarse sino esa topografía de estrías, lineas que avanzan o se rompen inesperadamente. Tampoco es una huella digital, porque, como algo intangible ha escapado de las clasificaciones de cualquier autoridad. Ahí en esas líneas leemos, como lo hace el oráculo, un destino personal que ha sido roto. Por eso nos conturba aún más su lectura.
Gloria Posada ha planteado una puesta en escena donde la presencia de esta escritura ha reunido el facilismo de la visión tercermundista testimonial. El espacio creado mediante la fotografía de las manos, el color de las paredes, sacralizan este recuerdo que comienza. Gloria, una de las voces más importantes de la poesía joven en Latinoamérica, ha expuesto en Brasil, Cuba, Alemania, Estados Unidos, Venezuela, Austria.
DARÍO RUIZ GÓMEZ
