Es raro el dentista que no haya colocado unos cuantos afiches con la intención de tranquilizar al tembloroso paciente; escenas de una playa azul celeste, praderas salpicadas de flores y otros similares, clavados a veces de manera caprichosa al techo, donde nuestros ojos deben posarse invariablemente para eludir el ir y venir de los instrumentos acerados. Al consultorio del ortodoncista Arturo Mosquera en Miami no sólo le faltan tales sedantes visuales, sino que están decoradas con dibujos, pinturas y grabados reales, una sucesión cambiante del tipo galería de arte, creados por cubanos expatriados, que el doctor Mosquera colecciona asiduamente.
Sin embargo, estas exposiciones no son simplemente selecciones de la amplia colección del doctor Mosquera. En los últimos meses, el doctor ha invitado a artistas para que creen nuevas obras, en especial para su campo profesional. Durante el invierno pasado, Glexis Novoa realizó varios dibujos en grafito directamente sobre las paredes como parte de una instalación que se originó con los propios registros dentales del artista y se convirtió en una especie de misteriosos afiches que ocuparon todo el consultorio. Aunque desconcertante en sus interpretaciones exactas, la instalación parecía estar perfectamente a tono con la actividad que realiza el doctor Mosquera, que es en parte mecánica de equipos de precisión y en parte vudú interpersonal.

Las obras de Novoa pueden parecer nostálgicas y sutilmente especulativas a la vez. En un aspecto de su variada obra, le gusta describir fantásticos paisajes urbanos desprovistos de presencia humana: panoramas costeros vistos desde una gran distancia, o vastos enrejados urbanos con edificios que semejan hitos reales esfumados o evocan sus propias invenciones futuristas. La exposición en el consultorio del doctor. Mosquera tenía dos partes: un pequeño dibujo icónico sobre cada una de las paredes del cuarto en donde el ortodoncista trata a sus pacientes, y en la sala de espera una especie de tratado hecho de textos escritos a mano, con ilustraciones. O, al menos, había mucho de la puntuación tomada de un texto, junto con un puñado de letras sueltas, algunas sílabas completas y una que otra palabra, todas organizadas en líneas alrededor de las tres paredes del angosto vestíbulo. Las ilustraciones del texto si eso es lo que eran flotaban a través de las más que nada ausentes frases, como si estuvieran colocadas en burbujas, y eran en su mayor parte vagas descripciones de un trópico lleno de palmas, junto con una variedad de dibujos circulares sobre cartón blanco, algunos de los cuales reflejaban la fascinación de Novoa por las abstracciones geométricas y arquitectónicas.
Sus icónicas piezas compartían la combinación de lo sugestivo y lo imaginario. Junto a una silla dibujó una especie de tijeras que florecían como una decoración de un libro barroco, apareciendo a la vez perversamente afiladas y blandas. Junto a otra, un puntiagudo techo oriental flotaba sobre una esfera suspendida sobre una caja trapezoidal que flotaba en el aire. A pesar de lo improbables, los dibujos tenían la precisión de las ilustraciones de los libros sobre la naturaleza o la física, y aunque se podían detectar en ellos los equipos de dentistería uno tenía detalles que recordaban un abatelenguas; otro, un aparente instrumento para manejar carne o hueso hubieran estado igualmente bien ubicados en los confines neutrales de un museo de arte.
Novoa ya había sido invitado antes a dibujar sobre muros; en Barcelona, en el Centro de Cultura Contemporánea, y en el Museo de Arte de Fort Lauderdale, Florida. En estos casos, realizó dibujos de la línea del horizonte, circunnavegando tenuemente las paredes de cuartos completos, dibujos que jugaban maliciosamente con las nociones de interior y exterior, escala y distancia.
La instalación en el consultorio del doctor Mosquera se podría ver como un comentario y, a la vez, como un complemento sobre lo que ocurre diariamente allí. En resumen, estaba dirigida al trabajo que en él se desarrolla. El artista, como siervo de lo proletario o, en este caso, la profesión sino es un papel sorprendente para Novoa, quien llegó a Miami como miembro activista de la generación de artistas cubanos de la década de 1980, quienes, además de haber recibido por cuenta de la Revolución una rigurosa y sólida educación y exposición a las corrientes mundiales del arte, tenían muy buenas nociones sobre el comentario y la responsabilidad sociales.
Por su parte, el doctor. Mosquera es un refinado galerista que hace inauguraciones de gala para las exposiciones en su consultorio. Novoa se aprovechó de esto, arreglando los instrumentos y el ambiente de trabajo del doctor para que pareciera que la obra de arte y no la dentistería era la razón de ser del espacio. El interior del consultorio fue oscurecido y cada uno de los dibujos fue iluminado directamente con la intensa luz blanca de una lámpara de dentistería. En esta combustible oscuridad, se podía ver con facilidad que junto a las sillas reclinables había arreglos geométricos de implementos de acero inoxidable con apariencia siniestra y exquisita similar en cierta forma a la de los dibujos y que hacían recordar también el gabinete de Damián Hurst, lleno de instrumentos médicos. Había también un evidente rastro de radiografías y moldes de yeso de los que fueran los torcidos dientes del artista, que conducía hasta el escritorio del doctor Mosquera, en donde se encontraban varias fotografías de dientes y una hoja con el registro de la primera visita del artista al consultorio.
Esta fue una idea excelente, un giro a la forma como normalmente se organiza el arte, en los museos, por ejemplo, dónde paneles didácticos ilustran y amplían la información sobre los objetos. También suscitó temas más allá de los conceptuales que pretendía plantear Novoa, como el hecho de que puede existir una sinergia entre el artista y el coleccionista, y la relación más espinosa que una atmósfera de incesante mercadeo tiende a provocar.
Pero, a la luz del día, en ausencia de las luces y de los artificiosos arreglos de las cosas que a los artistas les gusta permitirse, el teatro de la obra de arte de Novoa estaba ensombrecido por el ajetreo de la práctica del doctor. Mosquera, que funciona como un reloj. La dentistería está cargada de por sí de un considerable drama, y el doctor Mosquera la preside con vehemente cordialidad. Aunque un reflexivo ironista como Novoa tal vez lo aprecie muy en su interior, las esquivas complejidades del arte conceptual se interpretaron débilmente en esta descarnada arena del arreglo de dentaduras.
JOEL WEINSTEIN
