Misteriosa, elegante, expuesta como brazos abiertos, la obra de Eugenio Dittborn excede el contexto de percepción utilizado para pinturas, objetos o instalaciones. Sencillamente fuerte, hecha para resistir los embates de la humanidad, también con los años es cada vez más prístina —como la caracteriza Ted Bonin, el galerista que la exhibe—. Prístina en cuanto a pura, a plena de ingredientes originarios que saben sobrevivir. Las características citadas —misteriosa, elegante, expuesta como brazos abiertos, excediendo el contexto de percepción de obra de arte, prístina, fuerte, que sabe sobrevivir— son propias de la obra de quien ha nacido (1943) y vivido en Chile. Vivir en una región lejana crea una "piel de elefante equivalente a una lona o tela de algodón de trama cerrada, nada puede colarse por los poros".
Saber vivir en la periferia equivale a producir algo diferente de las murallas aunque ese objeto resultante debe ser capaz de gestar defensas y autodefensas. Dittborn ha venido gestando eso desde sus primeras obras en que se manifestó en Arte Correo (Airmail Art). Pintaba en enormes secciones de papel de estraza que doblaba en una dieciséisava parte de su tamaño.

En ese papel café —producido industrialmente incluso en el presente para empaque y para sobre aéreos— es donde el artista resolvía su obra desde 1984; y colocaba cada obra en sobres de formato mayor que los habituales, que enviaba y continúa enviando por correo hacia sus destinos de exposición/salvataje. Salvataje en el sentido de llamadas de atención a la especie humana del reino animal. Los sobre tenían y tienen sus peculiaridades. Han sido diseñados por Dittborn para poder recibir en su superficie el tratamiento postal habitual, extendido al uso intenso que les da el artista: múltiple, ida y vuelta, acumulando referencias de las diversas estaciones.
Antes que el arte correo cobrara su propio espacio, autores como Kate Kollwitz, y otros sitiados por los nazis, buscaban el salvataje de sus obras y de los mensajes que éstas pudieran significar en momentos de genocidio.
Sabemos de pequeños dibujos apresuradamente escurridos en el bolsillo de alguien que viajaba y/o en cartas a gente conocida. La Alemania nazi y el Chile de Pinochet son dos polos históricos y geográficos que nada respetaron; la historia se repite inexorablemente. Por esta despiadada condición de exterminio que ha desarrollado la “humanidad” es que surgen las maneras de hacer circular las palabras, los gestos, los intentos de salvataje. Terrie Sultan, en el prólogo del catálogo La cuisine et la guerre, Siete pinturas postales, para la exposición de Eugenio Dittborn en el Museo de Arte de la Universidad de Houston en mayo 2001, dice: "Cómo los artistas rusos de las décadas de 1960 y 1970, los artistas chilenos sustituyeron el arte corporal, el performance, la fotodocumentación y las intervenciones callejeras por la producción de arte orientada al objeto".
Complementamos señalando que esos cambios son sustituciones en el ajedrez de la vida, para no exponerse directamente a la muerte y para poder sacar la obra fuera del territorio “minado”.
Eugenio Dittborn sostiene una profunda relación con el papel, pero ha introducido cambios en su trabajo, actitud propia de quien se mantiene activo y permeable. Va modificando los materiales, pero los sobres y el viaje de cada obra se mantienen. La estructura conceptual está sólidamente enquistada en el autor en cuanto al formato/medio de sus obras, la presentación y la percepción del encuadre que ofrece al espectador; se podría inferir que Eugenio Dittborn estaría declarando: "ni soy un pintor y sólo pintor, ni éstas son obras de arte regidas por los cánones habituales de la pintura académica, ni de su empaque, despacho, recepción y montaje consabidos".
En la reciente exposición en Alexander and Bonin, las obras están trabajadas sobre soporte de tela de algodón cerrada, prístina, incorporando los procesos habituales, además de algunos cambios y aportes. Los elementos acuñados por el artista registran secciones de imágenes tomadas de tiras cómicas, periódico, dibujos que su hija hacía en la niñez, o años después, en la computadora, dibujos de un vecino que no sabe dibujar, secciones de libros para colorear y dibujos realizados por pacientes de un hospital psiquiátrico de Santiago. Casi todas estas son las fuentes utilizadas y reutilizadas por el artista, sin que se desgasten demasiado en la reiteración. La fotoserigrafía está entre los medios que utiliza con más frecuencia para pasar a la tela las figuras apropiadas. En algunas obras o exposiciones, la misma figura reaparece en diversas dimensiones y hasta en telas diferentes —opacas y/o con brillo—, de un mismo díptico o políptico. En la exposición que se reseña, esto se constata en la La pintura colgando aquí. Al presentar más de una vez un tema en una misma obra, el artista alude entre otras cosas, a la diversidad de la visión de cada mirador, sobre todo, en los años recientes de este mundo fraccionado por estallidos sociales aunque la política de globalización parezca decir lo contrario. En esta exposición neoyorquina, no está de más reiterar que se presentaron los sobres dittbornianos que acompañan cada obra, como es habitual, mientras que al extender lo que se sacaba de cada sobre se manifiestan cambios. El soporte de tela de algodón y el uso del satin, por un lado; por otro, el uso del teñido del soporte —aludiendo a lo pictórico pero realizado por medio de tinturas, o sea, medios más aborígenes (prístinos)—; la configuración con costura, hilván y puntadas que ejercen como bordado de diversas intensidades y con hilos diferentes. Dibujando con bordado en hilo negro para crear una figura en el plano del satín; trazando puntadas con hilos blancos que gesticulan como algo abstracto o como partes del proceso del trabajo —recursos gráficos—, que también se asocian con la configuración de los circuitos celestes. Nuevamente, Dittborn plantea más de una manera de entender su obra. El artista suele trabajar con vectores que indican situaciones opuestas y propulsan con esto la duda activa en el espectador: ya nada es seguro en este mundo, excepto el nacimiento, la muerte y la incertidumbre. También se mantienen alusiones icónico-religiosas, siderales, apuntando la importancia astral en las culturas primitivas.
127,130, 131, 133 y 134 son los números que identifican los cinco sobres de Arte Correo (Airmail Painting) llegados en distintas fechas a la Décima Avenida, en la zona neoyorquina de Chelsea donde está ahora Alexander and Bonin. Confiriendo que un artista inquieto no se puede repetir porque, en primera instancia, no se tolera él mismo, las cinco obras de la exposición están constituidas por diferentes cantidades de partes, módulos y dimensiones.
The Unborn Dittborn, es un conjunto de cuatro secciones en tela con pictóricos teñidos en violeta, bordada y cosida, que conlleva fragmentos cosidos de formatos irregulares y de acento ingenuo. Al ver el uso del hilo y la aguja que aparece en estas obras, uno recuerda a Leonilson —el artista brasileño que falleció muy joven aportando un consistente lenguaje personal al uso del hilo y las costuras con sus serias implicancias de la sociedad en la era del SIDA— por el diferente uno de los medios. Las versiones de Leonilson y Dittborn son ampliamente diferentes. Aún así, establecen el intercambio de roles que esta sociedad presencia. A esto alude el título de la exposición que nos ocupa, The Foreseen and Unforeseen position of their Bodies (La previsible e imprevisible posición de sus cuerpos).
GRACIELA KARTOFEL
